En México la vida de un periodista vale muy poco. Podría atreverme a decir que nada. En un país donde matar casi nunca tiene consecuencias, deshacerse de un escritor que intenta hacer contrapeso al poder tecleando e hilvanando ideas parece fácil. O eso al menos nos dicen las cifras. Según la Federación Internacional de Periodistas (FIP), nuestro país fue el tercer lugar mundial de comunicadores asesinados en 2016. Ese año 11 periodistas perdieron la vida a manos de alguien más. Solo Irak y Afganistán fueron peores que nuestro país. Pero las cifras no nos dicen mucho. Las historias sí, ellas nos ayudan a entender qué pasa por la mente de una persona cuando su cuerpo se vuelve de chicle. Cuando sus fuerzas se extinguen frente al poderoso y solo queda recibir ese golpe que lo mandará a otro mundo. Esto es lo que aspiramos a entender en este Maldito Vicio.

Cavar
Antonio Madrid*

El salado sabor del pulpo a la gallega combinaba a la perfección con la esencia amarga de la cerveza oscura. Helada por cierto. En el sonido local una pegajosa cumbia sonaba con volumen alto. El ambiente parecía tropical. Pero no, pues el pueblo donde se desarrollaba la escena estaba ubicado a 855 metros sobre el nivel del mar. Eso sí, el calor de mayo era sofocante.
Leonardo comía alegremente, masticando sonoramente. Cada vez que lo hacía, sus ojillos tipo oriental, de por sí como una rendijilla, se entrecerraban aún más y formaban un rostro con matices cómicos. Y sí comía con gran gusto, libaba aún más alegre, junto con su anfitrión, don Jonás, un sujeto de aspecto mezclado entre lo torvo y lo cómico, pues tenía una mandíbula más grande que una pala mecánica. De bigote tupido y tez clara, don Jonás era un rico hacendado de la región y era respetado y temido por las múltiples tropelías que cometía en la región al amparo que le daba el poder, fuera autoridad o no, pues las veces que él no era presidente de su pueblo, se encargaba él mismo de ponerlo.
En un país como México, la democracia es nuestro sistema de gobierno y no se puede permitir –así se trate del hombre más poderoso del país– que se contraponga este impoluto precepto y se reelija por un periodo consecutivo al mismo hombre o mujer, pues se rompería este principio que obedece a que un solo hombre o mujer se perpetúe en el poder. Así son las reglas y hay que respetarlas. Claro que si ese hombre poderoso coloca, gracias a sus influencias, a alguien de sus confianzas, puede hacerlo, pues no está contraviniendo las leyes y además está en su bendito derecho de apoyar a quien él considere el más idóneo.
Esto sucedía en el poblado conocido como Los Limones, una comunidad pequeña pero rica por sus sembradíos de naranja.
Si el lector se pregunta por qué si se cosechaba naranja el pueblo llevaba por nombre Los Limones, es algo que yo tampoco sé, aunque se sospecha que se comenzó a cultivar limón, con tanto éxito que el pueblito, que se formó casi a la par del auge del cítrico, se llenó de bandidos que, aunado a una helada, acabaron con el cítrico. Alguien comenzó entonces a sembrar naranjas. Con el tiempo, este nuevo cítrico se generalizó en los sembradíos, pero les pareció a los lugareños de mal gusto cambiarle el nombre al pueblo, pues reflexionaron, no con poca sabiduría, que no podían andarle cambiando de nombre al pueblo cada vez que cosecharan algo nuevo, so riesgo que el pueblo finalmente terminara con más nombres que cultivos en el mundo. Y eso sería un desmadre.
