Todavía recuerdas la mañana en que la miss Paty hizo la actividad de colorear las emociones.
—La alegría será de color naranja, la tristeza gris. El verde será el color de la sorpresa, la ira amarilla, el miedo negro, el asco marrón. El rojo es el color del amor y la vergüenza rosa.
Miss Paty y su batita a cuadros blancos y rojos, sonrisa amplia, el cabello sujeto en un chongo, animalitos decorando su camisa. Miss Paty y su necesidad de parecer amable o retrasada mental, pensaste muchos años después cuando ese momento regresó a tu mente.
—La ira es roja miss Paty —le dijiste.
—No, el amor es rojo.
—La ira, porque cuando matas a alguien sale mucha sangre.
—La ira no es asesinato.
Miss Paty no sabía nada. Hoy refuerzas que la ira es roja cada vez que contemplas a tu esposa cuando sorbe el café ruidosamente o deja su bolsa de mano sobre la mesa en donde comes; al encontrar bajo la cama las decenas de zapatos, las manchas de maquillaje en tu camisa blanca. La ira es roja cuando sus padres opinan de tu carrera o sus amigas hablan del exnovio, cuando ella baila vulgar en el centro de la pista del salón cubano o cree que sus chistes ofensivos son graciosos. Te invade el color rojo cuando intentas responder por qué te casaste con ella. Pensando en eso también sientes asco, color marrón, cuando ella cree que es sensual comer sushi con palillos que no sabe usar o descubres sus axilas velludas a la espera de la depilación.
Te justificas diciendo que todo eso fue por amor, pero el amor no es rojo, el amor es blanco, enceguecedor, absoluto. No, lo verdaderamente enceguecedor es la calentura, el amor es distinto, te han dicho tus amigos en las innumerables noches de discusión.
—Tú te apendejaste porque estaba bien buena.
—Cuando te diste cuenta ya estabas
casado.
—Te lo dije, espérate, pero ya no te
aguantabas.
—Eso no es amor, ni te hagas nudos la
cabeza.
*
Estrictamente nunca te habías enamorado. Algo muy similar sentías cuando tu madre te arrullaba o tu perro te saludaba por la tarde. ¿O eso era una alegría color naranja?
Los primeros meses la necesitaste, llegabas corriendo del trabajo para alcanzarla despierta, buscabas su boca y el contacto de su mano a la hora de la comida.
El amor es blanco.
Enceguecedor.
La ira es roja. Logras conciliar el sueño con los programas de investigaciones criminales mientras ella resopla como lirón al lado de ti.
La idea surgió natural, sin mucho trámite, fue una revelación. Puedes reconstruir el momento: la pantalla del televisor se puso verde, el color de la sorpresa, y supiste lo que debías hacer: matarla. Los mejores asesinos temperamentales necesitan una coartada.
Al momento de matar, cuando su vida se apague en tus manos, debes permanecer ecuánime. Una muerte simple, sin emotividad, nada de apuñalarla cincuenta veces, ni de disparar diez tiros, ahorcarla con sus medias, ahogarla en la tina o marcar su cuerpo. Una muerte indiferente.
Necesitas un móvil. ¿Por qué alguien querría entrar a tu casa de interés social? La mitad de los electrodomésticos los estás pagando a plazos, la pantalla ni siquiera es plana, tu coche es compacto. ¿Por qué tu casa y no alguna otra idéntica del barrio?
Hiciste el plan a medio año. Comenzaste con tus hijos, meses sin intereses para pagar la tableta, los tenis caros, el video juego. A ella la instaste para que comprara ropa. Elegiste muebles en tu hora de la comida, los económicos, los de descuento, con la única consigna de que el camión se estacionara afuera de tu casa cada fin de semana. Lo primero que compraste fue un tapete, un amplio porcentaje de los asesinos lo usan para ocultar el cuerpo, aunque esa tarea requiere de una camioneta para transportar el cadáver sin levantar sospechas. Un vehículo con los asientos abatibles para lavar perfectamente el interior y desaparecer los rastros de sangre. Pero no la quieres desaparecer, aunque… sin cuerpo no hay homicidio.
Sabes que el primer sospechoso siempre es el marido, por eso no solo contrataste el seguro de vida, sino también el escolar y el de la casa.
—Diles algo, que no se lleven la tableta con los chamacos esos.—su voz, impositiva, te perforaba la cabeza.
—Déjalos, son niños, que disfruten.
—Pero costó carísima, la van a descomponer de pura envidia.
—Les compramos otra.
—¡Como si nos sobrara el dinero!
—Tranquila, mi amor, debemos vivir y ser felices.
—Como siempre, yo soy la mala.
No caías en sus confrontaciones, le dabas un beso en la frente, intentabas que el color marrón del asco no se apoderara de ti.
—¿Vamos de compras? —suavizabas las discusiones.
—Nos estamos pasando, debemos mucho en las tarjetas.
—Se van pagando.
Al final accedía, le gustaba presumir zapatos y bolsas con sus amigas. La alegría naranja coloreaba su rostro.

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