Este documento de lectura indispensable, da pie a que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) realice una revisión exhaustiva, profunda y esencialmente propositiva de dos conceptos íntimamente relacionados: la cultura del privilegio y la desigualdad. La agenda social de México está marcada por un binomio central: la desigualdad y la pobreza. Aproximadamente 55 millones de mexicanos viven en la pobreza (para algunos estudiosos como Julio Boltnivik Kalinka, 75 por ciento de los mexicanos se encuentran en condición de pobreza). Al crecer la pobreza y acrecentarse la brecha de la desigualdad, las oportunidades escasean, la desesperanza crece, se generaran tensiones sociales, violencia, toda esa peligrosa combinación deriva en ingobernabilidad. La desigualdad en México es tan escandalosa, aberrante y grave que puede ser resumida en un dato ofrecido por la referida comisión económica en 2017, la riqueza que acumularon 10 mexicanos equivalió al total de ingresos de la mitad de los más pobres; es decir, de casi 60 millones de personas, dicho documento agrega que mientras en 2002 la fortuna de los cuatro mexicanos más ricos (Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas) representaba 2 por ciento del producto interno bruto (PIB), para 2014 ascendió a 9 por ciento.

Para la Cepal, la igualdad debe estar en el centro del desarrollo por dos razones. Primero, porque “provee a las políticas de un fundamento último centrado en un enfoque de derechos y una vocación humanista que recoge la herencia más preciada de la modernidad.

Segundo, porque la igualdad es también una condición para avanzar hacia un modelo de desarrollo centrado en la innovación y el aprendizaje con sus efectos positivos sobre la productividad, la sostenibilidad económica y ambiental, la difusión de la sociedad del conocimiento y el fortalecimiento de la democracia y la ciudadanía plena”. La igualdad, señalaba la Cepal, en un documento elaborado en 2014, se refiere a la igualdad de medios, de oportunidades, capacidades y reconocimiento. El primer término favorece la distribución más equitativa del ingreso y la riqueza, así como una mayor participación de la masa salarial en el producto. La de oportunidades, es la ausencia de discriminación de cualquier tipo, en el acceso a condiciones económicas, sociales y políticas.

Una primera conclusión es que la pobreza es ineficiente. Un país pobre por su propio carácter se encuentra en la periferia, en esa condición su productividad es baja, poco competitiva, generando un binomio negativo de concentración y centralización de la producción. De acuerdo con Ostry, Berg y Tsangarides, frente al consenso de Washington ha emergido un nuevo consenso en el que la desigualdad se percibe como una barrera al desarrollo. Partiendo de ese conjunto de enunciados, la agenda 2030 para el desarrollo sostenible de la ONU, reconocen a la igualdad como un factor clave de la estabilidad internacional y la reducción de conflictos. Para la profesora Wendy Brown, el neoliberalismo y su efecto inmediato –la globalización–, la igualdad ha dejado de ser un fundamento de la democracia neoliberalizada “la desigualdad se convierte en algo no solo normal, sino incluso normativo. Una democracia compuesta de capital humano tiene ganadores y perdedores, no un trato igual o una protección igualitaria”.

En ese escenario económico es una verdad de Perogrullo que el modelo económico genera diferentes efectos nocivos, el más grave, el empobrecimiento generalizado de la sociedad, pero también las clases medias han sufrido un severo corrimiento social, de acuerdo a la Cepal, la polarización de los ingresos disminuyó los salarios de la clase media, lo que llevó a las familias a recurrir al endeudamiento para mantener sus niveles de bienestar. El alto nivel de desigualdad y la incapacidad de estimular el crecimiento de los salarios deprimieron la demanda del consumo dificultando la recuperación de la economía global. La desigualdad y la cultura del privilegio, es un tema en el que la voz de la Cepal es indispensable.

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