Total, que en ese pueblo no, pero sí en uno cercano, había un periodista que de manera sistemática había estado haciendo ácidos señalamientos hacia la figura de don Jonás. Que si era un cacique. Que si era un bandido. Hasta su aspecto –¡Dios bendito!– llegó a criticar. Don Jonás lo sabía por supuesto, y lo sabía el mundo entero, por eso la vez que coincidieron en la ciudad donde radicaba el periodista, éste, que se llamaba Leonardo, trató de eludirlo, pero don Jonás lo saludó desde su imponente camionetón.
–¿Qué pasó amigo Leonardo?
–¡Don Jonás!, ¡cómo está!, ¿cómo le va?–, contestó Leonardo, quien casi de manera imperceptible acusó un rubor.
–Bien, bien…– dijo algo seco pero de inmediato rectificó con una amplia sonrisa, tan amplia como su enorme mandíbula. –Oye, vente, vamos a echar un traguito.
–No puedo don Jonás, tengo que redactar…
–Vente, te va a convenir, mira quiero ver la manera de publicar algunas cosas del ayuntamiento, que luego no se dicen, pero estamos haciendo muchas cosas buenas…
–Ya lo creo que están haciendo cosas buenas. Otras no tantas…– señaló el periodista.
–Je, je–, sonrió condescendiente don Jonás. –Mira, eres el periodista más objetivo, sé que has publicado críticas hacia mí, pero pues es parte de tu trabajo y gracias a eso tienes credibilidad, no como los demás que se callan la boca por unos cuantos pesos. ¡Vente!, vamos a comer y platicamos. Don Jonás había tocado la parte más sensible de todo periodista: la vanidad.
–Está bien señor–, contestó firme Leonardo. En sus ojillos rasgados, asomaba la vanidad, pero más adentro podría haberse visto, si así se hubiera tenido la suficiente paciencia para encontrarla, un atisbo de ambición. Los billetes de don Jonás parecían salírsele por entre los bolsillos. Olió la publicidad. Olió el dinero. Después de todo era lo que buscaba obtener luego de tantas críticas.
Se encaminaron hacia “El buque de más potencia”, el restaurante de mariscos de moda, ubicado a un costado de la parroquia del pueblo.
Así, se encontraron comiendo los más suculentos manjares del mar, platicando cosas de aquí y de allá, con una anfitrionía de parte de don Jonás que daba envidia. No escatimaba en nada. Buchanan’s de Luxe apeteció Leonardo y Buchanan’s de Luxe se mandó pedir.
A las dos horas de convivir ya eran grandes amigos. Leonardo lo tuteaba y don Jonás estaba realmente complacido de haberse quitado de encima a ese periodista que siempre lo criticaba por lo que hacía y por lo que no hacía. Hoy podían convivir como amigos y acordar publicaciones que les convenían a ambos, a uno en lo político, a otro en lo económico.
–¿Ya vez que podemos convivir como amigos mi Leo?–, le dijo don Jonás a su invitado.
–Sí Jonás, la verdad es que no te conocía bien. Mucha gente, ya sabes, por envidia o lo que quieras, pues habla mal de otros…
–No te fijes, mira, cuando uno alcanza cierto éxito en la vida, siempre llegan las críticas, es como dijéramos… ¿Parte del costo no? Con el perro, llegan las pulgas. –Rieron a carcajadas.– ¿Quién atiende aquí?, ¡estamos desarmados!, ¡mesero!
Así se fue la tarde y llegó la noche. Y con ella la posibilidad de seguir conviviendo, por lo que don Jonás propuso que fuera en su casa donde siguieran la parranda.
El periodista aceptó y enfilaron hacia el municipio donde gobernaba Jonás. Llegaron a su suntuosa casa, la más grande del pueblo, con una imponente reja que abrió solícitamente uno de sus pistoleros que cuidaba día y noche la entrada.
Bajaron de la camioneta, pero en lugar de dirigirse hacia el interior de la casa, don Jonás llamó al pistolero de la entrada y le dio instrucciones en voz baja. Después, condujo a Leonardo hacia el amplísimo jardín que más hacia el fondo se convertía en un huerto donde había arboles de mango, plátano y otras frutas que se daban bien en ese ambiente semitropical.
La Luna bondadosamente regalaba sus rayos e iluminaba la noche.
–¿A dónde vamos?–, inquirió Leonardo.
