Algo parecido ocurrió en otros clubes, donde uno ya no puede distinguir el escudo del equipo al cual presuntamente pertenece entre tantas marcas patrocinadoras que lo componen. La Fiera del León hizo lo propio, no solo fusilando el diseño que Pachuca lanzó en apoyo al Chapecoense, sino luciendo una cantidad descarada de logotipos ajenos al club. Los Tuzos tampoco se quedan muy atrás, pues hace ya varios años que la gente se queja del patrocinador principal que abarca más de la mitad del jersey año con año.

Son pocos los equipos que conservan la esencia de sus colores sin alteraciones por convenios económicos. Chivas, el actual campeón del futbol mexicano, presentó una camiseta poco mutada con respecto a la anterior, pero que cuenta con el torso libre de íconos intrusos. Por su parte, el subcampeón Tigres se ha asegurado de anteponer su identidad a cualquier interés de patrocinio, grabando su nombre en el centro de la piel felina además del escudo representativo. Y no hace falta decir lo que hace Pumas para crear sentido de pertenencia entre sus hinchas.

El escritor Juan Villoro decía que el “amor a la camiseta” provenía de algo literal, pues en el mero comienzo los clubes representaban a sus lugares de origen con determinados colores que los distinguían entre sí, y los futbolistas eran oriundos de la zona que les tocaba defender, es decir, la conexión club-jugador era inmediata. ¿Cómo identificarte con los colores si ni siquiera puedes verlos?

Con las nuevas equipaciones de cara al inicio del año futbolístico, nos hemos topado nuevamente con la poco alentadora sorpresa de encontrarnos con catálogos de bienes de consumo impresos en tela. Y no es que el financiamiento de los clubes sea el problema, sino el respeto –o falta de– hacia la esencia primaria del deporte mismo.

 

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