Morir de amor. La honorable elección del caballito de mar

El director que llevó al cine la pieza teatral No sé si cortarme las venas o dejármelas largas está en taquilla comercial del país con La vida inmoral de la pareja ideal; la estrenó con lujo apenas en los últimos días de octubre. Tomar la butaca para ver otra película de Manolo Caro no fue en lo personal un acto acompañado de las mejores expectativas pues, si bien no vistió a sus proyectos previos de mala comedia, los dejó en riesgo de no superar la sola intención de entretener por entretener; de esta manera había pocos elementos para confiar. Pero, como bien se sabe, las gratas sorpresas ocurren cuando uno no espera nada. El nuevo filme del director, escritor y productor sabe atraparte en una red de nostalgias por caminos difíciles de predecir.
Manolo comparte una fase madura en su carrera sin ser pretensioso u obligarse a buscar la carcajada del público. Se mantiene en lo simple y cercano con su audiencia partida entre el mundo de la generación equis y la ‘vigente’ millennial a quien recita un ensayo ameno de la inmoralidad con música ochentera.
Hablar, escribir o filmar sobre lo ‘inmoral’ es meterse en camisa de tantas varas en un contexto de personas que decidieron que los valores, la ética o ‘las buenas costumbres’ de sus padres no son prioridad para conducir su vida. Esta manera de sortear los paradigmas sociales hace que la película muestre los buenos logros de sus creadores y presente méritos en la historia contemporánea del cine mexicano.
La vida inmoral de la pareja ideal da por hecho, como una manera de alentar la tolerancia, que nuestro México, a escala de un vibrante San Miguel de Allende, no tiene ningún problema en respetar las diferencias, la libertad o los estilos varios para vivir o amar. El nudo nunca viene en conflictos de aceptación o rechazo sino en un suceso que puede marcar tu historia o la mía.
Y de una común y corriente relación de adolescentes, el único valor que importa, por muy azucarado que suene, es la búsqueda de la utopía por el amor. Elegir a quien amar o con quien compartir pasiones y locuras es una garantía que debe defenderse con todas las reservas de energía y para esto conviene trazar un rayón para enlazar el argumento con la bella metáfora del hipocampo, representante de la naturaleza más noble. La especie no humana, instintiva y bruta, despejada de cadenas sociales, ayuda a reforzar el precepto y restarle fuerza a los viejos marcos de la inmoralidad, sin agredir a nadie o hacerle al radical.
En juego típico de flash backs, la historia salta entre romances, dramas, desenfrenos y comicidades que atacan la conciencia del espectador a quien pocas veces permite ganar cuando se atreve a pronosticar rumbos o finales.

@lejandroGALINDO
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