*AMLO quiere elecciones a modo

*Doña Piedra y la ignominia

Para que se dimensione el tamaño del atropello que se daría a la democracia mexicana:
*Equivaldría a que Vicente Fox hubiera impuesto a Lino Korrodi.

*Equivaldría a que Felipe Calderón hubiera impuesto a Javier Lozano.

*Equivaldría a que Enrique Peña Nieto hubiera impuesto a Alfredo Castillo.

Nada menos.

La imposición de la militante del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) Rosario Piedra Ibarra como presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) –a la hora de escribir esta columna en el Senado se anunciaba que se repetiría la votación–, y de consumarse, significaría un agravio a la independencia y autonomía que, bien que mal, ha mantenido la comisión en los últimos sexenios. Si se elige finalmente a doña Piedra, se asestará un golpe brutal a la cada vez más frágil democracia mexicana, convirtiendo a la CNDH en una oficina más de Palacio Nacional. Ya veremos qué dicen los senadores bajo la nueva votación. Y sea cual sea el resultado, hay que destacar, sin duda, la fuerte oposición pública de algunos panistas, como Mariana Gómez del Campo, Kenia López Rabadán, Gustavo Madero y Xóchitl Gálvez, entre otros, y de periodistas y parte de la sociedad civil que levantaron la voz en contra de tamaña imposición. Lo demócrata sería que se reponga el procedimiento y se elija a alguien imparcial y sin militancia partidista.

Mala noticia, el asalto a la CNDH. Pero hay una peor.

AMLO y la mal llamada cuarta transformación pretenden apoderarse del Instituto Nacional Electoral (INE), para lograr un objetivo antidemocrático y perverso: organizar sus propias elecciones en la intermedia de 2021, con López Obrador, en la praxis política-electoral, como jefe real del máximo órgano electoral. Sí: un presidente siendo juez y parte del proceso comicial clave que se avecina, y que se perfila, desde ahora, fundamental para el rumbo del país.

La CNDH, asaltada por el gobierno socialista.

El INE es la próxima presa.

De ese tamaño es el riesgo que se nos viene.

Ya sabemos que a AMLO no le gustan los contrapesos. Que se desquicia cuando lo cuestionan. Que aborrece a Luis Raúl González Pérez, presidente saliente de la CNDH, porque se atrevió a enviarle varias recomendaciones al gobierno socialista por evidentes violaciones a los derechos humanos, y eso –la justa democracia– es algo que no le embona a Andrés Manuel. Que también detesta al INE –sí, el mismo instituto que fue garante de su triunfo en 2018–, porque, en sus delirios, cree merecer que el país le debe todo y que le debe tolerar todo. Sin embargo, ¿cuál es el trasfondo de pretender apoderarse de la CNDH y del INE? Uno de carácter político-electoral, por supuesto. No podría ser de otra manera. Revisemos:
CNDH. Para AMLO y su gobierno, es prioritario aprovechar su mayoría en el Senado para imponer a una ombudsperson de casa, cercano al presidente, capaz de la sumisión hacia López Obrador e incapaz de garantizar imparcialidad en la comisión. Y ese títere tiene nombre y es mujer. Doña Piedra es la propuesta para encabezar –es un decir– al organismo encargado de investigar y señalar a los gobiernos, autoridades o dependencias que atenten o violen los derechos humanos de los ciudadanos. Pero hay un pequeño detalle: su gran amigo, a quien adora hasta el delirio, al que admira hasta el éxtasis, a quien obedece hasta la ignominia, es precisamente la cabeza de ese gobierno federal que va a mantener vigilado –es otro decir–. A los enemigos de derecha les lloverían recomendaciones. A los aliados socialistas ni con el pétalo de una rosa se les tocaría. Con González Pérez, AMLO se topó con un ombudsman digno que siempre actuó con firmeza y honestidad. Por eso le estorbaba a López Obrador: porque no se arrodillaba ante él. Porque sus recomendaciones dejarían mal parada a la 4T, exhibirían a AMLO y desnudarían constantemente la violación a los derechos en el actual sexenio; y eso habría que evitarlo para que el proyecto no se debilitara. Si finalmente doña Piedra es electa al frente de la CNDH durante una segunda sesión de votos en el Senado, AMLO obtendrá lo deseado: que se arrodille y agache la mirada. Entonces, adiós a la independencia y autonomía de la CNDH.

INE. Si bien el actual instituto electoral está integrado por cuotas partidistas, también es cierto que se han logrado equilibrios tanto internos como externos que han evitado fraudes electorales flagrantes y similares a los que hemos padecido durante los últimos 33 años, teniendo como punto de partida el “fraude patriótico” ejecutado y acuñado por Miguel de la Madrid para evitar que el Partido Acción Nacional (PAN) ganara Chihuahua en 1986, con Francisco Barrio al frente. Con el paso de los años, y bajo la conducción de José Woldenberg, el entonces IFE se consolidó como un órgano electoral confiable, imparcial y profesional, garantizando la transición con la victoria de Vicente Fox en el año 2000. ¿Para qué quiere, entonces, López Obrador descabezar al actual INE, buscando que su presidencia sea rotativa cada tres años y adelantando, así, la salida de Lorenzo Córdova en 2020? Por una razón de interés: cual animal político que es, AMLO sabe que ante los errores que innegablemente ha cometido y por la ineficacia de su gobierno con una economía con cero por ciento de crecimiento, desempleo galopante, la violencia fuera de control, un Estado fallido en seguridad, presupuestos miserables, un presidente con más mentiras que aciertos, un gabinete mediocre, un desencanto ciudadano cada vez más creciente para con su gobierno, bajando en las encuestas en cuanto a respaldo popular (Consulta Mitofsky lo ubica con 59 por ciento de aprobación, mientras México Elige le da un 52 por ciento), y un estrato considerable que se ha declarado arrepentido de haberle dado su voto, por todo ello la votación en la intermedia de 2021 bien podría ser desfavorable para él y para los candidatos de Morena.

El voto de castigo por un mal gobierno cada vez toma mayor forma para dentro de 19 meses, y eso lo huele López Obrador. Y como en economía y seguridad no se esperan cambios favorables para el año próximo, entonces AMLO se cubre y se pretende ir por la segura: controlando o hasta desapareciendo al INE, para que la autoridad electoral se mude a Palacio Nacional o que desde allí, mediante consultas ilegales o a mano alzada en el Zócalo, se elija a los representantes populares. En 2021, ese voto de castigo podría darle una estocada al corazón de la 4T, evitando que de nuevo sea mayoría legislativa y que haga lo que se le pegue la gana en el Congreso, como ha ocurrido hasta ahora. AMLO no quiere al actual INE en la elección intermedia porque sabe que de darse una derrota para Morena, no lo podría evitar fuera de las urnas y su proyecto se descarrilaría. De ahí, que quiera descabezar al INE y controlarlo a través de un nuevo presidente y consejeros que, por supuesto, serían manejados por AMLO desde su oficina. O bien, simplemente desaparecer al INE. Democracia a conveniencia, pues.

El golpe a la CNDH está dado. Ya enseñaron los colmillos.

La cacería contra el actual INE ya empezó desde la Cámara de Diputados y su intención de acortar la presidencia del instituto a tres años, pero entrando en vigor en 2020 para cepillarse a Córdova.

Ya veremos si la oposición, la prensa crítica y la sociedad civil pueden frenar esta intentona golpista –esto sí es golpismo– en contra del máximo órgano electoral.

Porque de no ser así, a ver después quién los frena.

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Extraído de www.sinembargo.mx

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