Helga era bella. Su piel era nieve, sus labios grana, un lucero su mirada y su corazón, ¡su corazón era piedra! Yo quería suavizar su alma y la manera de hacerlo no hallaba. Pero aconteció que una mañana, observando la llegada del alba, un pensamiento me aconsejó: “usa las letras como arma”.
Entonces inicié a escribir. Deseaba eternizar su faz, su risa, sus limpias maneras, su blancura e inteligencia. Siempre nació poesía inspirada en ella pero indigna de ser, a sus ojos, ofrenda. Esto era motivo de mi tristeza pues yo le amaba y ella, ¿cómo me amaría si yo, con mi pluma, no podía expresar su belleza?
Así viví amargura, así viví ansiedad, y extravié mis pasos en la oscuridad. Por las noches, queriendo crear, buscaba estrellas que no venían a clarear. Mas una madrugada, luego de incontables desvelos y suspiros perdidos entre vientos, hallé, en el sendero de mi ilusión, a Helga entre claveles y dalias.
Donde su pie tocaba más flores germinaban y a su andar, un corillo de golondrinas acompañaba. Ella notó que le veía, sonrió, casi rió y dijo con dulce voz:
–¿Tú me amas?
–Yo te amo corazón– respondí a su interrogación.
A lo que ella replicó:
–Me quedaré contigo si causas en mí suspiros,
si me eternizas en tu canción.
Entonces yo, guiado por su fulgor:
–En mi dulce vergel
eres rosa fragante;
en mi cielo, ángel.
Tú eres arte,
tus ojos miel,
y tu boca, granate,
es río de ambrosía
y mar de poesía.
Anhelo conquistarte:
soy tuyo, sé mía.
Si me dejas amarte
serás, de mi noche, día;
si me dejas besarte,
¡cuánta algarabía!
Amada, princesa,
quiero ser tu sonrisa,
el motivo de tu risa.
Dichoso sería
si beso tu boca rojiza.
Si me besas, ¡qué alegría!
Si te vas, tristeza
hay en el alma mía.
Di, ¿te quedas?,
¿conjugamos vidas?
Aquí cesó mi canción, aquí ella se lanzó a mis brazos y un beso me obsequió. Yo, en consecuencia, le regalé una corona, le vestí de alhajas y le idealicé tanto que le di de mi corazón el imperio. Pero aquella imaginación, aquel tierno instante de amor, fue solo ensoñación.

***

A la mañana que siguió quise realizar mi sueño de amor. Así que busqué tinta, un pliego y escribí mil versos. De mi jardín cercené 12 flores, con ellas hice un ramillo y fui a buscar a mi niña. La descubrí en el prado, a mediodía. A ella me acerqué y la ofrenda obsequié. Ella quedó confusa. Yo, queriendo remediar su consternación, exclamé:
–Doy versos, doy loores
que escribí suspirando.
Suspire amores, cercené flores
en ti pensando.
En sueños fuiste mía.
Tanta fue la dicha cuando
te creí conmigo aquel día,
que vivo soñando,
en ti, dulce amiga:
imagino que tu presencia
mi tristeza mitiga
y que eres mi alegría.
Pero ella, aunque escuchó mi declaración, no se inmutó. ¡Tan duro era su corazón! Entonces yo, ebrio de amor, le confesé que por las noches, en secreto, le llamaba “corazón”. Le dije que no había día en que no anhelare acariciar su mano, besar su cuello, ser su dueño, y entre tanta declaración y sinrazón, le confié:
–Entre todas las damas, corazón, eres la más clara. Cuando vas entre nieve le opacas. Semejas un cisne, una flor pálida. Eres pura, tierna, casta, cual virgen inmaculada: jamás tocada y nunca bien alabada.
Mas ella, mi amada, no gustaba de versos ni prosas. Por ello, desdeñosa, respondió:
–Por lo versos, por las flores, gracias. Quizá las tomaré, quizá los leeré. Y ahora déjame sola, por favor, amante sin amor.
Y se fue. Yo, muy triste, me recosté sobre el prado, sellé los párpados y quedé llorando. Cuando cayó la noche, su recuerdo me inspiró y escribí un poema en el que ella agradecía la prenda de amor, y mientras escribía y sufría, entre letras, Helga fue mía.