–Ven, quiero que veas un espacio que tengo muy privado donde hay unas pequeñas amiguitas–. La sonrisita traviesa de don Jonás no dejaba lugar a dudas de que se trataba de carne femenina para seguir la parranda. Leonardo se las imaginó. Y casi corrieron hacia el lugar señalado.
Sin embargo, antes de llegar a cualquier lado, don Jonás se detuvo y al lugar arribaron cuatro sujetos armados con cuernos de chivo. Leonardo se sorprendió vivamente pero no le dio tiempo de reaccionar cuando ya don Jonás le entregaba una pala y le ordenaba con una voz metálica: “Cava”.
Como Leonardo no reaccionaba, estupefacto ante lo desconcertante de las circunstancias, don Jonás consideró usar un lenguaje más apropiado al caso: “¡Que rasques cabrón!, ¡escarba!”, gritaba ahora, mientras los sujetos armados le apuntaban sin mostrar asomo alguno de que se tratara de alguna broma de mal gusto.
–¿…Para que…?–, alcanzó a balbucear Leonardo ingenuamente, con un gesto que pretendía ser sonrisa pero que solo alcanzó a convertirse en una horrible mueca.
–Tu tumba–, dijo todavía más secamente don Jonás.
–¡Que escarbes chingada madre!–. Esta vez la orden llegó acompañada de un golpe con la misma pala en el hombro derecho que hizo tambalear a Leonardo y lo hizo gritar de dolor.
Tomó la pala y tímidamente primero, pero ya convencido de que no se trataba de una broma trató de hacerlo más vigorosamente, pero de pronto las fuerzas se habían ido quién sabe a dónde y sentía su cuerpo como si fuera de chicle. Don Jonás al ver aquel cuadro rio sonoramente. Su mandíbula castañeaba tétricamente a la luz de la Luna. Un perro aulló a lo lejos. Y entonces uno de los sujetos lanzó un disparo al aire, como para terminar de convencer a todos de que no se trataba de una mala broma.
Leonardo más que cavar, rasguñó la tierra con la pala. Intentó hacerlo más profundo pero no pudo. Mientras lo hacía, desfilaron en su mente pasajes de su vida como cuando nacieron sus hijos, su infancia propia y recordó a sus padres, ya fallecidos. Imploró desde lo más profundo de su ser ayuda al Todopoderoso pidiéndole no morir. A don Jonás ya se lo había suplicado, pero a cambio había recibido solo una andanada de insultos como: “¡Para que aprendas a no andar escribiendo pendejadas!”, o “¡A ver ahora quién ríe mejor hijo de…!”
Sintió de pronto que se detenía el tiempo. A su alrededor vio solo siluetas. De pronto don Jonás parecía haber crecido enormemente, como un grotesco gigante y él se sintió tan pequeño y desvalido como un niño de cuatro años perdido en el bosque.
Entonces se desvaneció. Don Jonás y sus secuaces rieron a carcajadas. –Pinche periodistita, no que muy cabroncito. ¿Como ves a este puto?–. El pistolero solo sonrió socarrón bajo su sombrero de palma.
Un cubetazo de agua despertó a Leonardo. Eso y salir de ahí corriendo tras la orden de don Jonás de que se fuera, se convirtió como en un acto de magia en una sola acción. Su frágil cuerpo, que para entonces lucía como si no se hubiera tomado una sola gota de alcohol, se perdió ágil como un venado en medio de los sombríos montes de las naranjas, llevando a la humillación –descubrió que se había orinado en los pantalones– como única compañera.
Leonardo no dejó el periodismo, faltaba más, pero desde entonces su redacción cambió. No había una sola línea crítica hacia nadie. ¿Para qué?, ¿quién lo había defendido cuando estuvo a punto de morir?, ¿acaso sus lectores?, por supuesto que no. ¿Entonces?, se decía para sí mismo. Para qué dar tantos brincos estando el suelo tan parejo.
Hoy Leonardo cobra un jugoso convenio en varias presidencias de la región. No le va mal. Hasta piensa convertirse en cacique. Después de todo don Jonás ya no es ningún jovencito. Y su hijo está estudiando periodismo.

