Una nueva tendencia puede observarse entre los mejores actores del mundo, esos quienes se volvieron famosos a finales del siglo XX, mismos que en la década de 1980 se consagraron como estrellas de la actuación en Hollywood, ahora replantean sus vidas y hablan del oficio del teatro, de su vejez y del sentido del arte. Me refiero a Sir Ian Mckellen, Sir Anthony Hopkins y Al Pacino. Esos hombres conscientes de su muerte, ahora han decidido regresar al origen, al teatro.

Ian Mckellen es uno de los actores más importantes del teatro británico y famoso en el cine hollywoodense, fue ganador de distintos premios y reconocido por su brillante actuación en Richard III, una adaptación fílmica realizada por él mismo de la obra de Shakespeare.

Anthony Hopkins, también británico, célebre por su actuación como Hannibal Lecter en el film El silencio de los inocentes y quien finalmente fue formado en los escenarios del teatro.

Al Pacino, actor de teatro y cine, es uno de los herederos de la escuela del Actors Studio de Lee Strasberg, impulsado por la producción cinematográfica El padrino.

Esos actores, que a lo largo de su carrera tocaron la fama y la fortuna por maravillosos trabajos, también se vieron envueltos en una caída del cine comercial en la que los tres estuvieron a punto de desaparecer, ahora renacen con la gran coincidencia de hacer homenajes cinematográficos a la obra de W Shakespeare, El rey lear. La obra original trata de un rey anciano quien decide ceder su reino a sus tres hijas. Para hacerlo, somete a sus herederas a una prueba de amor; sin embargo, la respuesta de Cordelia, la hija más honesta, no satisface las expectativas de su padre, por lo tanto, es desdeñada por el rey. Con el paso del tiempo, el rey Lear es castigado por el destino, al ser víctima de la traición ambiciosa de dos de sus hijas mayores, para encontrarse con el verdadero amor y compasión ante la muerte de su hija Cordelia.

Esa anécdota resulta ser un pretexto y metáfora perfecta para esos actores, que en su vejez y próxima muerte se reconocen como ese rey cegado por el amor comprado, que al ser traicionado por su propia fama, le toca cargar en sus brazos el cuerpo de Cordelia: el oficio del teatro.

The dresser, de 2015, es una película dirigida por Richard Eyre, con las actuaciones de Ian Mckellen y Anthony Hopkins, narra la historia de la relación de un consagrado actor con su compañía de teatro en intimidad con su vestuarista, Ian Mckellen. En esa historia, Antoni Hopkins se ve atormentado por la gran decisión que significó ser artista. Los personajes de Shakespeare habitan su cabeza impidiéndole tener una vejez común. Su vida en el arte se vuelve un sacrificio sin recompensa, solo y traicionado por su compañía teatral, se pregunta en sus últimos momentos de su existencia, ¿qué sentido tuvo? Como respuesta solo encuentra la nada.

The humbling, de 2014, dirigida por Barry Levinson, y con la actuación de Al Pacino, usa como tesis de la película una cita de Oscar Levant: “hay una fina línea entre la genialidad y la locura. He borrado esta línea”. Pacino interpreta a un actor famoso frustrado por haber perdido su don, la honestidad en escena, la pasión, el deseo y el oficio; por lo tanto, decide envolverse en una aventura amorosa con una mujer mucho más joven que él para entregarlo todo. Sin embargo, no logra distinguir la verdad de la ilusión, por lo tanto, lo único que le queda es entender que la vida es un gran teatro, por lo tanto, debe transgredir los límites de la realidad y así reencontrar su don.

Esas dos películas son una reivindicación de esos tres actores, quienes reafirman su oficio y hacen honor a su vida artística, ya que por medio de ellas regresan al origen, el teatro, y el sentido de su existencia.

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