Cuando David Lynch presentó Lost highway prácticamente no había pistas por dónde escoger una descripción del nuevo título del cineasta, si por su capacidad para elaborar una narración desconcertante o las claves personales que marcaron una porción muy significativa de la cinta. Antes de Lost highway Lynch había terminado con Isabella Rosselinni, la relación de pareja más significativa de su vida, con la actriz de una de sus obras maestras: Terciopelo azul. Pero el filme estaba claramente plagado por la pesadilla de la conclusión de una relación de pareja, así como por los recursos que el director desarrolló en el paréntesis que significaron la soledad y la cura de su dolor.

Justo entre Corazón salvaje y Lost highway, Lynch dejó de ser él mismo. Aunque su obra se cataloga de compleja con abundancia de razones, la capacidad para meditar y sostener ideas complejas en el borde de la locura, hasta casi volverse incomprensibles, se convirtió en la segunda naturaleza del director; pero la participación de Barry Gifford en el universo cinematográfico de Lynch es inobjetable.

Si el ecosistema mental de Lynch era un paisaje por completo nuevo, Gifford se encargó de ponerle fauna. Mientras la fama de Alex de la Iglesia se consolidaba gracias a El día de la bestia, Perdita Durango era la segunda parte de Corazón salvaje, también escrita por la mano de Gifford, pero adaptada por el director español y en ello radicó el encanto del escritor.

Hoy día, Roger Waters ha declarado que el “cine de mal gusto y camp” es parte del pasado. Sus habitantes marginales y héroes procedentes de circunstancias no solo atípicas, sino rayanas en la desgracia humana, pero en su capacidad para sobrevivir estaban toda la redención a pesar de ser vidas horribles, porque el verdadero grotesco sería una existencia sin significado, cosa que tales personajes nunca padecían. Al final, también eran héroes o antihéroes, no solo protagonistas.

Gifford sacó de la omisión, del ostracismo de las etiquetas, a casi todas las comunidades que antes de su pluma existían en la nota roja, pero nunca ganaban el privilegio de una narración. En poco tiempo, así como Joel-Peter Witkin, quedó seducido por el universo oscuro de la frontera entre México y Estados Unidos, de donde obtenía los cuerpos para su trabajo fotográfico, también el escritor quedó seducido por ese mundo y la desmemoria, el desconcierto ante biografías cuyos protagonistas nada tenían que ver con el estereotipo, pasaron de una generación de olvido a otra de estrellato.

Gradualmente, con el auge del Internet, también las prácticas sociales que se consideraban rasgos criminales, tipificados por la ley, se adaptaron en forma general en calidad de manifestaciones cosméticas hasta volverse aspectos de la moda.

En otras palabras, la marginalidad dejó de ser tal porque la tecnología se ha encargado de anexar aquellas capas y comunidades que en otro momento eran satélites de un dominio cultural; las “culturas periféricas” han dejado de ser tales y ahora se encuentran perfectamente integradas a aquello de lo que se desprendían sin su parcial aceptación.

Quizás la clave más importante del lugar que Gifford sigue ocupando en la cultura y es allí donde todavía hoy radica su magnetismo de culto, es en la visceralidad de una visión que pese a las asimilación de las nuevas generaciones, encontró que toda la negación del universo anglosajón tenía existencia por mérito e idiosincrasia propia, más allá de la cultura mainstream, de la que se apartó con lujo de cinismo y paz creativa.

Hoy, cuando se mira atrás esa época de la que tanto Gifford como Lynch se abrieron paso en uno de los renacimientos más escandalosos y reconocidos por las industrias de Hollywood y de la república de las letras, no puede menos que reconocerse su trascendencia, a más de 20 años de haber sucedido.

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