Las situaciones se complican, varios de los contendientes se tensan y preparan contraofensivas, las acusaciones van y vienen y el ambiente político se enrarece. ¿Todos contra todos? ¿O la mayoría contra uno solo? Vaya manera de hacer política. Pero al parecer no se conoce otra forma de realizar campañas y menos en una situación tan tensa, tan llena de ataques, tan turbia.
La ofensiva del gobierno federal contra el candidato panista, perredista y movientista Anaya ha rebasado límites aparentemente razonables y sensatos, y tal pareciera que el aparato alrededor, no de Meade, sino de Peña Nieto está dispuesto a llevar las cosas hasta extremos no imaginados previamente.
El uso de la PGR de manera facciosa no puede ser desdeñada por quienes no se sientan aún victimas de sus ataques y el nivel hasta donde este tipo de estrategias puede escalar no pareciera aún tener límites. Filtrar un video tomado por las propias cámaras de seguridad y en las propias instalaciones de la Procuraduría para tratar de evidenciar el mal lenguaje usado por el acusado y sus acompañantes es un intento bastante inocente, en apariencia, de demostrar ante la opinión pública el tipo de persona que Ricardo Anaya es con lo que se justificaría todo lo que la PGR está haciendo para lograr inculparlo de malos manejos financieros y quién sabe cuántas cosas más.
Sorprende que entre esos acompañantes de Anaya estuviese el amigo personal de Carlos Salinas de Gortari y, prominente panista de toda la vida, Diego Fernández de Cevallos, quien se ha convertido (¿súbitamente?) en su principal defensor. Algo había detrás de su iniciativa personal de permitir el ser entrevistado por la revista Proceso, con el declarado propósito de, al fin, hablar sin tapujos ante la opinión pública representada por ese semanario tan incómodo a los últimos presidentes del país, especialmente desde Carlos Salinas hasta Peña Nieto, pasando por los dos panistas Fox y Calderón. Las revelaciones hechas por Diego no dejaron de ser sorpresivas, algunas, y machacantes otras, sobre su tradicional pensamiento oportunista, que lo ubican como uno de los más hábiles litigantes del mundo político, en su afán de desprestigiar a unos y fortalecer a otros.
No deja de estar en todos los medios de comunicación masiva, para impactar, como solo él sabe hacerlo, a las audiencias más diversas y, sin embargo, ser el invitado especial a los convivios que aún realiza el aparato político cercano al actual presidente. Algo ahí suena bastante extraño y sugerente.
Por todo lo anterior, no puedo dejar de sospechar que detrás de todo esto, y viendo que el candidato oficial Meade nada más no levanta el más mínimo entusiasmo entre los priistas y mucho menos entre los votantes, se pretenda convertir a Anaya, en un tema recurrente que lo posicione políticamente mejor ante un candidato opositor como el Peje, que sigue encabezando encuestas a pesar de decisiones polémicas que ha tomado recientemente, como el aceptar a los familiares de Elba Esther Gordillo entre sus apoyadores cercanos y reivindicar a un polémico líder minero Napoleón Gómez Urrutia, que si bien ha sido tratado como opositor, especialmente por los panistas, tiene aspectos poco claros en su historial político, especialmente el de haber heredado la secretaría general del Sindicato Minero de manos de su señor padre, un viejo dirigente charro, a la más vieja usanza priista.
En medio de este enmarañado ambiente, muchos acontecimientos nacionales o locales, como las múltiples acusaciones contra políticos del PRI, especialmente Rosario Robles, Manlio Fabio Beltrones y varios exgobernadores priistas que están en la mira de los luchadores anticorrupción y cuyos casos están tomando relevancia, los cuales pueden llegar a ser detonantes de tendencias que influyan de diversas formas en el proceso electoral presente. Recientemente han sido mencionados con mucha frecuencia dada la rapidez con que la PGR actuó contra Anaya, y no lo hace contra todos esos personajes tan mencionados en los malos manejos del dinero público.

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