Y la discusión sobre si es una buena película no viene al caso. Lo es. Incluso hay un amable cumplido de Gringolandia a la cultura mexicana a través de su devoción por los muertos con un gran sentido de responsabilidad. Es evidente que hubo un importante y profundo trabajo de investigación, diría, casi antropológico, y un acompañamiento visible de sus realizadores con sus objetos a representar. La manera con que los artistas de la imagen involucrados aterrizaron sus descubrimientos es fiel y respetuosa, a pesar de que se trata de una animación caricaturesca, marca sus límites para no caer por el precipicio de la ridiculización. Porque, eso sí, nos gusta reírnos de nosotros mismos pero jamás veremos con buenos ojos una mofa externa sobre cómo somos.
Es grato encontrar detalles que sin obviar dicen tanto de la familia mexicana rural, sus artes y sus oficios, el hecho de llamarle mamá a la abuela y papá al abuelo, la forma de recordarlos cuando ya tuvieron que partir, la insuperable forma de ser felices en un pueblo chiquito de aromas sencillos y magia cotidiana.
Coco sabe cómo nos llamamos, la manera en que demostramos nuestro amor y entregamos nuestro corazón, aprendió que nuestros dioses duermen con nosotros, vio que el abandono nos duele, que los recuerdos son tesoro sagrado, que el silencio nos atemoriza y que la esperanza no se opaca con ningún sufrimiento, que partir no significa olvidar.
Coco recurrió a voces que reconocemos, a cantantes que tarareamos y a melodías que atraviesan nuestras almas. Hasta se dio el lujo de integrar a nuestros ídolos aspiracionales de carne y ahora más hueso.
Habrá que cuestionarle uno o dos pares de exageraciones que no obstante se justifican al tener bien en cuenta la firma de su casa productora. Disney no puede evitar ser Disney con su juego de buenos y malos confrontados en épicas aventuras y colocar un espectáculo casi estilo Super Bowl donde no cabe. En fin, sabemos que todo esto es parte de su ADN y no vale la pena suscribirse a un pleito de batalla perdida o de oídos sordos.
La discusión, vamos, ni siquiera viene en el truco para garantizar que si quiera se te pongan rojos los ojos en algún tramo de secuencias. Eso tampoco es novedad. Sucede que, de nuevo, como ha ocurrido aquí de manera histórica, el agente externo viene a maravillarnos con cuentas de vidrio para hacerse rico con nuestro oro, en este caso nuestra tradición, hoy puesta al servicio de una taquilla rota por los récords que engordan los bolsillos de una transnacional de bolsillos ya gordos.
El reproche es todavía más fuerte cuando un proyecto mexicano ha tenido que postergar la fecha del estreno de Día de Muertos, otra animación largometraje que además tuvo que pelear ante una corte por conservar su nombre y que pese a ganarle a Coco tendrá que presentarse a los mexicanos el año entrante con el fantasma de una exitosa producción que será su antecedente sin haber comenzado antes, solo con la pequeña diferencia del presupuesto al alcance.
Coco ha hecho un gran trabajo, ha robado el corazón de una audiencia que terminó satisfecha por tener enfrente a un espejo que le dijo que se ve hermosa, nos conmovió hasta humedecer nuestras mejillas, pero no se marchó sin cobrar bien la factura.
No está mal, aquí todo es válido y cada mérito merece su digna aclamación, solo no perdamos la conciencia de ser parejos y, por lógica, más congraciados con lo nuestro visto y hecho desde lo nuestro.
Por cierto, no dejes la butaca a la hora de los créditos, Bronco también le entró al proyecto.

@lejandroGALINDO
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