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa, ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna.

Crónica de una muerte anunciada (fragmento)
Gabriel García Márquez*

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. “Siempre soñaba con árboles”, me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. “La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros”, me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de intérprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.
Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y mal, sin quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento de estribo de cobre en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la parranda de bodas que se había prolongado hasta después de la medianoche. Más aún: las muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 6:05 hasta que fue destazado como un cerdo una hora después, lo recordaban un poco soñoliento pero de buen humor, y a todos les comentó de un modo casual que era un día muy hermoso. Nadie estaba seguro de si se refería al estado del tiempo. Muchos coincidían en el recuerdo de que era una mañana radiante con una brisa de mar que llegaba a través de los platanales, como era de pensar que lo fuera en un buen febrero de aquella época. Pero la mayoría estaba de acuerdo en que era un tiempo fúnebre, con un cielo turbio y bajo y un denso olor de aguas dormidas, y que en el instante de la desgracia estaba cayendo una llovizna menuda como la que había visto Santiago Nasar en el bosque del sueño. Yo estaba reponiéndome de la parranda de la boda en el regazo apostólico de María Alejandrina Cervantes, y apenas si desperté con el alboroto de las campanas tocando a rebato, porque pensé que las habían soltado en honor del obispo.
Santiago Nasar se puso un pantalón y una camisa de lino blanco, ambas piezas sin almidón, iguales a las que se había puesto el día anterior para la boda. Era un atuendo de ocasión. De no haber sido por la llegada del obispo se habría puesto el vestido de caqui y las botas de montar con que se iba los lunes a El Divino Rostro, la hacienda de ganado que heredó de su padre, y que él administraba con muy buen juicio aunque sin mucha fortuna. En el monte llevaba al cinto una 357 Magnum, cuyas balas blindadas, según él decía, podían partir un caballo por la cintura. En época de perdices llevaba también sus aperos de cetrería. En el armario tenía además un rifle 30.06 Mannlicher-Schönauer, un rifle 300 Holland Magnum, un 22 Hornet con mira telescópica de dos poderes, y una Winchester de repetición. Siempre dormía como durmió su padre, con el arma escondida dentro de la funda de la almohada, pero antes de abandonar la casa aquel día le sacó los proyectiles y la puso en la gaveta de la mesa de noche. “Nunca la dejaba cargada”, me dijo su madre. Yo lo sabía, y sabía además que guardaba las armas en un lugar y escondía la munición en otro lugar muy apartado, de modo que nadie cediera ni por casualidad a la tentación de cargarlas dentro de la casa.
Era una costumbre sabia impuesta por su padre desde una mañana en que una sirvienta sacudió la almohada para quitarle la funda, y la pistola se disparó al chocar contra el suelo, y la bala desbarató el armario del cuarto, atravesó la pared de la sala, pasó con un estruendo de guerra por el comedor de la casa vecina y convirtió en polvo de yeso a un santo de tamaño natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza.
Santiago Nasar, que entonces era muy niño, no olvidó nunca la lección de aquel percance.
La última imagen que su madre tenía de él era la de su paso fugaz por el dormitorio. La había despertado cuando trataba de encontrar a tientas una aspirina en el botiquín del baño, y ella encendió la luz y lo vio aparecer en la puerta con el vaso de agua en la mano, como había de recordarlo para siempre. Santiago Nasar le contó entonces el sueño, pero ella no les puso atención a los árboles.
–Todos los sueños con pájaros son de buena salud–, dijo.

*(Aracataca, Colombia, 1927-México DF, 2014)
Novelista colombiano, premio Nobel de Literatura en 1982 y uno de los grandes maestros de la literatura universal. Gabriel García Márquez fue la figura fundamental del llamado Boom de la literatura hispanoamericana, fenómeno editorial que, en la década de 1960, dio proyección mundial a las últimas hornadas de narradores del continente.

DIRECTORIO MALDITO

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

TUITIZA LOCA
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