Fernando Montes de Oca Sicilia

En la década de 1970, en la esquina que se forma en la avenida Xola y Coyoacán se encontraba una construcción sorprendente y encantadora, al menos así nos parecía a todos los chamacos que pasábamos por ahí. Se trataba del mismísimo castillo de la Bella Durmiente. En efecto, el cine continental era semejante a una atracción de Disneylandia, y por eso a los niños de esa época nos encantaba ver ahí nuestras películas favoritas.

–Tengan dinero, bájense del coche y métanse al cine que la película ya va a empezar. Al rato paso por ustedes–, nos dijo tía Isabel a mi primo Alejandro y a mí, que en ese entonces éramos unos mocosos de ocho o nueve años. Obedecimos y cruzamos la calle corriendo, llegamos a la taquilla, compramos los boletos, entramos directo a la dulcería; luego a nuestras butacas y nos dispusimos a ver Bambi. La muerte de la madre del pequeño ciervo nos pareció desgarradora; creo que los dos lloramos, pero a final de cuentas disfrutamos la película y la feliz asistencia al “castillo-cine”.

–¿Y tu mamá, Alex?– le pregunté a mi primo después de 20 minutos de finalizada la función y a punto de comenzar de nuevo la historia del tierno venado –antes la “permanencia voluntaria” nos permitía pasarnos la vida en el cine viendo la misma película una y otra vez.

–No sé, ya no ha de tardar– respondió.

Sin embargo, tía Isabel no regresó.

–¿Qué onda con tu mamá, Alex, ya va a empezar otra vez la película del pinche venado ese?

–Quién sabe, pero no quiero verla otra vez.

Al ver Bambi por tercera ocasión, Alex y yo deseamos que la mamá –la del venado– se muriera de una buena vez y que todo acabara. Por fortuna, antes de la fatídica escena tía Isabel llegó por nosotros.

No recuerdo si le preguntamos por qué se tardó tanto; quizá tuvo una reunión de amigas o una emergencia con alguno de sus otros cuatro hijos. A lo mejor simplemente se le olvidó. Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que usaba al cine continental como guardería.

Semblanza

La fascinación que causa lo misterioso y lo desconocido es descomunal. En El libro de los monstruos se reúnen todas las criaturas abominables –y no tanto– que han sido parte de la cultura desde el cine, la literatura, el cómic o el folclor. Los hay de todas formas y tamaños: acuáticos, celestes y terrestres; peludos o con escamas, con colmillos o lenguas largas.

En El libro de los monstruos encontrarás desde el monstruo del pantano que ocupa los siniestros bosques de Estados Unidos, al Chupacabras mexicano, a los europeos, a los demonios asiáticos, entre muchos otros que te pondrán los pelos de punta y te acompañarán hasta en tus peores pesadillas.

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