Un mes y días de perder esta rutina: Levantarme a las seis de la mañana, llegar al Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, checar justo a las 6:55. Saludar a alguno que otro joven medio dormido o medio despierto que camina por los pasillos. Un coro de “buenos días” por todos lados y con estilos diferentes. Así, me llega esa voz de tenor de don Pepe, el perfume de Malena, las prisas de Luz. Mis colegas tempraneros –Toledo, Azul, Joel– piden una computadora portátil, un cañoncito o bocinas. Nos deseamos una feliz jornada. Entro al salón, con esa mezcla de nervios y de alegría, de gran responsabilidad y enorme pasión. No dejo de conmoverme, de corresponder a sus sonrisas, de sorprenderme con la que trae en un estuche todo el salón de belleza y se va transformando, el que viene en bermudas y yo muero de frío, esos murmullos, ese aroma a juventud. Dos horas, cuatro horas, tratando que no se duerman, que no se distraigan. Ya regaño al que bosteza escandalosamente, ya respondo al que siempre me pregunta por simple solidaridad. Y de pronto, llega ese momento en que el grupo es todo mío, y palpo que entran conmigo a la pasión del tema de hoy, se dan cuenta de lo mucho que están aprendiendo y deben aprender. Despedirme con el clásico: “Podéis ir en paz, la clase ha terminado”. Salir del salón y escuchar: “Gracias miss, me gustó la clase, vio que no me dormí hoy, me gustaron sus medias, qué padre chamarra y ¿la otra clase qué veremos?”.

Sí, un mes y días que ya no reino en un salón de clases, que ya no me nutro de esas voces, de esa indiferencia solidaria y de esa atención apasionada. Sin embargo, no los he perdido, no se han ido, ahora simplemente la relación es diferente y le he encontrado su lado hermoso. La plataforma garza se esponja solidaria para abrir mis alas, contagia su vuelo y por primera vez mi correo institucional se vuelve un paraíso de voces, de tareas entregadas, de dudas compartidas. Como nunca antes charlo con cada uno de mis estudiantes. Entonces, envidio la foto de Jennifer Torres que está haciendo una perfecta postura de Yoga. Le confieso a Aranza Piliado lo mucho que la admiro. Moisés Romero hace una bella semblanza de Tin Tan y me dice que a su papá le gusta mucho. Hugo me enseña la foto de su hija recién nacida. Dominc Peralta y Abril Madrid me confirman por qué son jefes de grupo, siempre atentos y pendientes. Felicito a quienes han hecho excelentes tareas y regaño a los fodongos que se fusilan textos de Internet. En cada correo hay una voz que agradece, que justifica, que duda, que late. Lloro al recibir sus mañanitas digitales por mi cumpleaños. Confieso extrañarlos y les agradezco la disciplina, el gusto por entregar las tareas, la promesa de ser originales. Palpo sus fotos donde sonríen, se disfrazan de superhéroes, abrazan a sus mascotas o simplemente sonríen, me sonríen, como en clase.


Sí, un mes y días de cambiar nuestros ritmos escolares, de tener y no tener horarios, mantener el compromiso, enseñar de manera diferente. Quiero presumirles a mis grupos de historia de los medios (primero uno) y taller de redacción avanzada (sexto uno y dos), pues desde lejos han cumplido cada tarea y en cada frase me confirman su amor por nuestra licenciatura. Esta sana distancia me aproximó como nunca a sus almas estudiantiles. Y sí, a un mes y días raros, orgullosa, grito: ¡Qué vivan mis estudiantes!

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