Desde que tomamos el balón por primera vez, soñamos despiertos con hacer lo que nuestros ídolos han convertido en cotidianidad: la jugada perfecta, el pase imposible, el gol antológico o la atajada heroica. La fantasía de materializa desde la mirada de todas las niñas y niños que, cuando mandan la pelota al fondo de la portería, celebran como su modelo a seguir.

Todos lo hemos hecho: el rugido de Cristiano; el saludo al cielo de Messi; los bailes de Neymar; la pose griega de Cuauhtémoc; las piruetas de Hugo; el beso al escudo y el corazón con las manos pensando en “esa” persona. El futbol se convierte en un arte escénico cuando se trata de compartir la alegría de anotar.

Esta coreografía individual y colectiva no es mucho del agrado de Toni Kross. El mediocampista del Real Madrid fue crítico ante los rituales de celebración exacerbada que practican jugadores como Pierre Emerick Aubameyang, quien, para divertir a su pequeño hijo, festeja sus goles posando con máscaras del Hombre Araña y Pantera Negra.

Lejos de juzgar a uno u otro, la breve controversia se presta para recordar la maravillosa multiculturalidad que comprende al mundo del balompié. En ese ir y venir de posturas, el estoicismo germano contrasta con la herencia africana de la vida en comunidad.

Bien puede recordarse el festejo discreto del Bayern Munich al ganar la Liga de Campeones de agosto como prueba de esa cosmovisión. Los alemanes mantienen el hedonismo a raya como parte de sus principios sociales. No obstante, la celebración teatralizada también es una forma de expresar el origen cultural de una persona (Raúl Jiménez con la máscara de luchador) o de todo un equipo (el ritual de la selección de Islandia).

Es inevitable mencionar los múltiples rituales que rodean al futbol en América Latina y en cualquier país con influencia africana, nórdica o tribal. El baile, el canto y la acción colectiva son parte inherente de nuestras culturas, donde el gol siempre es motivo de un performance que extiende la identidad de su autor.

El futbol, como cualquier otro juego, es una algarabía permanente; una celebración de la vida y la competitividad deportiva. La expresión libre de emociones y sentimientos al conquistar las microglorias (en el balompié sería el gol) es parte esencial de la cultura colectiva y el gozo de vivir para hacer lo que amas. Quizá Kroos no ha convivido con suficientes afrolatinos para constatarlo.

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