NORMAN IVAN MONROY CUELLAR

Por décadas, se han clasificado a las sexualidades no-heterosexuales como enfermedades en los manuales de diagnóstico psiquiátrico. Con base en esos se han justificado terapias aversivas, electrochoques, lobotomías, castración química y demás formas de tortura para “curar” a las sexualidades que consideran “desviadas”.

Hoy, 17 de mayo, se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, fecha en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) retiró en 1990 a la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. A 30 años de ese acontecimiento, ¿cuál es el panorama que tenemos las diversidades sexuales en la ciencia y la sociedad?

Las diversidades sexuales como patología

La categoría de homosexualidad apareció por primera vez en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) en 1952, sin evidencia empírica que la sustentara como enfermedad se introdujo como “desviación sexual” junto con el travestismo.

Gracias a la influencia que ejerció el Movimiento de Liberación Homosexual en Estados Unidos y en gran parte del mundo, fue que se realizó una revisión de dicho manual y en 1980 cambió por “homosexualidad egodistónica”, es decir, solo sería considerado un trastorno en tanto que se presente displacer por ser homosexual.

Pero fue hasta 1988 cuando se retiró definitivamente del manual en su tercera edición revisada; dos años después, hizo lo propio la OMS en su Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10).

Ese camino ha sido más complicado para las personas transgénero y transexuales. En el mismo CIE-10, donde se desclasificó la homosexualidad en la década de 1990, se conservó la categoría de “transexualismo” dentro de los “trastornos de la identidad sexual”.

Si bien es cierto que en 2018 la OMS emitió un comunicado donde aseguró que para 2022 esa categoría será reemplazada por “incongruencia de género” y solo será tomada en cuenta en el manual como una condición de salud, ya no como trastorno, eso no cambió en nada la estigmatización hacia las identidades trans, pues en el sistema de salud una persona trans debe aceptarse técnicamente enferma para que sea reconocida y pueda acceder a tratamiento de remplazo hormonal o quirúrgico.

El dispositivo de sexualidad

A diferencia de lo que comúnmente se piensa, la homosexualidad, como la conocemos hoy en día, es una categoría relativamente nueva. Fue introducida a mediados del siglo XIX por la psiquiatría para señalar a todos aquellos sujetos que no cumplen con el modelo social impuesto para el desarrollo económico de las sociedades industrializadas: basado en la familia tradicional, relaciones monógamas, deseo por el “sexo opuesto” y roles sociales basados en el binario masculino-femenino.

Se instauró un dispositivo de sexualidad “normal” en el que todas aquellas sexualidades que no cumplen con dicho modelo son castigadas y categorizadas como patologías: desde las mujeres acusadas de histeria por gozar su sexualidad fuera del placer masculino, pasando por las prácticas sexuales alternativas al coito, como la masturbación, juegos de dominación/sumisión, fetiches, etcétera, hasta la misma homosexualidad, dado que no sirve para la procreación de sujetos que funjan como fuerza de trabajo.

Ese mecanismo de normalización se complementa con un aparato de vigilancia social, en el que castigamos a los sujetos de nuestro entorno (o nosotrxs mismxs) cuando hallamos una conducta que, en ese sentido, se considera desviada.

Ciencia, feminismo y heterosexualidad

A pesar de que la ciencia se rige bajo supuestos de neutralidad y objetividad, desde hace varias décadas los estudios de género se han encargado de denunciar que eso no ha sido así. El feminismo académico nos demuestra que el peldaño de la ciencia ha estado restringido para un sujeto productor de conocimiento específico: el hombre, blanco, heterosexual, de clase media-alta y occidental.

Desde esa mirada parcial de la ciencia, han excluido sistemáticamente a las mujeres y a las diversidades, se nos ha desprovisto como sujetos válidos de enunciación y la práctica libre de nuestra sexualidad se ha estigmatizado. La ciencia, en ese sentido, ha sido y sigue siendo un aparato ideológico que legitima el supuesto progreso de la humanidad basado en el modelo de sexualidad “normal”.

Sin embargo, la crítica feminista y queer nos ha demostrado que la implantación de la sexualidad heterosexual, como la única y correcta, no es algo natural, sino una construcción social que responde a un momento histórico-político que etiquetó a las diversidades sexuales como anormales en función del sistema económico.

Al día de hoy, el modelo tradicional de sexualidad ha quedado rebasado ante la inminente diversidad de familias, relaciones, sexualidades y expresiones identitarias que tenemos en la actualidad.

Nuevos retos

La ciencia tiene una deuda histórica con las diversidades sexuales, a las que, por décadas, ha clasificado como enfermas.

Por esa razón, tenemos que apuntar hacia una ciencia que se aparte de la falacia de objetividad en la que se esconde el sesgo heteronormativo para reconocer que las expresiones de la sexualidad son naturalmente diversas. Una ciencia plural que abandone el criterio de normalidad/anormalidad y cuestione sus atravesamientos patriarcales, políticos y económicos.

El principal reto de la ciencia en ese campo será reconocer nuestras identidades, orientaciones y expresiones, sin que eso pase por el filtro de la verificación biomédica. Que nos ayude a transformar la realidad y a imaginar otros mundos posibles.

Norman Ivan Monroy Cuellar

Soy psicólogo social, ensayista y maricón. Tengo 27 años, nací y crecí en una comunidad del Valle del Mezquital, donde ahora investigo las diversidades sexuales en el contexto rural para la maestría en ciencias sociales (ICSHu-UAEH). Escribí el libro ¿Puede hablar el maricón? (Dubius Ediciones, 2019) y otros textos llenos de glitter y desobediencia como militante de la disidencia sexual. Me interesan las políticas queer/transfeministas y considero que la teoría es una herramienta importante para transformar nuestras realidades.

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