Como otra vez no podía dormir, ahora quise probar suerte asomado para afuera en la ventana. No es que me guste andar de metiche –creo que el término correcto, en todo caso sería “fueriche”– pero adentro está oscuro y no se ve mucho; es más, al andar a oscuras se corre el riesgo de tropezarse o de machucarse el dedo gordo del pie derecho y duele reteharto. Ya sé que puedo prender luces y leer algo o ver una serie, pero es meterme en pensamientos e ideas ajenos y, como ya bastante tengo con los asuntos que me causan insomnio, quise mejor apostarle a la nada callejera.

Lo primero que noté fue que se había salido el gato de casa de los vecinos. Es decir, ya no había gato encerrado. Es normal –pensé– es un animal pseudo-domesticado e incluso se dice que sigue siendo feroz, pero convive solo por conveniencia –o sea que miente por convivir– para tener alojamiento y comida. Aunque también recordé la teoría de que se le puede echar manteca a sus bigotes y así ya no se va, o sea que por arte de magia –o, mejor dicho, de manteca– ¡se acabó la libertad! Tan pronto como lo pensé, advertí que sus manchas blancas, negras y amarillas regresaban maullando para que le abrieran la puerta. Confinamiento voluntario, –reflexioné–.

Por cierto, los vecinos dan la impresión de ser buenas personas –o eso quiero creer, nos vamos a ver las caras buen rato así que más nos vale–. No conozco mucho de ellos, acaso y de rebote, me enteré que al parecer tienen un negocio en el centro de la ciudad. Todos los días se van temprano y regresan tarde. A veces los sábados llegan acompañados de varios cachanchanes que les ayudan a meter y sacar cosas de su casa, las suben a una camioneta y luego se van haciendo mutis por la derecha para regresar ya entrada la noche. Por algo comentan que el que tenga tienda que la atienda… y, que un negocio siempre es esclavizante. Confinamiento resignado –especulé sin siquiera empezar a bostezar– aunque también recordé a un conocido que pertenecía a la asociación de empresarios que decía que por eso él era jefe, para no depender de los demás.

Entonces me vinieron a la mente recuerdos de alguna ocasión en que estuve en una reunión de ciertos representantes de negocios. Dueños de empresas y comercios, jefes y empoderados que alegaban y manoteaban por defender sus patrimonios e intereses y que, encopetadamente, debatían en contra de lo que decían era injusto e inadecuado para ellos, demostrando que sí dependían de alguien más. Confinamiento por interés –cavilé–. Acá entre nos y en confianza, uno de esos cuates me contó que, para evitarse esos líos, él ya le andaba apostando a la política, para que así, colgado del presupuesto, nada le preocupara.

Y así, vino a mi mente el amigo aquel que había logrado cierta posición en la grilla. Salía flamante, engominado y perfumado todos los días derechito a su oficina en el célebre recinto de los que a eso se dedican. Ahí, pasaba la mañana, la tarde, la noche y, a veces, los fines de semana, sin cuidar de sí ni de los suyos y todo por una aspiración disfrazada de pasión. Confinamiento intencionado –pensé–. Decía que, en ocasiones, cuando el agobio lo alcanzaba, se distraía mirando al horizonte y encontrándole forma a las nubes. Sentí feo por él, pero el recuerdo me puso a pensar.

Las nubes. Libres y caprichosas, animadas por el viento son las indiscutibles viajeras de todos los tiempos. Si un día se enojan, se ponen negras de coraje y se desquitan soltando un chaparrón; pero si andan muy de buenas, se van a descansar y ni siquiera las vemos. Van de acá para allá disfrutando del azul del cielo y de la vista panorámica que permite su lugar en la atmósfera. Pero eso sí, de ahí no pasan. Pueden bajar y hacerse neblina, pero no pueden salir de los límites del propio planeta. Confinamiento planetario, me dije.

¡Ah el planeta Tierra! La gran roca azul a la derecha del Sol. Años de evolución en sus entrañas para crear las condiciones propicias para la vida; fenómenos espaciales, estelares, químicos, físicos y astrofísicos para permitirle situarse en el lugar óptimo que nos dejara existir no solo a la humanidad, sino a todos los seres vivientes, pero eso sí, siempre dentro de una órbita y en torno a la fuerza que atrae y confina al planeta a darle vueltas al Sol. Confinamiento solar, sin duda.

Así llegamos al Sol y yo sigo sin dormir. Una estrella refulgente. No muy grande según dicen, pero llena de energía y con larga vida por delante. Una estrella insigne que ha sido merecedora de alabanzas y rituales milenarios, fuente de luz y de vida para generaciones y civilizaciones enteras. Una estrella… pero una estrella nada más. Una que tiene un lugar en la Vía Láctea, de donde no pasa y donde habrá de acabar. Confinamiento galáctico, indiscutiblemente –rematé.

Y finalmente, alcanzamos la Vía Láctea, ¿la Galaxia qué onda? ¿Qué lugar tiene en el Universo? ¿A qué se encuentra confinada? La respuesta –al menos para mí– fue muy clara: No lo sé.

Cuando por fin llegué a esta conclusión, me sentí aliviado. Lo bueno es que aquí y para nosotros el confinamiento ya se va a acabar. Así que ahora sí a dormir y soñar, pues en la fe, la memoria y la imaginación están las alas de la libertad.

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