“La desigualdad moral… depende de una especie de convención, se halla establecida, o al menos autorizada, por el consentimiento de los hombres”
J.J. Rousseau

La desigualdad es un fenómeno que tiene una larga historia, por lo menos, en la parte occidental del planeta y fue la causa de las revoluciones sociales más importantes del mundo desde el siglo XIII, en Inglaterra, pasando por la Revolución francesa, la Revolución de las trece colonias, las llamadas revoluciones de independencia, las revoluciones mexicanas de inicio del siglo XX y la Revolución rusa de 1917. El denominador común en todas ellas es destruir la idea de que las diferencias entre las personas, los grupos e incluso los países son naturales, ya que un ser superior así lo quiso para todos nosotros, en términos del siglo XVIII, y transformar el pacto moral, bajo el supuesto de que todos los hombres son iguales y que podemos ser iguales, siguiendo el planteamiento de Rousseau en el sentido de que el origen de esa desigualdad se perpetuo por consentimiento de los desiguales y que esta situación tendrá su fin, ya que es insostenible, y recurro nuevamente al filósofo, “que un puñado de gentes rebose de superfluidades mientras la multitud hambrienta carece de lo necesario”.

Tres siglos después, estamos en lo mismo, a pesar de las muchas luchas silenciosas que década tras década han protagonizado todas las naciones del continente, rebelión tras rebelión, logrando pocos o nada de avances para disminuir las enormes brechas que separan a uno de otros y todavía seguimos aturdidos después de las difíciles semanas que han vivido o están viviendo muchos países latinoamericanos, donde la violencia ha sido un común denominador, violencia que esconde la gran herencia política que han dejado décadas de gobiernos de izquierda y de derecha, que no han logrado moral y políticamente abatir la desigualdad. Esta es una especie de enfermedad degenerativa y, por tanto, silenciosa que no presenta síntomas o los síntomas correctos para ser diagnosticada a tiempo y mantener la gobernabilidad de estos gobiernos no importando su inclinación política. Así solo basta una noche de fiesta, un movimiento no acostumbrado, para que se enciendan todas las alarmas y deje al desnudo la descomposición sistémica de este cuerpo, de cada uno de sus partes, de sus principales órganos y nos demos cuenta que hemos vivido en el error y no como debemos y ahora se nos ocurre rápidamente tratar de dejar atrás los vicios que no llevaron en alfombra roja a este rotundo fracaso político y social.

Ya no son multitudes hambrientas las que están en las calles gritando por justicia y dignidad, son en su mayoría jóvenes y, sin equivocarme proporcionalmente más mujeres, educados, viajados, leídos, conectados e interrelacionados más que nunca en la historia con un dramático denominador común viviendo vidas que no sienten propias, no llegaron hasta aquí para vivir estas vividas, es un descontento generalizado que ya salió, que no se conforma, que quiere más, quiere una vida digna y que merezca la pena ser vivida y la quieren en sus países no fuera de él, quieren vivir la vida que imaginaron donde nacieron y no lo quieren solo para ellos, lo desean para todos.

Las diferencias van más allá de los ingresos, como lo evidencia estudios del PNUD, la región en su conjunto ha logrado disminuir importantemente los niveles de pobreza, e incluso hay países como Bolivia y Chile que hoy cuentan con menos del 10 por ciento de su población en la pobreza, contradictorio entonces para muchos que están acostumbrados a mirar la política solo a través de los presupuestos destinados a programas sociales. Este malestar va mucho más allá, y tiene que ver con aquellas dimensiones de la vida en sociedad que involucra ventajas para unos y desventajas para otros, que se perciben como injustas y ofensivas, que silenciosamente destruyen las instituciones, la normatividad, el crecimiento económico y la salud pública.

La catalización de estas injusticias, se asemeja a un motín carcelario, donde los internos condenados a la cadena perpetua de la desigualdad, deciden por falta de algún insumo en su entorno, como el agua, rebelarse y exigir este recurso porque, aunque estén condenados tiene dignidad como personas, antes de todo y en cualquier circunstancia son seres humanos. Los carceleros por algún tiempo más estarán intentando contener una fuga masiva que haga inútil e ilegitimo el orden político actual y los deje solos y aislados con sus sofisticadas estructuras de coacción, cuando los pueblos decidan autogobernarse y dotarse de un nuevo pacto moral que permita reducir la diferencias entre uno y otros, solo el tiempo nos dirá que nuevo orden perdurará por el consentimiento de los hombres.

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