Antes de que Diego Mateo se convirtiera en este misterioso Valle, no dejaba de llorar al mirar las arañas desde su ventana.

–Si tanto pavor te dan, Teo, ¡no mires más!–, le decía el cuervo que le ayudaba a sentir desde afuera, posado sobre el brazo ennegrecido de un poste sin vocación. Quién sabe si la sensibilidad del ave le alcanzaba para entender que Diego Mateo padecía de una extraña ceguera que, no obstante, le hacía ver algo que ni el cuervo ni nadie más cerca de él, en caso de que hubiera alguien, podía.

Pero, ¿por qué lloraba? Si no fuera porque las lágrimas de Diego formaron los dos eternos arroyos que bordean, cruzan y nutren hoy la vida del Valle, uno no deja de sentir pena por el dolor, el sufrimiento o la tristeza que lo apretó por tanto tiempo, y que quiso compartir con su aliado el cuervo.

Pudo ser la soledad plana, porque, hay que decirlo, Diego Mateo, las arañas, su ventana, el cuervo, el brazo ennegrecido del poste sin vocación, el adentro y el afuera, no eran más que personajes de una melancólica pintura en dos dimensiones, sin autor, presa en un marco de árbol muerto, consumido lentamente por el tiempo.

Lo digo, no porque sea certeza, pero, si yo hubiera estado en sus zapatos, habría preferido cientos de miles de millones de veces renunciar a mis pies, a mis brazos y manos, a mis ojos ciegos y oídos al servicio del silencio, para convertirme en un Valle de misterios inacabables. Solo Diego Mateo lo sabe, solo él podría decirnos si fue destino o decisión.

Hace ya varias vueltas de tuerca, decidimos presentarnos ante Diego para saber si aún convertido en Valle le quedaba un poco de espíritu abierto para contarnos las razones de su inexplicable melancolía. Y lo hizo. Elegimos un día de nubes bajas, en un tiempo en que quizá nos era más fácil entenderlo, ya que nos llevamos la tristeza en las espaldas. En efecto le quedaba, Teo pudo abandonar su cuadro apolillado, pero no dejó de ser el personaje más afligido de aquella pintura sin autor. Esto lo sentimos apenas nos adentramos entre su bosque frío y terminamos de convencernos al mojarnos nuestros pies en sus riachuelos que recorren la superficie accidentada, como venas del más entramado sistema circulatorio.
Así avanzamos, atentos al relato de Mateo, un paisaje eterno pero

simple que en momentos dejaba mirarse todo y en otros, solo a través de la nada. Y en esta hermosa experiencia de curiosos forasteros, con los sentidos bien abiertos, nos dejamos abrazar por la oscuridad. Solo cuando quisimos volver, nos dimos cuenta que ya no era posible.

Fuimos y vinimos por todos los extremos que nuestra fuerza nos permitió. Exploramos sus cuevas, repasamos sus rocas, dejamos nuestras huellas en sus veredas, trazamos nuevas, pero por más que hicimos, no hallamos la manera de dejarlo atrás. Y cuando la noche ya celebraba su consolidación espesa, el viejo cuervo, aliado incondicional de Diego Mateo, hizo su aparición estelar.

Con la esperanza en emergencia, invertimos el último sorbo de luz que nos quedó en la reserva para iluminar al cuervo, estaba posado sobre un asta estéril, los restos de enormes arañas caídas en un extenso campo de muerte que ya no podíamos dejar de mirar, alimentando los arroyos de llanto, atrapados en un cuadro sin autor.

@AlejandroGasa
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