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Mario Cruz Cruz

Profesor investigador de la UAEH

Iván Camilo Rodríguez Torres

Doctorante UNAM

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia, el pasado 27 de mayo se pudieron observar principalmente dos cosas: el poder político electoral que aún conserva el uribismo (Álvaro Uribe) en Colombia, pero también la capacidad de decisión y amplia participación de sectores progresistas de la población que promueven con mayor posibilidad un cambio político.
Con poco más del 53 por ciento del electorado colombiano se obtuvieron los siguientes resultados: Iván Duque, del Partido Uribista Centro Democrático, fue el vencedor de la jornada con 39.14 por ciento de votos a favor, seguido por Gustavo Petro, candidato progresista de izquierda, con 25.08 por ciento y en un muy cercano tercer lugar Sergio Fajardo, candidato de la coalición Colombia (centro) con un 23.7 por ciento. Los candidatos German Vargas Lleras, apoyados por el mismo grupo político que el actual presidente colombiano y Humberto de la Calle, del Partido Liberal, no superaron el 8 por ciento ni el tres, respectivamente, en sus resultados (según datos de la registraduría y El Espectador). Con esos resultados, Colombia irá a una segunda vuelta de elecciones presidenciales entre los candidatos Iván Duque y Gustavo Petro.
El proyecto político de Iván Duque (de marcada orientación derechista), seguidor del expresidente Uribe, plantea una política basada en la participación mínima del Estado en los asuntos sociales, una fuerte vocación gubernamental hacia la seguridad y la defensa militar, el rechazo a los acuerdos de paz con las guerrillas y un impulso a la economía minero energética dependiente del petróleo. Por otro lado, la propuesta gubernamental de Gustavo Petro, se apoya en cuatro grandes ejes: responsabilidad social amplia del Estado, redistribución de la tierra con miras al empoderamiento de las comunidades agrícolas locales, el cuidado del medio ambiente, los recursos naturales y un apoyo total a los procesos de paz con los actores armados. Son esos dos los proyectos políticos y las visiones de país que se enfrentarán en las próximas elecciones en la tierra del café y la arepa.

Campañas de miedo: la estrategia pereferida por las élites

Los resultados de las elecciones presidenciales en Colombia son explicables justamente por los dos tipos de proyectos políticos que se están enfrentando y las estrategias empleadas para ganarse al electorado. Gran parte de la campaña de Iván Duque se enfocó en aspectos mediáticos y de manipulación de información: el llamado a la defensa de la familia y de los valores tradicionales, la alianza con grupos religiosos conservadores, una crítica continua y oportunista al gobierno en turno a quien acusan de ser ineficiente y poco efectivo militarmente, y por último, una campaña de miedo respecto a la situación del país vecino (Venezuela), señalando a Gustavo Petro como el presidente que llevaría a Colombia a ser una nueva Venezuela.
La estrategia de campaña del miedo en Colombia también se está practicando en México desde el proceso electoral pasado. De hecho, el resultado de las elecciones presidenciales en Venezuela que ratificaron a Nicolás Maduro en el poder, pocos días antes de la elección en Colombia, claramente afectó los resultados de la misma, en especial en la frontera con Venezuela y en el centro de ese país sudamericano.
México se enfrenta próximamente a un escenario similar, la cercanía de las elecciones presidenciales del primero de julio plantean un panorama en el que al menos tres de los cuatro candidatos representan una continuidad en el modelo político y económico del país desde el siglo XX, mientras que Andrés Manuel López Obrador se presenta como la vía para una transformación política e ideológica del Estado mexicano. Como en las elecciones del sexenio anterior y al igual que en el caso colombiano, el uso mediático del fantasma de la crisis de Venezuela se está usando por los grupos políticos que buscan ganarle a AMLO la carrera a la presidencia.
En ambos países no podemos hacerle más el juego a esa forma de hacer política. De hecho, mejor deberíamos preguntarnos sobre el posible escenario de las relaciones bilaterales México-Colombia marcadas por dos gobiernos que hacen un giro hacia la izquierda, justamente en dos de las pocas naciones latinoamericanas que no han tenido gobiernos de izquierda en su historia. En ambos casos, tenemos variables del contexto global (Estados Unidos, por ejemplo) que claramente juegan un papel influyente en los acontecimientos electorales. Colombia acaba de entrar a formar parte de la OCDE y de la OTAN, lo que claramente marcará el rumbo de las políticas económicas de ese país en los próximos años. En el caso mexicano, las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos y con el gobierno de Trump están en un punto crítico y frágil.
En un panorama en el que la mayoría de países latinoamericanos, en esta segunda década del siglo, han regresado a gobiernos de corte neoliberal o de derecha, como el caso de Brasil, Chile o Argentina. ¿Qué harán México y Colombia?, ¿estarán a la altura del momento histórico y político de nuestro continente? Más concreto aún, ¿estaremos los ciudadanos colombianos y mexicanos dispuestos a votar a favor de un cambio político para nuestras sociedades?
Esa transformación es profunda y claramente no será inmediata ni total, pero tal vez sea momento de elegir algo diferente. Si lo hacemos, si votamos por un cambio, sin duda estaremos en la ruta de construir naciones más justas, equitativas y, sobre todo, pacíficas. Ese no es un camino corto, pero como todo viaje, se inicia con el primer paso ¡Es momento de echar andar el huarache y la alpargata!

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