“Así sucede con la fortuna, que se manifiesta con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle” N Maquiavelo, siglo XVI

El 24 de marzo, el presidente de Brasil Jair Bolsonaro, se manifestó sobre el coronavirus (Covid-19), minimizando una vez más sus efectos sobre la salud de las personas y de la histeria que ha causado la declaración de pandemia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), a pesar de que dos secretarios de estado de su gobierno ya han dado positivo, en por lo menos dos pruebas consecutivas que se les han aplicado después de su regreso de la visita oficial a los Estados Unidos (EU); es más, el propio Bolsonaro dio positivo a una de las pruebas y negativos en otras, sin que tengan certeza hasta el momento de su estado de salud real. Sin embargo, a pesar de las evidencias a su alrededor, el presidente brasileño insiste, al igual que otros presidentes y primeros ministros del mundo, en minimizar una de las crisis de salud más graves que ha enfrentado el planeta en su historia.

Esta pandemia sorprendió a muchos políticos del mundo, que desde un primer momento minimizaron los efectos del virus en sus propios países, desconociendo la voz de los especialistas y de los organismos multilaterales que han acumulado en el pasado reciente importantes conocimientos sobre la propagación de virus en un planeta tan interdependiente y globalizado como nunca en su historia. En efecto, la primera reacción fue elaborar y levantar un discurso apoyado de acciones que demostraran que las cosas no son como las pintan los medios de comunicación formales y las redes sociales, es imposible que sea más grave que algún virus que ha atacado regularmente o esporádicamente el sistema respiratorio en el pasado lejano o reciente. Todos ellos prefirieron, como exitosos políticos productos de la creciente desafección de las democracias del siglo XXI, apegarse a sus guiones ya probados en la lógica de explicar las profundas crisis que enfrenta una gran parte de la sociedad, que son los olvidados del enriquecimiento desmedido y las leyes del mercado y que proponen importantes procesos de transformación donde el estado redireccione su mirada y sus funciones a atender a aquellos grupos o sectores de la población que se han visto francamente desfavorecidos por el modelo y las mal estructuradas instituciones democráticas que surgieron en el siglo XX.

Pero como ya lo manifestó Maquiavelo en el siglo XVI, ese tipo de fenómenos inesperados, fortuitos, producto de la fortuna, desarrollan toda su fuerza destructora sobre aquellos que no cuentan con el conocimiento necesario para hacerle frente y diseñar e incluso planear soluciones u obstáculos al despliegue de esas fuerzas dañinas que transformarán todo desde los cimientos. En un escenario como ese la política y los políticos aparecen como irracionales, anclados en las emociones y los deseos, y no en el conocimiento y lo racional, en la virtud diría Maquiavelo.

En tan solo ocho días, la realidad, esas fuerzas de la fortuna, han demostrado para todos que es más fuerte que cualquier deseo o invención de una realidad alterna, tarde o temprano nos alcanzará a casi todos, sin importar condición social, económica o política, con los peligros que eso encierra. Hoy, mañana y los próximos meses, la política estará en manos de los que legítimamente producen conocimiento de nuestras acciones en el planeta y de los fenómenos de cambio del mismo, solo ellos están preparados para hacer y desarrollar una política racional y sustentada en el conocimiento que busca el beneficio de todos los ciudadanos del mundo entero.

El tiempo dirá como esta transformación, producto de uno de los virus más contagiosos que tengan registro, hacen de la política un arte sustentada en el conocimiento, la información y los datos, en otras palabras, cimentada en el conocimiento del comportamiento humano y que esta se haga parte de nuestra vida cotidiana para mejorar el bienestar y las condiciones de vida de todos nosotros en el planeta.

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