En materia electoral, el sector de los jóvenes tiene un importante atractivo: puede definir el rumbo de una elección. Por ello, no sorprende que la estrategia de los partidos políticos ha puesto especial atención en este sector de la población.
El objetivo es convencer al mayor número de los potenciales votantes de entre 18 y 29 años que, de acuerdo con la información más reciente del Instituto Nacional Electoral (INE), en conjunto implican 29.21 por ciento de la lista nominal y 29.32 por ciento del padrón electoral.
Y el INE refiere que tanto en su calidad de grupo etario (que tienen la misma edad) más numeroso, como por su potencial productivo y su vulnerabilidad en el terreno social, la participación política de este grupo representa no solo la oportunidad de presentar sus necesidades específicas en la arena política, sino la posibilidad de ejercer activamente un derecho que se traduzca en un cambio en la forma de actuar en la política.
Esa es la clave: convencer a este sector social y, sobre todo, encaminarse a terrenos de los llamados “ninis”, es decir, los jóvenes que ni estudian ni trabajan. Y, mire usted el tamaño de la influencia que tendría este grupo en la jornada electoral del primero de julio de 2018. Se trata, ni más ni menos que de un potencial ponderado entre 6 y 7 millones de jóvenes.
Y si la atención de los partidos acude hacia los jóvenes mexicanos entre 18 y 19 años, tiene otro potencial de sufragios establecido oficialmente en 3 millones 603 mil 40 en el padrón electoral y de 3 millones 430 mil 829 en la lista nominal.
Atractiva, influyente y definitoria cantidad de votos potenciales, porque nadie puede asegurar que todos votarán.
Y es que, un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a partir de una encuesta de Gallup Monitor, refiere que, comparativamente, en México los jóvenes, más que los adultos, desconfían de la transparencia de los resultados electorales.
Los partidos políticos han avanzado en la estrategia de sumar a sus filas o por lo menos convencer a los jóvenes de las bondades de sus ofertas de campaña. Encuentros, reuniones, seminarios, talleres, actos abiertos en los que se pondera a los jóvenes como el presente del país, no más el rollo ese, demagógico por supuesto, de que son el futuro de México.
Pero nadie había avanzado en una oferta de compra del voto de los jóvenes como lo hizo Andrés Manuel López Obrador, cuando se registró como precandidato de Morena a la presidencia de la República.
Porque, a esa oferta de otorgar 3 mil 600 pesos mensuales a los “ninis”, en caso de ganar la presidencia, tiene la abierta implicación de ofrecer dinero a estos jóvenes por su voto el primero de julio de 2018.
¿Hay alguna duda de que es oferta de compra de voto? Porque no hay un fundamento sólido para ofrecer esos recursos del erario público a jóvenes que ni estudian ni trabajan, pero no porque no haya espacios para estudiar y trabajar. En su inmensa mayoría son consecuencia de la propia cultura familiar, esta que los apoya y arropa, los acepta como acto de fe porque no hay de otra. Y mire usted que los estudios que se han hecho en esa materia refieren que la mayoría de “ninis” es mujeres.
Entonces, dónde quedan los asalariados pensionados que dejaron su vida en el trabajo y ahora deben sobrevivir con 2 o 3 mil pesos al mes. ¿Qué ofrece el precandidato de Morena para estos mexicanos que están en posibilidades de aportar su experiencia al aparato productivo nacional?
Entonces, ¿es o no compra del voto? Dirá Andrés Manuel que no hay tal. El voto es el voto; como se consiga es lo de menos. Conste.

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