Más adelante encontraron un espacio vacío con un gran agujero justo en la intersección de dos líneas rectas, cuyos extremos estaban cubiertos de árboles gigantes que apenas dejaban filtrar algunos rayos de un Sol, que de no ser por las frondosas ramas hubiese resultado abrasador.

Bautizaron al agujero: “centro de la Tierra”, pues les pareció que a través de él podían llegar a las profundidades donde se encontraba la divinidad que protegía a la tribu de todo mal, permitiéndoles vivir, aunque a cambio de un gran esfuerzo de su parte, pero sobre todo haciendo los sacrificios que pedía todo el tiempo.

No les fue difícil encontrar las inmensas y resistentes lianas que necesitaban los tres hombres que se aventuraron a entrar en aquella boca, cuya hondura desconocían. Previamente a que lo hicieran, el brujo los preparó espiritualmente. Eso les permitió alejar cualquier miedo que pudieran tener antes de adentrarse en las profundidades.

Cuando llevaban avanzados 50 metros y aún no tocaban fondo, gritaron a los de arriba que necesitaban tres cosas: que el brujo no dejará de guiarlos mediante su fuerza espiritual, más lianas y ramas encendidas embadurnadas de sabia del cedro rojo, cuyas propiedades hacía que la lumbre durara más tiempo.

La magia del brujo les sirvió para algo, pero las ramas, pese a la sustancia que se les aplicó, terminaron por apagarse, no sin antes causarles un gran temor las sombras que producían sus propios cuerpos en aquellas paredes de arcilla oscura por las que resbalaban sus pies.

Avanzaron todavía por un tiempo indefinido, siempre bajando con gran fuerza y destreza, a la vez que con gran precaución. Conscientes de que cualquier caída resultaría fatal para quien la sufriera, aseguraban cada paso que daban.

Solo un pequeño círculo cárdeno muy arriba les recordaba de dónde venían y cuál era su misión, misma que cada vez les parecía tener menos sentido en aquella oscuridad que ya era muy profunda.

Un poco más abajo y ya no verían, ni siquiera por una rendija, aquel cielo conocido que sería ya un manto de estrellas con una Luna enorme que daría su claridad a los que se habían quedado allá arriba, y que cansados como estarían, apenas tendrían ya fuerzas para seguir sosteniéndolos.

Pero su obstinación y orgullo de guerreros era tan grande que siguieron, pese a todo, bajando por aquella inmensidad sin fondo conocido, pero presta a engullirlos en cualquier momento en las profundidades de su boca de arcilla.

Durante la madrugada las lianas no resistieron más y los tres hombres cayeron por mucho tiempo, hasta tocar fondo en el mismo magma del centro de la Tierra.

Tierra

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