Mucho se está hablando sobre la viabilidad del megaproyecto del Centro Cultural de Chapultepec a realizarse con un presupuesto millonario y una inversión ofensiva en momentos en los que padecemos una crisis sanitaria y económica. La controversia a estas alturas viene de todos lados comenzando por los impactos ambientales en el corazón de la Ciudad de México. Sin embargo, ha sido poco estudiado el impacto social y la reconfiguración del imaginario en torno a tan emblemático lugar.

En este contexto, el olor de los anafres y la carne asada, la cubita con los compadres y las tremendas comilonas de familiares y amigos que se daban cita hasta en los camellones para comer tortas y disfrutar de un día de descanso; los globos y el papel picado y multicolor delimitando el imaginario salón de fiestas popular en medio de los árboles del legendario bosque de Chapultepec donde se festejaban los cumpleaños y hasta las primeras comuniones, festejos o simples reuniones familiares improvisadas por el pueblo de las más variopintas clases sociales, pero esencialmente popular, festejos domingueros, día de descanso de la clase trabajadora. Se diluyen en la memoria.

La imperdible cascarita y hasta la retadora con la fiesta contigua o los golpes secos en las piñatas de miles de formas, mezclados con el griterío alegre de docenas de niños; la música de las radios de transistores, tríos, marimbas y hasta de los mariachis que esquivaban a niños furtivos que con resortera en mano correteaban ardillas o interrumpían el juego de los encantados. Todos eran parte de los sonidos del bosque, el barullo unísono que se escuchaba desde las calles aledañas.

Albañiles, trabajadoras y trabajadores durmiendo el tradicional coyotito bajo las sombras de los árboles para aguantar el resto de la jornada. Los novios comiéndose a besos entre el trino de las aves. Los juegos colectivos “póngale la cola al burro”, carreras de amarrados, avioncitos y el tradicional “chiras pelas” sobre las manchas de tierra que se abrían por el uso constante del paso de los visitantes. Los dulces, el legendario algodón de azúcar de color rosa, la jícama con chile piquín, y el chicharrón con su salsa Búfalo o Valentina, los vasos de tepache y el raspado multi sabor y las bocas de cientos de niños todas chamagosas de los caramelos. Por supuesto, la ida de pinta a remar en el lago, que generaciones completas de estudiantes guarda en su memoria junto con sus primeros besos y arrumacos, arriba de una lancha que siempre hacía agua y frente la amiga chaperona de la futura novia haciendo caras de fuchi. Memoria colectiva imperdible.

Todas, estampas de un lugar que con los años se le ha despojado a su pueblo y que hoy es amenazado por un “proyecto cultural” impuesto, como todo en este país, bajo los criterios y pensamiento paternalista de la burguesía y las cortes del poder que siempre están “preocupadas” por el “bienestar” del pueblo y deciden a diestra y siniestra lo que consideran “conveniente” y encima utilizan los recursos económicos del pueblo para imponerle estereotipos retorcidos sobre desarrollo, bien estar, cultura y vanguardia, sin consultarlo.

Un bosque donde las y los trabajadores ya no pueden ni tirarse a descansar en el área verde porque esta tiene cercos y está “protegida” por letreros y policías, mientras las maquinarias del gobierno y las trasnacionales arrasan con reservas naturales y ecosistemas por todo el país. Prohibidos los arrumacos y los fajes entre propios y extraños bajo las sombras de los árboles más aislados porque “lastiman” la naturaleza y al parecer también la vista de la doble moral oficial de quienes están convirtiendo la tribuna de la democracia en un púlpito para hablar de Dios y sus mandamientos, en las narices de un estado laico.

Miles de millones de pesos y el caprichito de autoridades mimadas por su propia megalomanía y soberbia, ponen en riesgo los vestigios de una tradición popular, de un lugar ancestral, mítico y henchido de historia popular y de historia patria, cuyos terrenos fueron regados con la sangre de cientos de guerreros. La memoria del pueblo como patrimonio intangible están en juego por la ocurrencia de lo que hasta ahora parece ser una sucursal de la casa Disney, pero con un toque de lo “artístico” y lo “conceptual”, con puentes colgantes y recintos que nadie pidió. Un sueño disneysiano con su propio presupuesto –sacado de los bolsillos del pueblo– por encima de la vapuleada infraestructura artística-cultural que se está cayendo a pedazos en este país. Y peor aún, un gasto en infraestructura no necesaria por encima de la emergencia vital y económica que padecen artistas y trabajadores de la cultura, que tratan de sobrevivir a la pandemia, señalados y estigmatizados por un mandatario que los considera “accesorios” y por lo tanto superfluos y desechables.

Un presidente que asegura que el hombre es un ser cultural por naturaleza pero parece creer que las manifestaciones artísticas de los pueblos se dan por generación espontánea y aparecen de la nada, y también por eso hay que construirle al pueblo nuevos complejos culturales como Chapultepec que servirán también para esconder la miseria del país y la crisis en el sector ante organismos internacionales y países que le apuestan a la cultura como actividad esencial, estratégica y motor de desarrollo. México no puede quedarse atrás y como siempre, tiene que construir cascarones y elefantes blancos clasistas, racistas y discriminatorios para curar en salud toda su mediocridad e incapacidad en materia cultural.

El proyecto Chapultepec en principio es clasista, un proyecto que utilizará recursos del pueblo que está excluido como creador ¿por qué no les encargaron el proyecto a los artistas de la Nación Yaqui o a los artistas de las comunidades indígenas de la Ciudad de México? ¿Por qué en el equipo de trabajo no hay artistas callejeros o artesanos? En términos generales no hay oposición a que sean artistas los encargados del proyecto, pero sí hay suspicacias en torno a quiénes son estos artistas, porque en estas condiciones el gobierno de la mal llamada “cuarta transformación” no tiene autoridad moral para hablar de inclusión, igualdad o democracia. Mucho menos de dichos paternalistas y clientelares como “primero los pobres” cuando en esta emergencia de salud y ahora económica, en Chapultepec se va a utilizar la cuarta parte del presupuesto del sector cultural, que podrían estar ayudando a artistas y trabajadores culturales que se encuentran en las filas de la pobreza, que suman miles y que generan más del 5 por ciento del producto interno bruto.

El mítico “Chapultebrinco” como algunos le dicen de cariño, está a punto de ser enterrado por la ignominia y la soberbia, síntomas inequívocos de quienes rápido se enferman de poder y se consideran mecenas ideológicos, se auto consideran padres transformadores de la Patria y mesías que creen que deben de guiar a un pueblo milenario sin consultarlo y con las sagradas escrituras de la demagogia. El proyecto en estos momentos no es prioritario y tampoco indispensable y mucho menos debe restarle a las migajas presupuestarias que con la complicidad del Congreso de la Unión se usan para simular que la cultura en este gobierno es un “pilar de transformación” utilizando a los pueblos originarios como ariete para desmantelar la infraestructura cultural de la Nación.

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