Existe desconcierto entre los científicos dedicados a la naturaleza o al espíritu. Este estrato de la sociedad esperaba algo diferente con el triunfo del obradorismo. El resultado de la elección parece que no tendrá implicaciones en ese sector. La corriente obradorista cree –no existen indicios en contra– que así como llegó al poder de la mano de las habilidades acumuladas por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su grupo más cercano al poder, de igual manera podrá mantenerse así.

Los recursos destinados a la ciencia no han variado y se esperaba por lo menos cambios como el incrementar el producto interno bruto (PIB) dedicado a la ciencia. Todo indica que no es prioridad y que ni siquiera en el núcleo más cercano a AMLO existe la intención de mejorar en áreas como a la que aquí hacemos referencia. Lo que nos indica que es pertinente crear una corriente de opinión que le conceda sustento a la importancia de la ciencia en México.

En primerísimo lugar, el tema de la ciencia no es un asunto ajeno a la vida política, económica, social y cultural de la sociedad. La ciencia durante siglos, desde que surgieron sus primeros promotores, ha sido una ciencia asociada con determinados intereses de clase. Se trata de una ciencia que en el pasado y ahora ha estado al servicio de intereses de clase. Esto quiere decir ni más ni menos que la ciencia no es imparcial.

La ciencia es una práctica social de un grupo de hombres y mujeres dedicado a resolver interrogantes que apuntan a nuevas teorías cuestionando las creencias anteriores, así como a la aplicación del conocimiento con fines prácticos. Estos hombres y mujeres constituyen, según lo ha explicado Bourdieu, un grupo que legitima socialmente determinados saberes y, por tanto, su atención es o debe ser relevante.

La ciencia no se produce en abstracto. Se lleva a cabo entre hombres y mujeres de carne y hueso, cuyas maneras de pensar y de ser corresponden con un contexto histórico determinado. Pero su actividad en general está determinada por lineamientos generales que surgen del ambiente cultural por el que atraviesa una sociedad. En su origen, los científicos se relacionaban con “mecenas”, actualmente son colocados al servicio de la empresa y el Estado.

La historia de la ciencia es asombrosamente aleccionadora en cuanto a la importancia que tiene para un país. Desde Copérnico hasta quienes hoy forman parte de los grupos de investigación del Silicon Valley, han estado y siguen siendo parte de la ciencia que promueven las élites con el fin de darle cauce a sus intereses económicos o políticos. El estudio del universo platónico hasta los recientes descubrimientos de los hoyos negros tuvo, tienen y tendrán su aplicación práctica.

La versión neoliberal de la ciencia, durante lo últimas décadas, ha creído que el tema del conocimiento se resuelve atrayendo empresas con tecnología de punta, que después pueden ser parte de la estructura científica del país. Es una visión colonial. Con orgullo se hace creer que se exportan alimentos, mientras millones viven con hambre. O bien, el país es productor de autos y pantallas que se exportan; sí, pero son empresas alemanas o estadunidenses.

Está perdido quien no entienda que el conocimiento científico posiciona a las élites de los diferentes países en la disputa de la hegemonía mundial, a través de sí mismos o mediante la utilización y subordinación del Estado. Asimismo, el saber científico ha incrementado los bienes técnicos y materiales de las familias, pero eso ha servido para que los eslabones de la dominación sean menos perceptibles.

La ciencia no toca lo social como poder, salvo excepciones. Se debe ver a la ciencia desde otra óptica. Sin duda, se reconoce la importancia que la ciencia actual ha tenido históricamente hablando. Pero se debe impulsar un tipo de ciencia bajo otro concepto. Se debe apuntar a construir un programa con objetivos que contribuyan a que la ciencia y el conocimiento científico sirvan para reconstruir las bases sobre las cuales se edifica el saber científico.

Una nueva era de la ciencia no puede seguir siendo como hasta ahora, un instrumento de las élites mundiales, cuya práctica científica apunta unilateralmente a conquistar espacios como poder que traslada la disputa que existe en la Tierra a la órbita extraterrestre cercana, así como a nuevas estrategias que reconceptualizan lo vivo sin el más mínimo recato ante la vida natural y humana. Se debe cambiar de raíz todo.

Científicos renacentistas, modernos y posmodernos tuvieron y tienen una visión de que la ciencia y sus productos deben contribuir al mejoramiento humano. Pero las prácticas científicas desarrolladas por esa megaestructura cultural mundial de occidente se las han apropiado las élites políticas y empresariales. Han contribuido a imponer imperios y devienen en mercancías, rebajan lo humano.

El reclamo de los científicos mexicanos sobre la postura de la 4T con respecto a la ciencia es justo. Pero también se debe ir más allá del reclamo y llevar a cabo una revisión a fondo de la manera en que concebimos la ciencia. La visión clásica de la ciencia debe revisarse bajo el criterio de los intereses de poder que existen como trasfondo y que se han perpetuado por siglos bajo la visión de Occidente.

La práctica científica desde las naciones subordinadas a las élites y potencias mundiales no puede reducirse únicamente a los aspectos financieros. Existe una preocupación más de fondo: la ciencia sí, pero ¿para quiénes?

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