Desde febrero de 1999 con la presidencia de Hugo Chávez, en Venezuela, inició, a través de un gobierno electo democráticamente, el combate formal e institucional contra el neoliberalismo en América Latina; para muchos, esa fecha es la inauguración de la llamada “marea rosa”, que no es más que el conjunto de gobiernos, que en la últimas décadas, han girado a la izquierda para solucionar los problemas políticos, sociales y económicos que ahogan a la región, entre los que se encuentran el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, de Rafael Correa en Ecuador, de Evo Morales en Bolivia, de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, también de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, el gobierno de Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay, y otros más en Guatemala, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, incluyendo el gobierno de Nicolás Maduro; y para muchos analistas, la continuación desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México.

Todos ellos comparten una misma visión sobre las causas de los problemas que afectan a sus países y a la región. La primera característica que hermana a esos gobiernos es que surgen de movimientos que están tratando de construir un modelo alternativo al modelo económico neoliberal y luchan para que la democracia se convierta en una democracia para todos los ciudadanos. Para H Chávez, el neoliberalismo es el camino al infierno y para López Obrador este ha fracasado. Además, es necesario recordar que para nuestro presidente el neoliberalismo se distingue por la corrupción, que ha sido orquestada desde el seno del sistema mismo.

De igual forma, todos esos gobiernos se han caracterizado por privilegiar la redistribución de los excedentes de materias primas, por ofrecer apoyos directos a diferentes sectores vulnerables de la sociedad, como son jóvenes, adultos mayores, etcétera; también buscan la mejora del poder adquisitivo de los ciudadanos y la reducción de la pobreza.

Todos esos objetivos no se lograron o se lograrán, si se tiene claro que no se debe aumentar la deuda pública y la necesidad de disponer de recursos naturales, materias primas (petróleo, cobre, gas, etcétera), que articulen el desarrollo y los ingresos que se obtienen por la exportación de estos, como ocurría en las décadas de 1940 y 1950 en todo el continente, después de la segunda Guerra Mundial.

En ese escenario, el petróleo jugó y juega un papel fundamental para muchos de los gobiernos de la región que han logrado obtener recursos excedentes por las excepcionales condiciones del mercado internacional en las últimas décadas. El petróleo ha logrado, en el caso brasileño, argentino, boliviano, ecuatoriano y venezolano, que sus gobiernos puedan contar con recursos suficientes para redistribuirlos directamente a los sectores más vulnerables de la región, y es cosa de ver las cifras que evidencian la disminución de la pobreza en la última década. Todos esos gobiernos diseñaron exprofeso una nueva gestión de las empresas petroleras, una nueva gestión del petróleo.

En ese contexto, no resulta extraño y ajeno el esfuerzo que realiza el presidente contra el llamado huachicoleo –la necesaria y urgente disminución del robo de gasolina de los ductos que se extiende por grandes zonas del país–, además de mejorar y transparentar la operación de las refinerías existentes y la próxima por construir. Solo los ingresos de esa nueva gestión petrolera permitirán contar con los recursos necesarios para generar excedentes monetarios, necesarios para sustentar la redistribución de ellos en los sectores más vulnerables del país e invertir en los ámbitos estratégicos que sustenten el crecimiento económico y que generen los empleos demandados por la ciudadanía.

El combate al neoliberalismo no se ha construido solo sustentado en discursos y anhelos éticos, sino en el juego real del poder y de buscar controlar los factores de producción y los sectores generadores de riqueza, que permitan el acceso al bienestar a todos los mexicanos a través de la acción del Estado, para así controlar los principales factores de desarrollo que necesitamos todos, y que no queden a las subjetividades y ambigüedades del mercado. Es buscar la única justicia social objetiva.

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