Iván Espino Pichardo
Roberto Wesley Zapata Durán
Martha Gaona Cante

Millones de personas han sido asesinadas, con métodos brutales, esclavizadas, torturadas. Niñas y niños han sido exterminados solo por su color de piel, por su nacionalidad o religión.

El dolor está en toda nuestra historia. Las millones de pérdidas humanas dejadas por la segunda Guerra Mundial, iniciada hace 79 años; el profundo dolor provocado por el exterminio en Uganda en la década de 1970; en la antigua Yugoslavia en los primeros años de la década de 1990 y en Ruanda durante 1994 nos recuerdan el sufrimiento, la miseria y la muerte motivados por los deseos de dominación, ejercicio del poder y la imposición de una ideología han dejado su huella, desde siempre.

En una sociedad del conocimiento, estamos de manera incipiente internalizando el hecho de mirarnos como una gran familia humana, hemos tenido un lento aprendizaje para entender la importancia de escuchar a los demás para llegar a acuerdos, aún con quienes piensan diferente a nosotros.

De forma aún limitada se empieza a generalizar la importancia de proteger la dignidad humana: aquello tan nuestro y esencial nos hace valer por nuestro ser en sí y no por el beneficio o utilidad representado para nuestros congéneres, el Estado u organizaciones políticas o militares. La dignidad la atesoramos en derechos y aun cuando pareciera redundante, la acompañamos con la palabra “humanos”. Los derechos humanos tienen como fin último proteger la dignidad de la persona para que nada –ninguna idea o acto– la lastime, nadie utilice a otro ser humano y denigre su dignidad; por el contrario, toda persona debe poseer su proyecto de vida, sin esclavitud, sin violencia, sin discriminación.

Los acuerdos que como humanidad construimos nos permiten progresar, el paso del tiempo nos enseñó como las sociedades son como el agua: fluyen y se ajustan a nuevas estructuras, están siempre en movimiento. Ese progreso natural busca siempre proteger la dignidad de la persona, ponerla como lo más importante y en el centro de las formas elegidas para organizarnos, como lo es, el Estado Democrático de Derecho; así, hemos pretendido ponerle humanidad a todos nuestros acuerdos, a través del respeto irrestricto de los derechos humanos. Así, el derecho es la unión de todos esos acuerdos e instituciones para hacerlo posible.

Para que la existencia del derecho y el orden social de los pueblos del mundo puedan vivirse en dignidad, libertad y justicia, no basta con el conocimiento a detalle de los acuerdos donde consta lo justo e injusto, sino hacer conscientes a los seres humanos del porqué de su existencia y cuál es su objeto en las sociedades.

El derecho no existe si las personas no lo conocen y vivencian, si no creen en él o las instituciones encargadas de aplicarlo; si no lo hacen con la plena conciencia de tener un rostro humano iluminado con el valor de la dignidad. El derecho existe cuando se tiene conciencia de él.

Conciencia,dignidad humana

Antes de los acuerdos y del profundo dolor de nuestros errores como humanidad, hay un elemento cohesionador y motivante a la unión, al consenso, una fuerza excitante para recordar cuando olvidamos nuestra pertenencia a una misma familia, la humana; nos da la voluntad de solidarizarnos con el otro, de rescatar al desconocido, de curar al enfermo: ese elemento es la paz. Es nuestra necesidad de paz, la marca, la guía para encontrar la ruta al diálogo, a la reconciliación y al perdón; para construir un mundo sin represalias ni rencores, como comunidad compartiendo un mismo hogar. El reto a salvar es el de fortalecer los lazos de comunión entre todos los pueblos del mundo y resolver mediante el diálogo las controversias entre individuos.

Si construimos una cultura para la paz como el origen de todos nuestros acuerdos y la razón de ser de cada una de nuestras instituciones, conseguiremos abatir la violencia en la cual nos hallamos inmersos y seguiremos por un camino armónico, donde se privilegie la ausencia de conflicto y el respeto por la dignidad de cada ser humano, pero además, podremos reconocer como la armonía, no solo se logra con acuerdo entre seres humanos, sino con una relación en paz con el medio ambiente, con la vida silvestre y marina. Trabajemos por la paz, pongamos en marcha los deberes para con la humanidad y mirémonos como una gran familia, compartiendo un finito hogar con otras formas de vida, quizá así, el dolor en los pueblos del mundo solo sea un capítulo oscuro en nuestra memoria.

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