Chile tiene una loca geografía como afirmó Benjamín Subercaseaux, quien transformó un emocional recorrido por las tradiciones y la geografía de este país situado en el extremo sur del continente americano, o como algunos dicen en el fin del mundo, en una rabiosa novela que esporádicamente describe la cordillera de Los Andes, ese conjunto de montañas y volcanes que recorre su largo y angosto territorio de norte a sur por 7 mil 800 kilómetros; muchos de los 2 mil 900 volcanes que se distribuyen en las fronteras del país son activos, es decir, que entran en erupción de vez en cuando sin previo aviso, pero con mucha intensidad, causando la zozobra y la inquietud entre todos los chilenos, sin embargo, la mayor parte del tiempo se encuentran en latencia, oculto a las miradas cotidianas de todos.

Sin lugar a dudas, esta característica geográfica ha moldeado a sus habitantes de apariencia tranquila y afable, que frente a un estímulo la respuesta tarda, pero cuando esta llega puede ser explosiva y desastrosa.

Esta característica de sus habitantes mezclada con una forma distintiva de racionalizar los asuntos públicos y el bien común, que se constituyen en una forma particular de hacer política, que se distingue por su tendencia despótica, que al transcurrir de los años ha generado para cada nueva generación un ethos de frustraciones y expectativas insatisfechas. Es decir, desde el punto de vista individual el no lograr realizar tu voluntad y desde el punto de vista colectivo los sueños rotos, esas aspiraciones que no se lograron concretar, situación que ha generado una forma de mirar el país de doble vía, el deber ser y el deseo, donde siempre se impone el deber ser, aunque vivan en lo cotidiano en la vía del deseo. Es como mirar el mundo siempre a través de unos lentes de Sol, para que la luz resplandeciente del deseo no se aparte de la vía del deber ser.

Chile no despertó hace dos semanas, la desigualdad no es un fantasma que recorre la política del país desde hace tres décadas, es una larga lucha que en su última etapa recorre por lo menos las últimas cinco décadas, donde podemos distinguir claramente cuatro olas de rebeliones, que como erupciones volcánicas han remecido al país como mayor o menor intensidad, causando mayores o menores daños físicos, políticos, económicos y emocionales.

Cada una de estas olas ha sido un intento por recorrer las fronteras de las diferencias estructurales ya sean sociales, políticas o económicas que aprisionan y encarcelan imaginariamente y físicamente en sus barrios a los ciudadanos generación tras generación, reafirmando o en algunos casos refundando (como lo hizo la dictadura de A Pinochet) ese ethos pernicioso.

La primera ola de esta etapa inició en la década de 1970 después de 12 años de gobiernos reformistas de derecha y centro derecha, que no fueron suficientes para contener la necesidad de cerrar las amplias brechas de desigual estructural que enfrentaba la sociedad chilena, rebelión que fue canalizada a través de lo que en ese entonces se llamó unidad popular, donde campesinos, estudiantes, obreros, profesionales y otros actores sociales le dieron el triunfo en la urnas al primer presidente socialista electo democráticamente: Salvador Allende G, e inició un corto, pero imborrable, periodo de transformación del país.

La segunda ola de rebelión que también marcó a toda América Latina fue la lucha que los estudiantes universitarios y pobladores emprendieron en contra de la dictadura militar de Pinochet en la década de 1980, para recuperar la democracia como régimen que acabara para siempre con los abusos del poder. Una tercera fuerte ola de rebelión que destruyó la concertación de partidos por la democracia y abrió paso a buscar alianzas políticas más allá del centro izquierda para construir caminos de equidad e igualdad en educación, con la llamada rebelión de los pingüinos, por un sistema de educación más igualitario y menos mercantilizado.

La rebelión mapuche en la segunda década del siglo que buscaban no ser expropiados de sus tierras y respeto a sus tradicionales y formas de autogobierno, la rebelión de la Patagonia, habitantes de una región muy austral que el centro ahogaba sin consideración de las desigualdades, la rebelión del emblemático instituto nacional en julio de este año y la posterior rebelión de los mismos estudiantes o pingüinos que llamaron a una evasión masiva, por el alza al transporte público.

Todas estas olas de rebeliones que se sucedieron en estas cinco décadas, sin previo aviso, han recibido sin distinción del color político del gobierno el peso del sistema, del modelo, del pacto impuesto, que se empeña en perpetuar las desigualdades, escondiéndolas bajo un manto de necesidades de corto plazo. Esperemos que esta rebelión logre sentar las bases de un nuevo pacto social que elimine una a una las estructuras de desigualdad que separan maliciosamente hace más de medio siglo a todos los chilenos.

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