El ejercicio de leer no es exclusivo a grafías impresas en árboles procesados, espectaculares publicitarios, señaléticas de tránsito o caracteres virtuales, sino que es extensivo al entorno y la cotidianidad: es posible y hasta necesario leer el cielo (que es muy agradable), la ciudad, las calles, el trabajo, la comida, las personas que nos rodean (que es muy difícil) e incluso autoleerse (que es mucho más complejo). Y a continuación ocurre una actividad con amplio grado de dificultad: qué hacer con estas lecturas.
O descifrarlas, saber actuar en consecuencia, interpretar el trasfondo de lo que nos transmiten. Aquí clasifico las lecturas en tres categorías a grosso modo: las fáciles, las difíciles y las sutiles. Las primeras son tan elementales para evitar cualquier equivocación, como los símbolos de no estacionarse, el cielo nublado que vaticina lluvia inequívoca, el trompo de pastor rodeado de comensales que representa un buen sitio para cenar, etcétera.
En la segunda categoría, las difíciles, resulta imperioso una mayor capacidad de decisión para actuar en consecuencia: si acelerar o frenar frente a la luz ámbar del semáforo, pedir pastel de postre tras una comida copiosa (en realidad este es un mal ejemplo, siempre es indispensable el postre, más si es pastel), ir a trabajar cuando la salud está mermada (complejidad elevada), adquirir libros cuando la quincena está menguante (complicadísimo), y demás.
Ahora, las lecturas sutiles, que son más difíciles que las difíciles (sic) y que atañen este texto. Una misma grafía, símbolo, señal o actitud puede contener diversidad de significados, por lo que es necesaria una capacidad sináptica afinada para interpretarlos, saber detectar el contexto para descifrarlos y actuar en consecuencia.
Y el detectar es el fulcro de la lectura: un lector es, por necesidad, un detective. La velocidad del viento y la cantidad, color y textura de nubes en el cielo es descifrable como un día soleado o precipitaciones próximas; una ligera imitación de postura, gesticulación involuntaria o silencios repentinos durante una cita son interpretables como un disfrute o incomodidad de la compañía (aquí expreso mi más genuino respeto a quien practica el arte de leer el lenguaje corporal durante encuentros personales: al estar frente a alguien que trasciende mi empatía, apenas y recuerdo cómo respirar).
Una palabra, un detalle, una aparente insignificancia desencadena cauces de posibilidades, y en la calidad de lector-detective está el saberlas dirigir. De ahí la peligrosidad de las contraportadas, que en su ahínco por resumir o atraer la adquisición del ejemplar donde se encuentra impresa, desvelan la trama, villano y en penosas ocasiones el final del libro. Pareciera inofensivo revelar el nombre protagónico del ejemplar, pero al conocerlo-detectarlo, emana que este personaje o sabe algo que nadie más sabe o sobrevive a cuanto suceda, por ende se le presta mayor atención que al elenco (¿dónde queda la gracia de descubrir quién se sale airoso?).
Los verbos en contraportada son igual de comprometedores. La aparentemente innocua frase “Un robo…” en la parte posterior de la novela, predispone al lector estar atentos a actitudes sospechosas, ganzúas, guiños entre cómplices, distinguir a estos cómplices, etcétera, arruinando sorpresas.
Este resumen o sinopsis, más que invitar, tiende a facilitar con tendencia a demoler el misterio de abordar un libro, como ofrecer una tarjeta de presentación o CV en una primera cita, saber de antemano los invitados a una fiesta, el clima antes de un día de campo…
Pero entonces, ¿cómo saber si un libro puede ser agradable? Por recomendaciones, o confiando en el/la autor/a, o simplemente, y esto lo recomiendo con amplitud, tirarse de lleno a la aventura de leer sin pistas, que las sorpresas sean genuinas, que el misterio sea resuelto en el trayecto de leer, que pongamos a prueba la capacidad detectivesca en cada página.
Le invito a practicar esta recomendación: evite las contraportadas. Un buen detective sabe descifrar las pistas por sí mismo.

Maratón Anual de Lectura 2017, semana dos

  • Leonardo Muñoz: en pausa
  • Rocío Muñoz Hernández: en pausa
  • Leticia Andrade Martínez: La cabaña / William Paul Young (leyendo). Total: 0
  • Leslie Edith Varela Saavedra: Sirenas / Amanda Hocking (leyendo). Total: 0
  • Iridián Luqueño (competidora adherida esta semana): Elantris / Brandon Sanderson (leyendo). Total: 0
  • Yo merengues: Kraken / China Mieville. Total: 1

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