Pachuca

Corridos norteños que narran historias de contrabando y traición, jefes de jefes que son respetados a todos niveles, baile, alcohol y juegos pirotécnicos sirvieron para recordar al líder de los zetas Heriberto Lazcano Lazcano en su lugar de origen: el Tezontle, Pachuca.
Parecía una neblina fina y lenta, pero era el humo de la pirotecnia que emanaba de las luces del castillo, aunado a las detonaciones de los cohetones que cimbraron la feria de la Candelaria en el Tezontle. Los cuerpos eran siluetas, sombras en la noche cerrada.
Latas de cerveza y botellas de Torres, Buchanans y Whisky se amontonaban en el piso y en las mesas, mientras un rumor de risas con olor a frituras cobraba fuerza junto a las parejas que bailaban rápidas cumbia o el ritmo lento y constante de la banda.
“La traición y el contrabando son cosas incompartidas” y después “soy el jefe de jefes señores, me respetan a todos niveles”, hicieron que hombres y mujeres, sombreros, botas, pantalones de mezclilla, bailaran, rieran, gozaran muy juntos, las manos en las cinturas y en los hombros. Su punto de reunión y de reconocimiento.
La banda el Terre cantaba desde el escenario adornado con luces y reflectores, pero ya no era el humo de la pirotecnia sino de la tierra pisoteada por los pasos de cientos de personas que cubría sus cabezas como un vapor que emanaba del suelo del Tezontle.
Hacía frío, mujeres de edad con suéteres de tela delgada, bufandas desgastadas y familias con niños en brazos escuchaban sin inmutarse, inmóviles, al grupo norteño Los Ahijados y después al Combo Loco.
Algunos bailaban y otros permanecían a la espera, sabedores que esa fiesta, esa música, esos cohetones, eran también en su honor, encuentro para reconocerse como una comunidad después del trabajo diario, una noche suya al año en que son los protagonistas, los festejados, los oriundos del Tezontle.
“No hay mejor que la chona para la quebradita”, pero de Lazcano nadie hablaba. Qué lo mataron, eso dicen, pero quién sabe. Que creció aquí. Silencio. Hay un pacto, un acuerdo, para no hablar de él con los extraños, sin embargo puede verse, sentirse y escucharse en todas partes de esta colonia de un centenar de casas a la periferia de Pachuca.
Por ejemplo, su nombre elaborado con flores fue escrito en un arco que adorna la entrada principal de la iglesia con su retrato al centro, o en la placa conmemorativa que informa que ese templo fue donación de Lazcano, o en la voz de los vocalistas de los grupos que esta noche actúan y le agradecen y saludan. Pero nadie habla más de él.
No lo mencionan en la zona militar ubicada a unos cuantos pasos del Tezontle. O en el camposanto donde también mandó construir un mausoleo. Está en todas partes y en ninguna.
“Te escribí un Whatsapp y no me contestaste y en el Facebook tienes otra relación”, canta ahora la banda el Terre. Frente al escenario pareciera que hay una zona aparte, separada por vallas metálicas. Dentro, alinearon mesas con botellas y sillas.
Algunas mujeres altas, cabello largo, cuerpos delineados, ahí bailan y ríen a lado de hombres serios, algunos fornidos, jóvenes. Al fondo, en la cancha, permanecen los habitantes del Tezontle, un rodeo y los juegos mecánicos con puestos de chalupas y ponche que ofrecen su calor reconfortante a la noche.
Entre ráfagas de acordeones y disparos de huaracha, la reina de la feria del Tezontle, ama y señora, camina por esta zona exclusiva, un leve destello plateado en su corona.

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Víctor Valera
Egresado de la UAEH, reportero en Hidalgo desde 2007. Cuando inició a reportear en diarios locales, cubrió organizaciones campesinas y protestas sociales. Actualmente cubre la fuente política y Congreso local. cementeriomarino@hotmail.com