La historia de México se cuenta, también, a través de acontecimientos que revelan la estructura de un Estado que tanto ha costado construir y al que tanto le cuesta deconstruirse para mirar al futuro. Hace seis años un suceso en particular no solo sería la primera gran sacudida de un gobierno caduco y corrupto así como cuestionado, también sería la cuna de un movimiento que se anotaría en la historia como una de las grandes heridas contemporáneas en un país lleno de cicatrices.

La noche del 26 de septiembre de 2014, el de la noche de Iguala, nos obliga a comprender a golpe una terrible realidad, el alcance de los grupos criminales y su anquilosamiento dentro del organigrama de la función pública; pero, además, descubriría, sin reparo, tantas debilidades de un sistema de impartición de justicia que opera para dar resultados que solamente sirven para la foto pero no abonan a la credibilidad.

Recordemos aquella tarde de 2014 cuando el exgobernador de Hidalgo Jesús Murillo Karam y que en el sexenio pasado fungió como procurador federal de la República, encabezó una conferencia crucial donde se conocería el término “verdad histórica”, donde se narraba que tras una investigación de varias semanas: los jóvenes habían sido detenidos, asesinados y sus cuerpos incinerados en un basurero cerca de Cocula.

Cinco silenciosos minutos ante la expectación de la noticia, un hecho inédito hasta para un país que vivió un Tlatelolco y un Halconazo. Un momento que quedará en el imaginario colectivo y que difícilmente podrá superarse, 43 normalistas que con la llegada de la 4T se ha dilucidado –solo un poco– el entramado de los acontecimientos. Una nueva identificación de los restos, entradas y salidas de prisión de los personajes involucrados, hasta la posible búsqueda con vida de uno de los normalistas en Baja California. Aún hay mucho por descubrir.

Por mi parte no me queda más que desear al estado de Guerrero, a los padres de los desaparecidos 43 normalistas, a la comunidad en general mi solidaridad y un lamento perpetuo ante el suceso, uno más en la historia de mi querido México que día a día se desangra y no hay quien o quienes paren esto, el Estado de derecho que presumiblemente debiera existir, hace años poco a poco carece de significado y veracidad, no es más que una bella tontería que cada vez se hace una utopía y que probablemente nunca llegará, mucho menos se vivirá.

Por ese motivo, exhorto a mis lectores para reflexionar acerca de este golpe tan desagradable y lamentable en nuestro país y hacer unos minutos de silencio, pensando y analizando: ¿qué podemos hacer para mejorar México? quisiera equivocarme pero este solo es el principio de una serie de calamidades que aún están por llegar y la 4T durante lo que resta del sexenio lo deja claro. En México y el mundo las desgracias están al orden del día, la historia universal nos enseña múltiples ejemplos y por ello siempre se guardan unos minutos de silencio ante una muerte o catástrofe convirtiéndose en una tradición amarga.

Pero, ¿dónde surge esta tradición? ¿Por qué la recordamos siempre que existe un momento difícil? para ello tenemos que remontarnos hasta el 11 de noviembre de 1919, un año después del final de la primera Guerra Mundial, la primera ocasión en la que se guardó silencio y que fue para recordar a las víctimas de dicha guerra.

Por aquel entonces, el soldado y periodista Edward George Honey escribió una carta al periódico londinense Evening News. En esta carta proponía guardar cinco minutos de silencio el día 11 de noviembre para recordar a las víctimas de la primera Guerra Mundial tal y como se lo merecían. Edward consideraba que la forma en la que se celebró el fin de la guerra –bailando, bebiendo y festejando– no era la manera adecuada de honrar a los valientes y recordar a las víctimas. Este es un texto extraído de su carta: “Solo cinco minutitos. Cinco silenciosos minutos en memoria de la nación. Un momento sagrado. El recuerdo a los gloriosos fallecidos que ganaron nuestra paz y de cuya fuerza y esperanza sale nuestra fe en el mañana. Puede realizarse en la iglesia si se quiere, pero también en la calle, en nuestros hogares, en nuestros teatros y en cualquier lugar donde los ingleses quieran. Sin lugar a dudas estos cinco minutos de silencio agridulce serán suficientes.”

En un principio esta carta no tuvo mucha aceptación, pero parece que, tras varias gestiones, la carta llegó hasta el rey George V. El rey George creyó que era una buena idea y dio su visto bueno. Se declaró el 11 de noviembre como el día de recuerdo silencioso por las víctimas de la primera Guerra Mundial, no obstante, en lugar de los cinco minutos que pedía Edward Honey, se realizaron dos. Independientemente de los minutos que se guarden, es así como esta tradición ha perdurado hasta hoy.

México no solo debe recordar a sus héroes caídos, también a los perseguidos, masacrados, torturados. La clase política en pleno se encuentra en una situación en donde los partidos políticos son vistos con desprecio; diputados y senadores abusan del poder sirviéndose de este, se autorizan bonos a diestra y siniestra; no escuchan a sus representados y permanecen indolentes ante la situación; los sindicatos siguen en manos de dictadorzuelos que envejecen y se enriquecen; los gobernadores, nuevos señores feudales, disponen de recursos y de voluntades.

Las redes sociales le han declarado la guerra al gobierno; insultos de todo tipo en contra el presidente, contra los secretarios, contra los gobernadores y legisladores, recriminaciones, acusaciones, rumores sin fundamento; burlas, convocatorias a manifestaciones, firma de peticiones. Cualquier persona ajena al país que se acerque a Twitter para comprender el México actual podría pensar, sin temor a equivocarse, que un estallido social es inminente. Pero el activismo de sillón y de café está muy lejos de la realidad del país, el activismo en 140 caracteres ha demostrado que no tiene que ver con la responsabilidad cívica y la participación ciudadana. El futuro del país no pasa por las redes sociales.

Ni Ayotzinapa ni Tlataya ni sexenios corruptos, ni motines en cárceles ni los desaparecidos ni los levantones ni las extorsiones ni chairos ni fifís ni los asesinatos de periodistas ni los feminicidios ni el tráfico de influencias ni el autoritarismo ni la impunidad ni las fosas clandestinas ni el territorio nacional ensangrentado han sido suficientes para que la sociedad reaccione más allá de una manifestación o un grito de protesta. Cuando a 30 millones de ciudadanos, de 80 millones que pueden votar, no les interesa hacerlo, no hay lugar para un futuro diferente. ¿Tenemos el gobierno que merecemos? ¿Tú lo crees?.

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