Supuesto fundamental de la economía en boga, prácticamente con carácter axiomático (es decir, cuya validez se acepta sin requerir demostración), es que el consumidor obra siempre racionalmente al tomar sus decisiones sobre qué productos adquirir. Este principio se combina con otro que considera al individuo perfectamente informado, salvo algunas distorsiones o fallos de mercado (forzadamente admitidos por los académicos), donde hay asimetrías en la información. Un individuo racional bien informado decide qué comprar y qué consumir y busca maximizar su satisfacción, o sus ganancias, según sea el caso. Académicamente se entiende por consumidor racional a la persona que al adquirir un bien determinado conoce y pondera todos sus beneficios y costos, ventajas y desventajas, la satisfacción que su consumo le dará y las inconveniencias que le generará; al consumir y comprar los satisfactores sabe qué quiere y obtiene de su adquisición el máximo provecho. Sin duda, el consumidor procura tener todo eso en cuenta, mientras puede, y si lo dejan; dentro de sus restricciones de información, educación y recursos procura aquello que considera mejor, eso es cierto; pero las empresas, buscando su propio provecho, han encontrado formas de perturbar esa racionalidad, limitarla e inducir al consumidor a actuar muchas veces contra su propio interés.
En lo que hace a la información perfecta, Joseph Stiglitz ha demostrado que ésta no existe y que en realidad operan profundas asimetrías en la información disponible entre compradores y vendedores; es decir, estos últimos saben mucho más del producto que ofrecen: sus defectos, cómo se produjo, con qué materias primas, de qué calidad, con qué normas de higiene, entre otras cosas. (tal es el caso de las viviendas y sus vicios ocultos que con el tiempo se hacen visibles). El consumidor, en cambio, tiene muchas limitaciones en su información, incluso con suma frecuencia es engañado y compra casi a ciegas. Ejemplo son las etiquetas de alimentos procesados donde, aunque se insiste que contienen toda la información relevante, las empresas consiguen ocultar lo inconveniente y simular contenidos inexistentes, como las famosas “fórmulas lácteas” o productos “tipo”.
Sobre la racionalidad del consumidor, las cosas no van mejor. Industrias productoras de comida chatarra, por ejemplo, ofrecen productos nocivos para la salud, que han hecho de nuestro país el primer lugar en obesidad; alimentos y bebidas que con sus conservadores químicos propician enfermedades degenerativas; empresas refresqueras que, además, han provocado una epidemia de diabetes, haciendo pagar a la sociedad con su salud las ganancias empresariales. Tampoco podemos hablar de racionalidad, de libre decisión del consumidor, por ejemplo en el consumo de alcohol y drogas; ni lo es la conducta de millones de consumidores, porque han sido manipulados e inducidos por la mercadotecnia. En realidad, la economía de mercado los empuja a la compra y el consumo irracionales, tanto por la mala calidad de los bienes como por su cantidad. Esa manipulación ha provocado una verdadera patología, la oniomanía o compra compulsiva. Así, la irracionalidad se convierte en útil instrumento mercantil para inducir la compra desenfrenada, absurda, sin límite en cantidad y sin consideración seria de la calidad, y convierte a muchas personas en seres que viven para comprar, o, peor aún, en zombis del mercado; en vez de Homo sapiens, un Homo consumens, como lo llamó Erich Fromm. Es la conducta humana distorsionada, manejada por la psicología y la mercadotecnia al servicio del capital, en detrimento del bienestar social. No hay en ello satisfacción plena y equilibrada de necesidades, sino simulación y excesos, a los que empujan la desinformación y la manipulación de los medios.
Lo anterior ocurre con los consumidores solventes, que pueden adquirir mercancías. Pero el problema se complica con aquellos a quienes su pobreza impide comprar, o nunca obtienen lo mejor ni lo que quisieran, pues su demanda es solo potencial (el conjunto de satisfactores que necesitan y adquirirían, pero que por falta de recursos no pueden comprar); no considera la capacidad real de compra. Dadas sus restricciones, no podrán comprar los satisfactores apropiados a sus necesidades, o adquirirán bienes que no los satisfacen debidamente, como sopas prefabricadas y enlatadas, comida chatarra o refrescos. Y si pueden comprar, su decisión es inducida por la mercadotecnia y la manipulación mediática. Entonces, en el amplio sentido del término, esto no puede llamarse libertad del consumidor; esto quiere decir que la mayoría de los mexicanos, en tanto consumidores, no son libres.
Todo esto ocurre porque la economía de mercado no está diseñada para satisfacer racionalmente, en calidad y cantidad, necesidades sociales, sino para producir ganancias, las máximas posibles, aunque con ello se deteriore la calidad de vida de la sociedad, por exceso y locura, o por carencia. El maximizar la ganancia choca con la maximización de la satisfacción, pues ambas guardan entre sí una relación inversa; operan en sentido contrario. Al concentrar el ingreso, el capital impide la compra a masas cada vez más grandes, o reduce su consumo a infrasubsistencia, a los llamados bienes inferiores, productos de ínfima calidad, pero únicos accesibles a los pobres. Hay una relación de intereses inversos entre quienes producen y entre quienes consumen. Los primeros quieren vender lo más posible, pues de ello dependen sus ganancias, y para esto necesitan con frecuencia ocultar las reales características de los bienes que ofrecen. Además, inducen la compra y presionan al consumidor a adquirir lo que no necesita o que daña su salud. Éste es el arte de la mercadotecnia.
Por su parte, el gobierno intenta o simula sujetar a industriales y comerciantes que engañan al consumidor, pero aquellos se las ingenian para evadir los controles. Pero son solo paliativos. La verdadera solución es una economía donde no haya contradicción de intereses entre consumidores y oferentes, donde la función de estos últimos sea distribuir los satisfactores, haciéndolos llegar a todo aquel que los necesite, oportunamente y en la calidad y cantidad apropiadas. Mientras prive la ganancia como valor supremo, el productor tendrá la sartén por el mango y el consumidor seguirá llevando la peor parte. Y está probado por siglos de experiencia que tal contradicción no se resuelve con emplastos, sino cambiando las relaciones de producción y distribución de la riqueza, acción solo posible con un gobierno en manos del pueblo, no de los empresarios. Solo en tales condiciones, el consumo será racional y no habrá incentivos para engañar al público consumidor.

No votes yet.
Please wait...

Comentarios