Todavía hoy hay quienes recuerdan la música de apertura de DeporTV, una de las más reproducidas de los años de 1970, por el arreglo de Emerson, Lake and Palmer a partir de Fanfarria para el hombre común, versión original de Aaron Copland. La anécdota cuenta que Copland se inspiró en un discurso de Henry Wallace, vicepresidente de Estados Unidos, quien durante la segunda Guerra Mundial declaró la época el “siglo del hombre común”.

A partir de entonces, Copland se abocó a la escritura de una de las composiciones más representativas de que se tenga conocimiento en la historia de la música, pero tanto su nombre como su obra han sido sujeto a interpretaciones, desprecio, adaptaciones baratas con tal de captar parte de su esencia, pero el espíritu del compositor es un paradigma por sí mismo.

Copland fue de los primeros compositores en incursionar en la divulgación de la comprensión musical mediante la escritura, incluso tratando de explicar qué pretendía lograr con cada uno de sus trabajos, dirigiéndose a la gente común y corriente pero sin la imposición de una forma de entender la música, mediante la metodología escolar, académica, tradicional.

Todos los que conocieron al hombre, Paul Bowles entre ellos, hablaban de una capacidad sobrenatural para comprender el cuerpo de la historia de la música y de la misma forma, estar a la vez consciente de lo que representaba la evolución, los pormenores de la música contemporánea, entendiendo las actualidades y cambios surgidos con compositores oscuros desde el siglo XIX, hasta el momento de su muerte a mediados del siglo XX.

De manera bastante aleatoria, Copland es uno de los poquísimos autores con quienes se ha desarrollado, en forma involuntaria, esa noción extraña de que su música es “cinematográfica”, cuando en la práctica es gracias a su influencia que el cine desarrolló un estilo grandilocuente derivado de lo que podía lograr con la misma orquesta y los recursos que le prestaba una formación consolidada.

Pensar que su Fanfarria para el hombre común surgió del discurso ocasional de un político, quien por lo que dijo se antoja más como una audacia, las ganas de poner un nombre pomposo a una situación que bien podía ser producto de la necesidad de generar simpatía en condiciones de la crisis económica que representaba la segunda Guerra Mundial, habla precisamente de los recursos del autor musical para plantear una experiencia auditiva con aquello que elegía o le resultaba de interés, sin que por ello se viera demeritada la calidad musical de lo que creaba.

Precisamente la importancia de Cómo escuchar la música es una de las propuestas más avanzadas y relevantes a las que pueda acceder una persona, porque la postura del compositor es crear en la experiencia del escucha las referencias con las que una persona debería estar preparada para disfrutar de la música como el creador esperaba.

Hoy día no faltará quien diga que Copland está ampliamente rebasado y su propuesta, si tiene algún valor, está muy por debajo de lo que se esperaría en la actualidad, considerando que muchos otros autores han contribuido a la misma empresa, con más fortuna y recursos en la habilidad para escribir, de la que Copland mismo pudo haber gozado alguna vez.

Pero cuando se revisan los episodios “La estructura musical”, “La ópera y el drama musical”, “La música contemporánea”, así como “La música de películas”, por el solo nombre de cada apartado se puede apreciar la ambición y recursos de Copland. Cualquier persona que se precie de una cierta seriedad tiene perfectamente claro que un episodio de unas cuantas páginas, al menos las que él usó para abordar los temas, bajo ningún concepto son suficientes para desarrollar lo que representaría estudios de especialidad, tratados de altos vuelos de tan compleja elaboración, que materialmente significarían una porción de la vida siquiera abordarlas con propiedad.

No obstante, ahí en esas cuantas y humildes páginas hay una porción “precursora” de sabiduría que justo lo que hace es introducir al lego en un Universo que con toda sinceridad pregunta y le gustaría ver sus dudas resueltas. A ese hipotético lector y escucha, es a quien Copland siempre le habló.

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