Atlapexco.-
¡Hasta que la muerte los separe! Un lema que María Magdalena y José, quienes radican en una localidad de Atlapexco, siguen al pie de la letra, ya que recientemente celebraron 72 años de casados.
En la acalorada Huasteca hidalguense se encuentra la localidad Achiquihuixtla, perteneciente a Atlapexco, municipio que según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) en su Índice de Pobreza Municipal 2015, el 30.3 por ciento de la población presenta pobreza extrema y 47.6 por ciento moderada.
Pese a las carencias que existen en la comunidad, familiares y amigos organizaron el 21 de abril la celebración por los 72 años de matrimonio de María Bina Magdalena Naranjo, de 90 años, y de José Cruz Gregorio, de 92, edad calculada por uno de sus hijos, ya que cuando nacieron no acostumbraban a registrarlos debido a que la cabecera municipal estaba alejada.
Entre el jueves y Viernes Santo, y el Sábado de Gloria, llegaron al pueblo los hijos y nietos de la pareja para ayudar en los preparativos de la fiesta, en homenaje a “los abuelos”, como les llaman en la comunidad, y en agradecimiento a Dios por permitirles vivir tantos años, pues son la pareja más longeva de la localidad.

Celebración en días santos

La fiesta fue el Domingo de Resurrección, y a pesar de ser días de guardar en la religión católica, los familiares solo pudieron coincidir en esas fechas después de muchos años de no reunirse, ya que algunos viven en Pachuca y otros en el Estado de México, y sus actividades les impiden viajar frecuentemente.
Desde las 5 horas del domingo, algunos hombres se organizaron para poner a hervir el agua, matar al puerco y preparar las carnitas; las mujeres llevaban y traían agua, lavaban y aportaban lo necesario para los preparativos.
En otra casa limpiaban a los pollos y los ponían a hervir; y en una más, hacían mole, arroz y frijoles en abundancia para que no faltaran los alimentos que ofrecerían a los invitados. Los patios de dos casas contiguas fueron enlonados y alistados con mesas y sillas.
A las 15 horas estaba programada la celebración litúrgica. Los novios, familiares y la comunidad llegaron minutos antes de que abrieran la iglesia; el sacerdote llegó más tarde, quien en la lectura de acción de gracias mencionó a María Magdalena y José; destacó la perseverancia que han mantenido durante 72 años y posteriormente les dio la bendición.

Flores y pañuelos en abundancia

En la parte en que los feligreses tenían que darse el saludo de paz, las mujeres con vestimentas indígenas se acercaron a la pareja y aprovecharon para ponerles coronas de flores en la cabeza, ramos de flores y varios pañuelos al novio, como es la tradición en esa región; otros llevaban refrescos y lo que podían regalarles, los diálogos entre ellos era en náhuatl. El padre tuvo que hablar en dialecto para invitarlos a sentarse y concluir la celebración.
Una mujer soltó en llanto y se limpiaba las lágrimas de emoción con las manos, quien a pesar de no ser nieta, los adoptó como su familia; “es que recordé cuando íbamos a visitar a los abuelos y siempre nos daban de comer o nos ofrecían algo, nunca nos corrían de su casa, yo no tuve cerca a mis abuelos, pero ellos estuvieron ahí, y ahora lo hacen con mis hijos”, comentó al salir de misa.
A la salida, los familiares no perdieron la oportunidad de tomar las fotos del recuerdo, pues en muchos años no se habían reunido todos los hermanos, casi todos los nietos y bisnietos. Todas las personas acompañaron a María y José a lo largo del camino para celebrar que hayan logrado más de siete décadas de estar juntos y que a pesar de los problemas de salud, aún están lúcidos y fuertes.
Los lugares disponibles se llenaron de tantos invitados que tuvieron que mandar traer sillas de la iglesia para que ninguno se quedara sin comer. Después de los alimentos, la banda de viento Renacimiento amenizó el festejo, solo el novio pudo bailar con su hija y nietas; la novia ya no lo puede hacer porque necesita bastón para apoyarse, pero estuvo atenta a todo lo que sucedía. Los dos, a pesar de sus pocas palabras, se notaron muy contentos por ver reunida a su familia.

La descendencia

Según pláticas de los hijos, María y José se casaron cuando tenían 18 y 20 años, respectivamente; ella era la localidad Atlaltipa y él de Achiquihuixtla cuando unieron sus vidas en 1947, también se hizo una gran fiesta y toda la comunidad les llevó muchos regalos. Tuvieron siete hijos, de los cuales dos fallecieron siendo bebés, y los cinco restantes aún les sobreviven.
Ahora, 72 años después, ambos viven en Achiquihuixtla con su hijo Santiago, su nuera y dos nietos; su hijo Crescencio vive en Pachuca; sus hijos Antonio y Javier y su única hija Teresa, viven en Villa Nicolás Romero, Estado de México. Tienen 15 nietos, seis bisnietos y dos tataranietos.

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