Hace un mes evoqué el “choque tectónico” de Trump que tendría como objetivo geoestratégico el acercamiento con Putin para la probable alianza de un G-2: “reajusta los capitales globales, como se notó con el rebote espectacular de los mercados, en los que salen favorecidas farmacéuticas y petroleras (en detrimento de la energía alternativa) y reacomoda las alianzas a escala global”.
Tal prospectiva resultó correcta con el nombramiento del director de Exxon Mobil, el texano Rex Tillerson, de 64 años, como secretario de Estado del “petrolero” Trump que (en)marca el coqueteo con Putin, lo cual es afianzado el mismo día con la designación del exgobernador texano (sic) Rick Perry, de 66 años, como jefe del Departamento de Energía, quien favorece la extracción de hidrocarburos fósiles en detrimento de la energía alternativa.
En Rusia están felices con el nombramiento del texano Tillerson, galardonado con el Premio de la Amistad en Rusia, lo cual apunta a la normalización de las relaciones entre Trump y Putin y al levantamiento de las inoperantes sanciones.
Muchas cosas sucedieron tras bambalinas y al aire libre antes del audaz nombramiento: emisarios privados de Trump acudieron al Kremlin, mientras la empresa estatal petrolera rusa Rosneft, a cargo de Igor Sechin –de 56 años e íntimo de Putin, también del clan de San Petersburgo–, vendía 19.5 por ciento de sus acciones a la extraña empresa hierática anglo-suiza Glencore y a la Autoridad de Inversiones de Qatar por 11 mil millones de dólares, lo cual, según FT, representó un “triunfo para Putin” y su “programa de privatización”, pese a las sanciones financieras y tecnológicas.
Glencore es el “segundo mayor comercializador independiente de petróleo en el mundo” y la compra de una parte de Rosneft será financiada por el banco italiano (sic) Intesa Sanpaolo.
Rosneft alcanza una dimensión global después de su compra de un puerto y una refinería en India y, ahora, con la adquisición de un importante campo gasero en Egipto por mil 600 millones de dólares.
El maridaje de Rosneft con Exxon Mobil tendrá un efecto multiplicador geoestratégico.
Rosneft, según FT, “es la mayor empresa rusa y la mayor firma petrolera en el mundo, con una producción de 5.5 millones de barriles al día, la mitad de Arabia Saudita”, mientras el mismo Trump se ha encargado de la publicidad de Exxon Mobil como la máxima empresa de Estados Unidos (EU), lo cual exalta el libro de Steve Coll: El imperio privado (sic) de Exxon Mobil y el poder de EU.
Si Exxon Mobil fuera un país su economía equivaldría al lugar 40 del mundo: “un gigante cuyos actos comportan implicaciones geopolíticas”, cuando “Tillerson puede ser considerado como la cabeza de dicho Estado, con 270 mil millones de dólares de ingresos, operaciones en 58 países, y 75 mil 300 empleados, frente a los 34 mil del Departamento de Estado”.
Lo mismo solía decir yo de Pemex antes de su extinción por los entreguistas del “México neoliberal itamita”: “Pemex no es una empresa. Pemex es un país. Pemex es México”.
Si Cheney/Condy Rice/ Baby Bush promovieron los intereses petroleros de Halliburton y Chevron mediante sus guerras en Medio Oriente, ahora toca el turno de Exxon Mobil, que había descolgado un acuerdo por 500 mil millones de dólares con Putin/Sechin, lubricados por Tillerson, que incluía el desarrollo del Ártico en su fase de deshielo, antes de la imposición de las sanciones por el contencioso de Crimea.
No fue gratuita la alharaca con­tra el supuesto hackeo ruso y su “interferencia” que favoreció a Trump, según la CIA, feudo de Daddy Bush y de dos mormones: Brent Scowcroft, exasesor de Seguridad Nacional con Ford y Daddy Bush, y Mitt Romney, quien no consiguió el puesto de Tillerson.
Los servicios de inteligencia de EU, a escala doméstica y foránea, se encuentran tan divididos como su mismo país: los Clinton acusan a la FBI de su inesperada derrota y ahora la CIA imputa a los hackers rusos el triunfo de Trump.
Las patadas de ahogado de la desacreditada CIA fueron desechadas por “ausencia de evidencia concluyente” por la máxima agencia de espionaje de EU, la Oficina del Director del Espionaje Nacional (ODNI, por sus siglas en inglés), que supervisa a la comunidad de espionaje de 17 (sic) agencias estadunidenses.
Lo real es que el nombramiento del texano Tillerson, íntimo de Sechin y Vlady Putin, marca un cambio de paradigma geoestratégico que también fractura al viejo establishment dinástico de los Bush y los Clinton, quienes, a juicio de los geoestrategas del Kremlin, deseaban una tercera guerra mundial nuclear contra Rusia.
La reacción de los pugnaces rusófobos del caduco establishment no se ha hecho esperar, y cuatro senadores prominentes del disfuncional Partido Republicano –el líder de la mayoría del Senado Mitch McConnell, John McCain, Lindsey Graham y Marco Rubio– han fustigado con furia inusitada la llegada de Tillerson, a quienes se han sumado sus homólogos demócratas, como el polémico israelí-estadunidense Chuck Schumer (muy cercano a George Soros y a los Clinton), al abogar por una investigación bipartidista sobre la presunta interferencia rusa, curiosamente a una semana de la votación final del Colegio Electoral, cuando el recuento de votos en Wisconsin/Michigan/Pensilvania resultó un fracaso y, al contrario, benefició aún más a Trump.
The Washington Post, portavoz del anacrónico establishment bélico, augura que el nombramiento de Tillerson sería bloqueado en el Congreso, mientras el irascible Keith Olbermann alega un “golpe de Estado de Rusia en EU” permitido por los “traidores” republicanos cuando “estamos en guerra con Rusia”. ¡No, bueno!
Los delirios de Olbermann reflejan el audaz acercamiento de Trump con Putin: “el fin de EU como país independiente. No habrá un pacífico (sic) cambio de poder, será una usurpación, y el usurpador carece de validez, no tiene credibilidad y no tiene autoridad según la Constitución”. ¡Uf!
Al desahuciado Partido Demócrata solo le queda deslegitimar la presidencia de Trump, quien con un solo tuit de advertencia desmontó el fracaso de la industria bélica de Lockheed Martin, vinculada a los Clinton, con su fallido programa de aviones F-35.
El mismo “día petrolero” de Trump con sus temerarios nombramientos de los texanos Tillerson y Perry, el zar Vlady Putin visitaba Japón, mientras caía Alepo, lo cual trastocará la geopolítica de Medio Oriente, donde se encuentran los máximos yacimientos de hidrocarburos del mundo.
El nuevo orden mundial –un G-2 por lo pronto, en espera de que Putin coloque a China en un G-3– se gesta entre EU y Rusia mediante la ecuación petrolera: el acuerdo Trump&Tillerson/Putin&Sechin cuando a destiempo y sin previsión el desahuciado y desaseado “México neoliberal itamita” regaló sus hidrocarburos, el principal error geoestratégico de su Historia desde El Álamo.

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