El humo blanco del motor revoloteaba en volutas ascendentes, penetrando el aire caliente de la tarde. La carretera reverberaba en la luz quemada que, sin sombra, ardía en el parabrisas del automóvil, un Ford de 1945, cuyo funcionamiento asmático coincidía con el ronquido bronquítico que emitían los pulmones del viejo.

Empañó sus gafas con el vaho de su garganta seca y luego las secó con el pañuelo sucio que le servía de trapo. Quedaron igual o más sucias que antes, pero a él le pareció que sus cansados ojos volvían a ver con nitidez cristalina.

Giró a la derecha y entró en un camino de tierra que conocía hacía 80 años, con todas sus bifurcaciones y trazos que llevaban a perderse con facilidad en un irremediable destino final.

Llegó a la gasolinera que buscaba y llenó el tanque, aún tenía por delante muchos kilómetros y no había que escatimar en la gasolina que necesitaba el viejo Ford. El auto ronroneo y se puso de nuevo en marcha al quinto intento.

Después de cuatro horas, a la velocidad máxima de 50 kilómetros por hora, la única que podía alcanzar su pericia y la maquinaria del carro, paró en una cafetería de carretera para cenar.

Pidió unos huevos con chorizo y tocino, y una cerveza, que le fueron servidos por una camarera joven, cuyo nombre, escrito en la blusa rosa que llevaba puesta, era Mary Ann. Le dejó unos centavos de propina. No lo suficiente al parecer, pues la mujer le puso mala cara. Al salir, las estrellas brillaban en el cielo con un color especial, propio de una época del año y unas latitudes distintas. Eso le extraño al hombre, quien algo conocía de ellas dada su afición a la astrología.

Venus, sin duda, estaba fuera de lugar y lo mismo ocurría con las estrellas que conformaban la constelación de Cáncer y Escorpión. Algo muy raro estaba sucediendo en aquel cielo.

Orilló el auto y lo detuvo. Contempló por largo tiempo el cielo estrellado y tomó algunas notas en una libreta de bolsillo que siempre llevaba consigo. Se quedó dormido durante un rato, cuyo tiempo no supo precisar.

Al despertar estaba amaneciendo, unas nubes rojizas, atravesadas por los rayos de un sol naciente, avanzaban lentamente por el horizonte. Sintió un poco de frío, se frotó las manos y puso en marcha el motor.

No se volvió a acordar de lo que había visto aquella noche hasta que días después repasó las notas de la libreta en su casa. En verdad era extraño lo que había presenciado, si bien aquello era tan solo el principio de lo que vendría después.

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