Cuando despertó sintió que estaba en otro lugar, uno más apropiado a sus circunstancias actuales, aunque tal vez solo fuera un deseo largamente retrasado y que anhelaba más que nada en el mundo.

Quizá, fuera solo un sueño y el creerse despierto era una más de las tretas del hado que lo tenía envuelto en su capa de magias y hechizos desde hacía más de 500 años.

Él, el conde de Muchachusen, que tan valiente había sido en las guerras de religión, ahora se sentía desfallecer ante el mínimo ruido que llegaba a sus oídos o ante cualquier luz que se filtraba por los cortinajes de su habitación.

Deambulaba, sin embargo, por aquel otro lugar en duermevela y a veces creía oír la voz de su amada Gertrud von Steinen, la más bella y famosa de su generación, admirada por todos los nobles y trovadores de Germundia.

Cuando volvió a dormirse, lo que ocurrió cinco minutos después de despertar, estaba subido en un Audi rumbo a la oficina, como se le hacía tarde manejaba a toda velocidad, lo cual es un decir porque era cauto y nunca se excedía de lo que la ley permitía.

Se llamaba en esos instantes algo así como John Fidjun y era representante de una compañía aérea de pasajeros, es decir, de unos aparatos que volaban por los cielos y desde los cuales se podían ver unas nubes algodonosas que parecían de azúcar.

Volvió a despertar, lo que pasó dos minutos y 25 segundos después de dormirse. Se encontraba en una cama pequeña y su cuerpo se había convertido en el de un niño de diez años. Sus pensamientos estaban llenos de una bicicleta azul y de una niña rosa.

Al salir del claustro con su amigo Franciscus hablaba latín y conversaba sobre un asunto teológico de suma importancia, el de cómo el sermón de la montaña había condicionado a la humanidad de un manera esencial.

Se había quedado dormido, de nuevo, un minuto después de despertar y ahora, en la Italia medieval debatía sobre una controversia en la que se encontraban los partidarios del nuevo Papa, de ideas radicales y peligrosas, y los que asumían los postulados clásicos que había defendido en vida el santo padre recién fallecido.

Cansado de tanto ir y venir por cuerpos, tiempos e ideas el señor K no sabía si estaba de pie o tumbado y anhelaba solo encontrar a M y pedirle que le precisara quién era él en verdad.

Empezaba a dudar sobre su identidad y sobre su estado mental cuando un suceso inesperado vino a aclararle todo. Detrás del espejo de su recámara descubrió a un grupo de científicos examinándolo detenidamente. Al realizar tal hallazgo se llevó las manos a la cabeza y descubrió que estaba llena de cables. Al girarla instintivamente vio un monitor de sueños.

El informe empezaba así: Año 3523 de la era Mingu, K despertó al fin de su sueño de 3 mil años y pidió un chocolate con churros para reponerse de lo que creía un viaje demasiado largo. Sus cuidadores lo miraron asombrados por un momento y después se fueron a la churrería.

Juan Antonio

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