Existen rumores de que si llamas a ese número telefónico, alguien se pondrá una capa y saldrá a su rescate. Que sin más que pasión encima, saldrán de un hospital a través de una ambulancia equipada y recorrerán las calles para envestir cualquier mal y salvar del sufrimiento.

Existe el mito de que una unidad de rescate canino llegará al lugar y auxiliará al perro en apuros; mientras tú podrás subirte al automóvil y seguir tus actividades, no sin antes sentirte satisfecho de haber ayudado.

Crecimos con la idea de que podemos levantar el teléfono, marcar un número telefónico y rescatistas pagados por el gobierno saldrán de sus puestos acompañados por policías para atender ese tipo de urgencias. Protegerán al inocente y encarcelarán al culpable de su sufrimiento; la vida del can cambiará con los meses y el maltratador cumplirá condena o servicio social.

Esa idea no nació por sí sola, sino que crecimos con ella. Todos, por lo menos una vez en la vida, terminamos viendo programas televisivos como “Rescate animal” o “Animales en riesgo” que se transmitían por Animal Planet.

Discovery Channel y toda su familia de canales televisivos fueron un parteaguas en la protección animal durante la década de 1990, de ahí la población tomó un nuevo papel en el rubro, pero también se quedó con una vaga idea de lo que es hacer protección animal fuera de países desarrollados.

Organizaciones como SPCA International trabajan alrededor del mundo, sobre todo –como dicen en su página oficial– en países donde la incidencia de maltrato animal es alta; sin embargo, y como en todo, hay letras chiquitas, pues ahí mismo declaran que se basan no solo en el apoyo de donativos provenientes de la sociedad, sino de los gobiernos.

Contar con el apoyo gubernamental no solo es una utopía en los países menos desarrollados como México, donde, además, gran parte de la comunidad política forma parte de grupos taurinos, sino que es un constante factor que propicia el maltrato animal y segrega al que lo atiende.

Es decir, que finalmente la población comienza a comprender que los gobiernos no atienden esos temas –aunque por ley están obligados–; a la vez, asimilan que llamar a los centros de control canino ya no es una manera ética de atender la problemática, mientras por de fault el protector animal se vuelve el primer contacto en los casos de maltrato animal.

Pero ¿qué herramientas tiene el protector animal para realizar esa labor? En realidad cuenta únicamente con voluntad, eso es lo único que lo diferencia del resto de la población. Al tener voluntad logra conseguir lo que hasta el momento no logró el gobierno municipal y estatal con un plan de control canino obsoleto basado en el sacrificio de animales:

comenzar a controlar la fauna callejera y disminuir poco a poco los casos de maltrato animal.

En otras palabras, el protector animal promedio que vive en México, desde ciudades como Cancún hasta algunos perdidos en la Sierra o Huasteca, cuentan con algo que se llama voluntad, factor propicio para realizar labores de manera gratuita que en realidad le compete a los municipios.

¿Cómo se conforma ese protector animal? Pues lejos de lo que nosotros como población llegamos a pensar, no se conforma por apoyos gubernamentales, ni mucho menos por un protocolo legal que le permita entrar a predios a rescatar a animales en situación de abandono o maltrato, tampoco cuenta con una ambulancia –y a veces ni siquiera con un vehículo propio–, solo tiene la voluntad de su lado, acción que nos hace pensar que podemos exigirles más a ellos que a las propias autoridades encargadas del tema.

¿Cómo nos afecta esa idea romántica que nos proveyó ver tantos casos resueltos por la SPCA? Pues eso, hemos idealizado el perfil del protector animal e intrínsecamente consideramos que el amor resolverá todo, pero dejamos de lado lo esencialmente importante: ¿cómo se sostiene la protección animal en un sistema neoliberal dentro de un país en desarrollo?, ¿cómo afecta el que el gobierno no fomente estrategias asertivas para incentivar el bienestar animal? Al final afecta de una manera pasiva apenas perceptible, pues socialmente esa actitud sobrecarga toda la responsabilidad que conlleva lograr el bienestar animal en un solo sector: el sector con voluntad.

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