Teresita de Jesús Saucedo Molina

Siguiendo con el análisis de estudios sobre la “cultura de la delgadez”, a semejanza de lo reportado en la literatura, nuestras investigaciones han identificado que sujetos con índice de masa corporal (IMC) alto (sobrepeso y obesidad) manifiestan mayor seguimiento de CAR y mayor interés por la “cultura de la delgadez”, haciéndolos más vulnerables a desarrollar un TCA con las consecuentes alteraciones del estado mental y nutricional. Por otro lado, se ha confirmado que del 20 al 30 por ciento de las personas con obesidad la padecen como consecuencia del trastorno por atracón. Por ello, la obesidad en esos casos no es producto de alteraciones nutricionales, sino que debe situarse en el plano psicológico, en donde el sentimiento de falta de control, el seguimiento de dietas restringidas y la consecuente realización de atracones favorece en ellos el aumento de peso, perpetuando la obesidad.

El trastorno por atracón, es un TCA caracterizado por episodios recurrentes de atracones, es decir, por la ingestión de una cantidad de alimentos que es claramente muy superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un período de aproximadamente dos horas. Durante el atracón, el individuo manifiesta la sensación de no poder dejar de comer o de no poder controlar la cantidad de lo que se ingiere. Esos atracones se producen en promedio al menos una vez a la semana durante tres meses; el hecho de que sucedan con mayor frecuencia habla de una mayor severidad del problema. Un criterio muy importante para diagnosticarlo es que la persona que lo padece no presenta comportamientos inapropiados como vómito autoinducido, ayunos o ejercicio excesivo como ocurre en el caso de la bulimia nervosa.

Los TCA, inducen cambios funcionales y estructurales del cerebro, complicaciones cardiacas y electrolíticas (pérdida de minerales como sodio y potasio), alteraciones del crecimiento lineal y de los huesos, así como alteraciones hormonales y severos cambios gastrointestinales que repercuten en la absorción de nutrimentos, en la tasa metabólica, y por consecuencia en el estado nutricional del individuo, favoreciendo la aparición de deficiencias nutrimentales, aunadas a desnutrición, sobrepeso u obesidad.

Es bien sabido que en México, uno de los principales problemas de salud pública está representado por la epidemia del sobrepeso y la obesidad. En los datos arrojados por la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2012, se identificó que uno de cada cinco adolescentes tenía sobrepeso y uno de cada 10 presentaba obesidad, de tal manera que el aumento entre 2006 y 2012 fue de 5 por ciento para los sexos combinados, 7 por ciento en el sexo femenino y tres en el masculino. En la más reciente Ensanut denominada de medio camino y realizada en 2016, la prevalencia conjunta de sobrepeso (22.4 por ciento) y obesidad (13.9 por ciento) en adolescentes alcanzó un 36.3 por ciento. Está bien documentado que las personas con obesidad son más propensas a desarrollar enfermedades no transmisibles como hipertensión, diabetes, problemas cardiovasculares, además de enfrentar numerosos aspectos sociales, prejuicios y discriminación que pueden impactar su salud mental.

Actualmente los desórdenes relacionados con el control de peso se ven a partir de un espectro en el que por un lado se encuentra la obesidad y en el otro los TCA. Debido a esos aspectos paralelos se recomienda que la prevención de ambos problemas se lleve a cabo de manera conjunta, con el fin de intervenir de modo más eficiente y evitar promover uno de ellos al tratar de prevenir el otro. Es así como un programa de prevención primaria que alcance un gran número de adolescentes y tome en cuenta su contexto social, es garantía de éxito. Además, dicho programa debe proveer herramientas que permitan enganchar a los participantes con conductas alimentarias saludables, junto con actividad física saludable. La actividad física ha demostrado tener un efecto protector sobre el desarrollo de enfermedades no transmisibles y es un elemento básico en los programas de salud preventiva. Entre los individuos relativamente saludables, la actividad física se asocia con una función óptima; incluso, entre las personas con discapacidad los programas de ejercicios pueden mejorar la salud. Los resultados de las Ensanut 2006 y 2012 reportaron que los adolescentes mexicanos realizaban menos actividad física moderada y vigorosa que la deseable. En 2006 solo la tercera parte (35.2 por ciento) fue posible ubicarla como activa. En 2012, únicamente 33 por ciento refirió pasar dos horas diarias o menos frente a una pantalla, mientras que 39.3 dedicó más de dos y menos de cuatro horas diarias y 27.7 cuatro o más horas diarias en esa actividad sedentaria. Finalmente, en 2016, la Ensanut de medio camino reportó que solamente 60 por ciento de los adolescentes hacía actividad física moderada a vigorosa de manera cotidiana. Ante esas cifras, es claro apreciar que es necesario implementar programas que promuevan la realización de actividad física en la población en respuesta al llamado que ha hecho la Organización Mundial de la Salud (OMS) tanto a instituciones públicas como privadas de todos los países para considerar la estrategia mundial sobre el régimen alimentario y la actividad física que ella propone, para posibilitar que las personas lleven un estilo de vida más saludable incluyendo la realización de actividades físicas durante toda la vida.

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