Andándome paseando por el estado de San Luis Potosí, al arribar a la capital me recibieron unas bardas pintadas y firmadas por Antorcha Campesina con leyendas que cuestionan al gobernador hidalguense.

Con mi natural ingenuidad, y por inercia, pregunté en voz alta: ¿Y por qué no ha venido algún burócrata estatal a borrar estas “ofensas” al cuarto gobernador mejor evaluado?
Olvidé que no estaba en Hidalgo. Tampoco sabía que por esos rumbos Antorcha gobierna municipios conurbados y hacen su chamba denunciando las acciones verdaderas de Omar Fayad.

La curiosidad me llevó al municipio de Mezquitix y ahí encontré respuestas a muchas dudas.

Supe que los votantes fueron capaces de dejar atrás a un tal Ramón Ramírez, quien buscaba ser alcalde por segunda ocasión para intentar empatar a su papá que ya lo fue dos veces. Supe que en la casa de Ramón guarda mucha tubería de acero para los pozos profundos y que se le quedaron de “recuerdo” por su paso por la alcaldía. Y que eso lo llevó a la derrota.

Supe que aquí se castiga en las urnas al político/candidato ladrón y que, nosotros en Hidalgo, seguimos lamiendo manos manchadas con dinero ajeno.

También fui testigo de cómo una buena parte de los potosinos capitalinos encaran a los agentes de vialidad que extorsionan o intentan hacerlo con los agricultores del entorno. Defiende la sociedad al campesino cuyo vehículo es viejo y enlodado, contrariamente a lo que sucede en Huejutla, Hidalgo; ahí los indígenas son relegados al último rincón del área de tianguis, se olvidan que ellos, los indígenas, llegaron antes que los apellidos que desgobiernan actualmente.

Recorrí medio estado y sus carreteras son dignas. No vi un solo accidente, tampoco vi a agentes federales.

Tienen carreteras para todos lados, pues la ubicación geográfica estratégica de San Luis Potosí ha sido objetivamente aprovechada. En Hidalgo no hemos pasado del discurso engaña bobos, pues nuestra cercanía con el mercado más grande del mundo solo ha servido para transformar a nuestra simpática capital estatal en un gran dormitorio en el que también vienen a dormir plácidamente, aquellos que en otras entidades pueden ser arrestados por sus actividades ilícitas.

No vi ninguna carretera bloqueada por conflictos entre sociedad y gobierno. Sí escuché reclamos por necesidades en los equipos de bombeo para el riego de parcelas. También fui testigo de cómo las familias rurales diversifican su productividad, trabajan sus tierras, venden sus productos sin tanto coyotaje, elaboran productos de derivados de las fibras plásticas, se van a trabajar a los Estados Unidos y capitalizan dólares, siembran y comercializan chiles y ajo, que son casi tan rentables como los enervantes.

Y para hacer todo eso, primero sus ancestros forjaron y desarrollaron una mentalidad tan diferente a la de los campesinos de la Huasteca hidalguense. Me supongo que los gobiernos potosinos, en los diferentes niveles y en las distintas épocas, hicieron la tarea y no interfirieron como lo han hecho los de Hidalgo.

En la entidad, la sociedad, en particular la Huasteca y serrana, la abundancia natural de comida, el clima que nos vuelve fiesteros y con mentalidad mágico/ religiosa y bullangueros, aunado a los cacicazgos, primero militares, luego políticos y hoy económicos, han hecho que la actitud y la cosmovisión del campesino en nada se parezca a lo que han alcanzado en el Altiplano potosino.

Las despensas por un voto, los apoyos “productivos” sin un orden ni objetivo o los taponamientos de carreteras no existen, y eso, es la diferencia.

Posdata: Dedico esto a Felipe Bautista Ruiz, mi padre que tanto extraño, es necesario. Sé que esos temas lo embelesaban. Siempre quiso un Hidalgo diferente. Y yo también.

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