El paisaje es ártico, desolador, tan blanco que lastima. Azucena apenas y recibe respuesta de sus articulaciones congeladas; de inmediato el rastro de sus pasos es borrado por la nieve. Exhausta, se desploma. No sabe cuánto tiempo transcurre pero, al levantar la vista, se encuentra con una mujer de facciones semejantes a las suyas.
Azucena cierra los ojos. O eso intenta, no tiene párpados.
*

“… la pérdida de sustancia blanca que recubre los nervios…”
*
Azucena se incorpora, bebe del vaso que se encuentra sobre la mesa de noche. Quiere disipar los fantasmas pero, en sus pupilas habita la pesadilla. Tose con escándalo al dar el primer sorbo. El ruido despierta a Marcelo quien, con voz adormilada, pregunta:
—¿Qué hora es?
Azucena mira hacia su muñeca, la vista nublada confunde las manecillas del reloj.
—No sé, temprano.
—¿Todo bien?
—Me duele la cabeza.
—¿El mismo sueño? —Pregunta Marcelo, encende la luz. Busca en los ojos de su esposa un atisbo de respuesta.
—Esa mujer… siento que tiene mi cuerpo.
—Es el resfriado, ven —le extiende los brazos—. Descansa, necesitas recuperarte.
Azucena se recuesta sobre en el pecho de su esposo.
—Mañana me encargo de la niña —agrega Marcelo y apaga la luz.
Ella mira al techo que aparece tan borroso como las manecillas del reloj.
*
“… una infección viral o respiratoria precede el inicio…”
*
Desplomada sobre la nieve, recibe los golpes que la mujer impacta contra su rostro; escucha el sonido hueco, como proveniente de otro lugar. En su boca nadan las piezas dentales cubiertas del inconfundible sabor óxido de la sangre. Ella sabe que debe sentir dolor. La mujer idéntica tiene en el rostro una mueca semejante a una carcajada siniestra.
Azucena grita.
O eso intenta.
No tiene voz.
*
Marcelo entra en la habitación, besa la frente de su esposa.
—¿Y la niña? —Pregunta Azucena, intenta incorporarse.
—La dejé en casa de mi madre, estaba alterada. En el colegio vio sapos.
—¿Sapos?
—Parece que fue una práctica de biología, le sorprendió ver el cuerpo abierto de los animales con alfileres clavados en el corazón.
—¿Qué le dijiste?
—Que los sapos no sienten, pero ella insistió en lo contrario.
*
“… Polineuritis desmielinizante aguda …”
*
La mujer tirada en la nieve tiene el rostro amoratado. Azucena intenta parar pero la patea contra su voluntad. Quiere dejar de golpearla. Contempla ese rostro similar al suyo: la boca entreabierta que busca bocanadas de aire e intenta gritar, los ojos desorbitados. Quiere ayudarla pero, por el contrario, atesta un golpe final en medio de los ojos.
*
“… daña porciones de las células nerviosas…”
*
Marcelo entra en la sala de rehabilitación donde los terapeutas supervisan a los pacientes. Al fondo, Azucena se contempla en un espejo fijado a la pared, detrás de ella la terapeuta sostiene una botella de agua.
En el extremo izquierdo del salón, cerca del ventanal que da al patio, donde enfermeras empujan las sillas de ruedas de pacientes con aspecto de autómata, el médico relee las notas que ha escrito:
“… desmielinizante aguda… es la vaina de sustancia que recubre los nervios… parálisis ascendente… detiene la función del nervio… causa desconocida… fase estable en donde no se presentan cambios…”
El médico levanta la vista de sus notas y saluda a Marcelo.
—Por la mañana me dijo que era como un sapo en manos de niños, ¿cree que esté lista para volver a casa? —Inquiere Marcelo a modo de saludo.
—En algunos pacientes el medicamento causa alucinaciones. Son efectos secundarios poco comunes, pero no se preocupe con la rehabilitación y el tratamiento…
—¿Volverá a sentir? Interrumpe Marcelo.
El médico cierra el libro y con la mano extendida invita al hombre a sentarse, suspira profundo y se prepara a dar la explicación que ha repetido decenas de veces. Marcelo observa a su esposa desde la distancia, “tanto amor no basta”, piensa. Acaricia su propia barba encanecida durante este par de meses.
Azucena se contempla en el espejo, su cuerpo responde si se encuentra vigilado por su propia mirada. Ella es un cúmulo de fragmentos que requieren instrucciones claras para efectuar movimientos básicos.
—Dile a tus dedos que se muevan-Indica la terapeuta.
Los dedos se contraen hasta sostener la taza.
Mueve el brazo, parece decirse Azucena, hasta que la taza queda elevada a la altura de la boca.
—Ahora inclina la mano hasta que puedas sentir el líquido.
Abre los labios, parece decirse y contempla cómo se entornan. La boca requiere absoluto cuidado; abrir los labios, cerrarlos y tragar el líquido. Por custodiar la boca, libera su mano de la vigilancia; los dedos se suavizan y cae la taza de plástico dejando el rastro líquido sobre sus piernas. La terapeuta levanta la taza y la rellena nuevamente. Ahí sentada, Azucena quisiera llorar, pero necesitaría mirar fijamente sus propios ojos hasta que éstos logren obedecer. Muñeca de cera, inexpresiva. La mirada acecha.
*
Marcelo empuja la silla de ruedas donde su esposa va sentada. Con ayuda de un enfermero la introduce en el automóvil, sube al asiento del piloto y al encender el motor, casi por inercia, presiona el botón para descapotar su viejo Mustang. Pisa el acelerador. El día es fresco, verano, el viento apenas se percibe. La aguja marca los 80, 110. En un viraje inesperado, se enfila hacia la autopista. Sin perder la atención de la carretera, mira de reojo a su esposa. 120, 150. El viento se estrella en su rostro. Intenta aplacarle el pelo que se revuelve con libertad. 170, 180. Mientras sujeta entre sus dedos el cabello de Azucena, con mayor fuerza hunde el acelerador. Tira del mechón hasta dejar la cabeza inclinada hacia atrás. La aguja marca los 200. Marcelo entorna los ojos, pues el golpe del viento semeja ráfagas de alfileres. Decide soltar el volante y abofetear el rostro inexpresivo. Hasta ese momento cree ver en su mujer una sonrisa,
la primera en meses.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.