“Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces… Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.

” Pedro Páramo, Juan Rulfo Comala, un pueblo extinguido pero vivo, un lugar sin espacio, sin tiempo, un laberinto que nos enfrenta a la inquietud, a la duda, al dolor, a las plegarias que se desvanecen, que se convierten en símbolos de desolación, de extravío; en medio de ese apocalipsis, pueden retornar a la esperanza porque hay amor. Es un pueblo que huele a miel derramada, Comala es un canto a la esperanza, es agua de mar, un sueño que es esperanza.

Esa esperanza es el puente que une al Comala de Rulfo con el México de nuestros días. Este país agobiado, turbulento, camino a la crisis, tiene esperanza. En medio del grave momento económico y sanitario que atraviesa, cuando la cotización del petróleo se encuentra en los niveles más bajos de los últimos 21 años (desde el 11 de marzo de 1999), más barato que el agua embotellada; sin recursos económicos y camino a una severa recesión, que amenaza con provocar la caída del PIB en menos 7 por ciento, México tiene voces diversas, plurales, críticas, reflexivas, propositivas, que desde los medios expresan opiniones múltiples que buscan analizar, cuestionar y plantear rutas diversas.

Son voces que no son indiferentes a la mentira, a la insensibilidad, que exigen y luchan por sus derechos, no son voces indiferentes porque buscan que cumplan con demandas políticas básicas como enfrentar y denunciar los riesgos del populismo autoritario. Ese esfuerzo, que busca desnudar el discurso patriótico del caudillo providencial.

Para Nadia Urbinati, profesora de la Universidad de Columbia, el populismo –que ella conecta con el término cesarismo– “no tiene como único objetivo desplazar al ciudadano por la masa en tanto sujeto jurídico, sino, sustituir la democracia de los partidos políticos y las asociaciones civiles por una “democracia del pueblo”. El voluntarismo populista superpone a las mayorías electas la mayoría del “pueblo verdadero”. Un pueblo que es, desde luego, una ficción, pero una ficción políticamente muy funcional, que permite colocar la autoridad del líder más allá de su propio partido o movimiento”. En medio de ese pandemónium ¿hay esperanza? Hay, por supuesto, agobio, desilusión, inquietud, reclamo, desánimo. Sin horizonte de largo plazo, solo alcanza a mirarse la resignación, el temor, la preocupación, la indignación. ¿Dónde, pues, está la esperanza? No hay vacuna que proteja contra el populismo, contra el liberalismo.

Frente a ese discurso tenemos un ciudadano y una ciudadanía, ciertamente debilitada, a veces desacreditada, pero siempre en la búsqueda incesante de la libertad, ese principio básico de la democracia que se opone férreamente al populismo. Se puede afirmar, que la lección que debe inferirse es la siguiente: si existen canales institucionales, los grupos de oposición deben utilizarlos.

La demagogia, el servilismo, el silencio, la indiferencia, la complacencia, la incondicionalidad son el espíritu y las acciones, el motor y la fórmula para cancelar la esperanza, es el camino a la regresión autoritaria. Para el liberalismo hay una dimensión de poder que debe estar despersonalizada: debe residir en instituciones. Las instituciones son el camino y mejor antídoto frente a la narrativa populista. Defender las instituciones es fortalecer la democracia, su vitalidad.

En ese escenario resulta indispensable la pluralidad, la diversidad de voces y análisis, la crítica propositiva, constructiva –la única crítica que puede ser crítica–. La alternativa que está frente a la sociedad y los partidos políticos, es aprender a colaborar al margen de la polarización subyacente superando tal polarización. Más allá de los adjetivos que ayudan a calificar, pero no explicar, los ciudadanos deben trascenderlos; esa polarización agobia, irrita, ofende, lastima, adjetivos como conservadores, chairos, etcétera, no ayudan, no sirven. Aportan las voces críticas, el discurso que piensa y se piensa. En este contexto, es bienvenida la posición de la doctora Claudia Sheinbaum, que de manera responsable tomó distancia frente a las decisiones federales, para implementar una política responsable frente a la emergencia sanitaria. También de la inteligencia y la dignidad vive la esperanza.

Comentarios