La contienda electoral de 2018 tiene un escenario que debe ser analizado con cuidado por el elector antes de sufragar en aras de una apuesta democrática, con riesgo de registrar pérdidas como ocurrió con la famosa transición que en 12 años solo demostró la validez de un relevo salpicado de revanchismo y galopante corrupción.
Porque Vicente Fox y Felipe Calderón, sedicentes adalides de la democracia y ofertantes del México de ensueño y democrático, se rodearon de amigos para gobernar, provocaron un gobierno obeso y dos camadas de nuevos millonarios, ellos por delante.
El guanajuatense salió de sus deudas y aprovechó el cargo para amasar una fortuna, cuyo monto nunca conoceremos. Y el michoacano tiene vastos recursos como para financiar la precampaña de su esposa en busca de la nominación independiente a la presidencia de la República; atrás quedaron las complicaciones para Vicente y Felipe.
¿Sirvió la transición? Sí, para efectos de grupo funcionó a la perfección, pero la democracia sufrió un retroceso en perjuicio de los propios partidos políticos y, en consecuencia a toda la estructura de gobierno, donde quedaron rémoras burocráticas bajo el manto del servicio de carrera, funcionarios de medio nivel que simplemente obstaculizaron el trabajo que no sabían hacer.
Y por supuesto, con jugosas remuneraciones. Los nuevos ricos paridos por esa transición que llevó al Partido Acción Nacional a la presidencia de la República.
Hoy, un Frente Ciudadano por México, integrado por tres de las principales fuerzas políticas de oposición, encabezado por el PAN y apoyado por el PRD y Movimiento Ciudadano, aspira a ganar la grande y administrar al país con un gobierno de coalición, figura que no ha funcionado en donde pretendió aplicarse, como el caso de Oaxaca, donde al final el escándalo de la corrupción fue el símbolo de lo que pudo ser y se quedó en experimento.
Ni PAN ni PRD, menos Movimiento Ciudadano gobernaron en conjunto en Oaxaca. El retorno del PRI fue, apenas, elemental procedimiento para levantar el tiradero que dejó el experimento democrático.
De ahí la importancia de lo dicho ayer por el jurista sinaloense Diego Valadés Ríos, exprocurador General de la República y miembro del Partido Revolucionario Institucional, actual integrante del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Valadés dijo que el gobierno de coalición podría ser un gran acierto y llevar al país a un punto más avanzado de un gobierno de gabinete, pero advirtió también que puede retrotraernos a una nueva forma de hegemonía, porque no se ha reglamentado.
En la encrucijada, citó, es utilizar al gobierno de coalición para dar un paso adelante en la construcción de la democracia parlamentaria mexicana, o para dar un paso atrás en la reconstrucción de la democracia y en la ratificación de la vieja forma de tratamiento hegemónico de la política por parte de los presidentes de la República.
Precisamente, el jurista presentó el libro ¿Un gobierno de coalición para México? Hacia el nuevo diseño e innovación del sistema presidencial.
En ese tenor, refirió que el gobierno de coalición fue algo muy positivo para la Constitución, pero planteó que es necesario reglamentarlo “porque alguien que entienda la coalición como la posibilidad de integrar una mayoría en el Congreso, para desarrollar un programa de gobierno apoyado por un programa legislativo y uno financiero, lo puede hacer en detrimento de la democracia, pues dentro del gobierno va a prevalecer la estructura vertical”.
Por tanto, puntualizó: “Si en la Constitución y el marco legal no se crea el órgano de gobierno, que es el conjunto de secretarías que se controlan entre sí, será muy arriesgado construir un gobierno de coalición, porque la mayoría congresal estará a disposición de una sola persona, que se llamará presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y no habrá controles internos”.
Y llamó la atención de un grave riesgo: “Quien sepa interpretar las normas de la Constitución y las utilice sin la reglamentación adecuada, puede estar seguro que reconstruirá, a partir de diciembre de 2018, la hegemonía no de un partido, sino de una constelación de partidos que obedezca a una persona, a un solo mando, pues los integrantes del gabinete seguirían sin personalidad jurídica ni política”.
No puede soslayarse esta que es algo más que una reflexión de un experto como Diego Valadés. Ya le apostamos a la transición, pero no le dejó nada bueno al país. Una guerra contra el crimen organizado que acarrea más muertos y zozobra ciudadana que el cumplimiento de la oferta de seguridad y paz social. ¿Le apostamos al gobierno de coalición? Conste.

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