Ocomo la nombraron en español Sueños, misterios y secretos, del director David Lynch de 2001.

Para disfrutar de Mulholland drive, primero hay que entender que no es una historia narrada lógicamente como normalmente sucede en el cine comercial.

El mundo del arte está compuesto por un universo de signos conscientes que operan en la mente del espectador. El que es hábil se dará a la tarea de identificar cada uno de esos signos para tal vez tratar de dar una explicación de la historia que observa. Pero más allá de la anécdota, la importancia de las películas de Lynch es la confusión que despierta. Y en medio de esa confusión, al tratar de interpretar los signos que componen la obra de arte, podemos abrir un canal analítico de nuestra conciencia y de la identidad; tal vez esa sea la invitación de ese polémico director, y digo tal vez, porque a él no le interesa explicar su arte. Todo es libre de especulación y de interpretación venida de la intimidad de cada espectador.

Pero uno de los elementos más importantes para empezar a interpretar esa película es el concepto de “puesta en abismo”, que se refiere a una forma de contar una narración que está dentro de otra. Para entender eso más fácilmente podemos ejemplificarlo con las matrioshkas o muñecas rusas, la muñeca mediana contiene a la pequeña y la muñeca grande contiene a todas. Esa es la clave para tratar de encontrar una explicación lógica a la anécdota que narra esa película.

La “puesta en abismo” sucede en el restaurante Winkie´s. En él, un hombre cita a su amigo para contarle un sueño. La pesadilla, mejor dicho, que está narrando es premonitoria y sucede en tiempo presente. La sensación del miedo crece, puesto que el personaje narrador siente pavor de llegar al final y, sin embargo, le pide a su amigo que lo acompañe al estacionamiento para saber en qué acabará su realidad a pesar de saber el final de su sueño.

Esa historia termina cuando el narrador se encuentra así mismo y degradado. Ese final es el inicio de la historia mayor, que es un ideal, la fantasía y el sueño de Betty que llega a Hollywood con el objetivo de ser actriz de cine; gracias a la narración cinematográfica el tiempo cambia y la cámara cae sobre una almohada roja. Esa toma es el principio y final de la historia. Lo demás no sabemos si ocurre en la mente de los personajes o en la vida de los mismos, eso lo decidirá usted. Pero lo que sí sabemos con certeza es el constante juego de identidades y fantasías a los que invita David Lynch. La combinación erótica entre rubia y morena, el juego y los cambios de nombres, las múltiples historias que refieren a los personajes, la denuncia a la mafia de la industria hollywoodense y la metáfora del “teatro del silencio” anuncia que todo es una ilusión: la materia, la música, las personas y el amor. La lógica en la historia y en la trama no tiene sentido, no por un error del director, pareciera que es un objetivo para que el espectador, como en un sueño, viva la emoción de la confusión. De esa forma, Lynch explica la vida por medio de la confusión.

Mulholland drive

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