¡Con cuánta alegría y gusto venía a la memoria, al recuerdo de la vieja abuela al reencuentro de lo que ella vivió a finales del siglo XIX! Todos esos diálogos con sus viejos, todos esos documentos acumulados, todas esas historias de mineros, de trabajadores de laboríos de plata, vetas, tiros y socavones de la antigua villa de argento del mineral de Pachuca le daban la imagen real de una población pobre, humilde, pequeña hasta el segundo tercio del siglo XX, muchos arribados de fuera, llegados de otros estados a quedarse, a formar familia, a forjar y fundar esta población con una inmensa menoría histórica de vidas, de comercios, de vecindarios, plazuelas, plazas, callejas, callejones y calles.
Al instruir a sus jumentitos maiceros de los Pelones en la sexta década del siglo XX, en un suspiro leyó “solo una cosa no hay, es el olvido”. Resaltó que debe enseñarse sin torcer la historia, sin imitar a otros lugares e historias, ni llevar por oscuros recovecos, enriqueciéndola con investigaciones, con documentos sin desfigurar lo nuestro, de por sí ya pobre pasado, humilde pero valioso legado. Desconocido a tal grado en nuestros días que la mayoría de los habitantes de este viejo mineral ignoramos nombres, referencias, lugares, callejas y calles anteriores al siglo XX, por causa de haber sido señaladas por parásitos del sistema del poder, conocidos como las viudas de don Bartolomé; protagonistas e ignorantes que de manera irresponsable reproducen la imagen de otras ciudades en ésta.
Con sus pequeñas manos y los brazos en alto que dibujaban y describían al aire, recordó la anciana que “para alimentar esos ingeniosos hornos de tabique llamados de concha o cúpula de las muchas panaderías de los vecindarios mineros y del centro del mineral de Pachuca, de madrugada veíase ocupando las calles y callejas docenas de prietas y potentes mulas cargadas de pesados y fuertes atados de grandes leños de mezquite, ocote o pino recogidos para calentar los hornos de los suculentos panes. Esas recuas de acémilas eloteras en nada tenían que envidiar a las famosas mulas del jueves del Corpus Cristi”.
La finca La Palanca a unas cuantas varas del añejo puente de piedra en la calle de Ocampo frente a la primigenia plazuela de La Paja, ese que llevó el nombre de uno de los arrieros poblanos Simón Cravioto, quien humilló y robó junto con sus hermanos Pancho y Rafai al naciente estado de Hidalgo durante 20 años, de 1877 a 1897. Ya en 1905, para borrar en algo ese personaje y por acuerdo de la asamblea municipal, se le asignó el título de Puente de la Cruz Verde. Ella conoció La Palanca con su “descascarada y vieja portada que mira a la histórica plaza jardín de Las Diligencias, de donde de frente se “divisa a la hermosa fachada de ladrillo colorado con detalles afrancesados”, así lo dijo la vieja mujer que fuera originalmente “guarida y casa del gachupin descendiente de conquistadores, Pancho de Paula Villaldea, siglo XVIII”, donde levantó luego finca el marqués de Casa Alta por los primeros años del siglo XIX.
Sí, la vio con su entonces fachada mal pintada y descarapelada, en inicios del siglo XX, con revocados que trataban de imitar a la cantería, escurrida y manchada por las aguas llovedizas y el quemante Sol de abril a julio, derruida sin orden ni concierto, coronada con una delicada cornisa de cantera que corría hasta la finca igualmente histórica de la añeja botica El Refugio, asiento del primer gobernador del estado en 1869: Juan Crisóstomo Doria, que fue provisional y efímero, pues únicamente estuvo en funciones de enero a mayo, escasos cuatro meses, sin pena ni gloria.
En la planta superior presumía ventanas de una y media varas de ancho por casi cuatro varas de altura con dinteles pequeños y señoriales arcos rebajados de tabique rojo de delicadas jambas fabricadas de aplanados rústicos con ventanería de dos hojas en vidrio y maderas artesanalmente labradas, alardeando barandales de hierro forjado de vara y media de alto de fierros redondos y soleras, rematado con artísticos trabajos en estaño que lucen y protegen los pequeños balcones de piedra tallada, los elevados y gruesos muros de adobes de piedras y tabique con techos de bóvedas guastavinas o catalanas con gordas vigas de cedro o pino, de duelas machimbradas en entrepiso y en la cubierta superior con varias capas de delgados ladrillos colorados, el piso interior de la panadería, el amasijo, así como el piso del horno era de solera de barro recocido de 25 por 25 centímetros.
La viejilla se solazaba excitándose hasta casi babear gritando “la antigüilla panadería, dulcería, tienda de obsequios La Palanca, famosa hasta en la Ciudad de México por sus suculentos y aromáticos cocoles chicos, grandes y medianos, con anís, de piloncillo y sin piloncillo, untados, enharinados, de ajonjolí o polveados, por sus apetitosas golosinas y las deleitosas palanquetas de nuez y piloncillo, según contó don Manuel Payno en 1886. Presumía en la portada un parasol de gruesa manta sostenida por fierros para la protección del ocaso a sus deliciosos, sabrosos, aromáticos, olorosos y gustados productos. De todo tenía y anunciaba con hermosos letreros en la pared y en las ondulaciones del parasol “panadería”, “pastelería”, “dulcería”, “bizcochería”, “cajas de obsequio” y “cajetas de Celaya”. A través de los vidrios de las puertas-ventanas de acceso se miraron, olfatearon y degustaron con los ojos, nariz y boca, la más amplia variedad invitando a degustarlos como en las añejas panaderías de la Ciudad de México, recordó la frase “¿vas a Pachuca?, traes palanquetas de nuez y cocoles de La Palanca” frente a la estación de Diligencias.

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