El cine que firma el director mexicano Amat Escalante lleva una impronta regular aunque no regulada de salvajismo, se adhiere de espejos sin censura, retratos de la crudeza, verdades dolorosas con sabor a té de ajenjo, chocolates en su estado más amargo.
Las fotografías que rescata Amat son de ninguna manera gratas para la estrategia Visit México, refuerzan las alertas de gobiernos extranjeros para no pisar nuestro territorio, que sangra, y mientras los de afuera se salvan por una muy pertinente advertencia oficial de salir embarrados del rojo mexicano, a los que seguimos acá se nos cansó el dedo para tapar ese sol que quema.
Sangre (2005), Los bastardos (2008) y Heli (2013) fueron y son en la cinematografía del buen Amat lugares para el desfogue de ese México salvaje, generalmente silenciado y burdamente maquillado como un payaso de arrabal obligado a sonreír. No serán, desde luego, panorámicas de la belleza sedante derramada por galones a cargo de la televisión abierta gobernante, de ahí que el diario El País atinara en calificar a su más reciente película, La región salvaje (2016), como una cinta desagradable aunque refinada.
El salvajismo de la región salvaje toca y provoca a todas las implicaciones del deseo. El ser humano, diplomático, social, educado en los valores, la religión, la moral… es también un ser salvaje que desea al más puro sentido de su naturaleza, sin importar todo lo anterior.
En una entrevista concedida a la revista Proceso, en 2017, en el marco de la presentación de La región salvaje en el Festival Internacional de Cine de Morelia, Amat Escalante expuso su teoría del deseo aterrizada en un proyecto que además se atrevió a aderezar con un elemento “fantástico de terror”, algo inédito en su trabajo, para volver a esta exploración del salvajismo.
Para el cineasta no cambiaron los fines en cuanto a referirse a la violencia y las tramas que la generan, pero sí hubo un giro en la manera de mostrarlas o llegar a ellas, por eso La región salvaje se presta a una narrativa distinta y metafórica para el estilo que conocimos de Amat en lanzamientos anteriores.
El descubrimiento del compatriota premiado en Venecia va más allá de preguntarse qué es el deseo, sino en reconocer qué ocurre cuando se reprime.
El deber ser que planta la esfera social sobre los hombros de las personas intenta suprimir de una manera injusta e ingenua al deseo. Pero la región salvaje de cada cual desborda como el río Bravo que lucha por su causa. Se comprende entonces que el problema de la violencia es de raíz y deriva de negar el deseo en consecuencias desgarradoras, contra las mujeres, contra los hombres, contra la familia, contra el reconocimiento propio.
Enhorabuena por esta forma “desagradable y refinada” de hacer ficción: la fantasía no está aquí para conducirte por un mundo lejano, fuera de tu alcance, sino para darte una mano de auxilio con pase a tu realidad en piso firme.

@AlejandroGasa
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