***

Entonces enfermé de amor. Por las noches, calladas y negras, entre suspiros y quejas, continuo pensamiento me asaltó: “Cuándo –me preguntaba–, en qué mágica hora, en cuál bello instante mi amada leerá mi canto. Al hacerlo, ¿suspirará? ¿Acaso de mí se enamorará?”…
Así, mientras no dormía y en desosiego vivía, ella, la niña a quien un palacio y mil soles regalé, la bella infanta, la que tanto amé, en un acto de crueldad, a la hoguera los versos entregó. Al fuego los dio, ceniza los tornó y jamás los leyó. ¡Qué dolor!
Mas yo, ignorante de aquel desaire de amor, otra mañana con ella me encontré y entonces, muy feliz, le pregunté:
–¿Has leído los versos que te obsequié?
–Oh, en mi jardín los he olvidado –mintió–. Debes perdonar a esta distraída, pues olvidé que escribiste inspirado en mi ser.
–Si tú quieres te los puedo cantar –repliqué.
–¿No te das cuenta?, –contestó–. ¡Yo no sé soñar!
Al oír tal inicié a llorar. Tantos suspiros, ¿para qué fueron? Y ella, que vio mis lágrimas verter, las ignoró. ¿Hay mayor desgracia? ¿Existe peor suceso? Yo, poeta, olvidado, nunca amado, pasé mil noches creando, horas enteras en mi amada estuve pensando, otras tantas bellas fantasías escribí, y Helga, mi inspiración, hirió mi corazón. ¡Mísero soy! ¡Habito mi ilusión y lloro por amor!

Vladimir Aguilar Cerón

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*Vladimir Aguilar Cerón. Joven abogado egresado de la UAEH; cursa la maestría en juicios orales; escritor; autor de Los amantes infelices y Hermosa ensoñación; Premio Ceneval 2016, y columnista en
El Sol de Hidalgo

Quién no ha sufrido con esos amores imposibles. Pasado noches en vela, idealizando al ser amado, que se vuelve una imagen onírica, quizá solo existente en la mente del enamorado. Es un trastorno que rompe nuestra serenidad, dejamos de ver claro, nos abandonamos a la idea de conseguir ese amor para menoscabo de nuestra salud mental y física. Sobre esa etapa de dolor, de ansiedad, de turbación amorosa, trata este Maldito Vicio.

Alaba los ojos negros de Julia

Rubén Darío*

¿Eva era rubia? No.
Con negros ojos
vio la manzana del jardín: con labios
rojos probó su miel; con labios rojos
que saben hoy más ciencia
que los sabios.

Venus tuvo el azur en sus pupilas,
pero su hijo no. Negros y fieros,
encienden a las tórtolas tranquilas
los dos ojos de Eros.

Los ojos de las reinas fabulosas,
de las reinas magníficas y fuertes,
tenían las pupilas tenebrosas
que daban los amores y las muertes.

Pentesilea, reina de amazonas;
Judith, espada y fuerza de Betulia;
Cleopatra, encantadora de coronas,
la luz tuvieron de tus ojos, Julia.

La negra, que es más luz que la luz blanca
del Sol, y las azules de los cielos.
Luz que el más rojo resplandor arranca
al diamante terrible de los celos.

Luz negra, luz divina, luz que alegra
la luz meridional, luz de las niñas,
de las grandes ojeras, ¡oh luz negra
que hace cantar a Pan bajo las viñas!

*Nacido como Félix Rubén García Sarmiento en Nicaragua, en 1867, es hoy mundialmente conocido por su seudónimo: Rubén Darío. Referente del modernismo en nuestro idioma por su obra Azul…, en sus poemas se perciben fuertes influencias de escritores franceses.

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