Alfredo Dávalos

Exdirector fundador de Libre por convicción Independiente de Hidalgo

México enfrenta desde hace décadas un insondable problema de corrupción e impunidad que hoy tiene en crisis la credibilidad de las instituciones públicas y no se observa posibilidad de solución en el corto plazo, sino por el contrario se puede agudizar más en el futuro para la desgracia de las próximas generaciones de ciudadanos mexicanos.
El problema es tan evidente que el secretario de la Defensa Nacional (Sedena) Salvador Cienfuegos admitió hace unos días que la corrupción y la impunidad han dañado la democracia, la economía y han fomentado la desigualdad y violencia en el país. Incluso las Fuerzas Armadas que anteriormente gozaban del respeto y credibilidad de parte de la población, hoy están también en tela de juicio por la corrupción imperante.
La corrupción, dentro de un punto de vista social y legal, se define como la acción humana que actúa en contra de las normas legales y los principios éticos. Dicha descomposición se encuentra tan arraigada en el país que ha dado pie al cuño de frases tales como: “El que no transa no avanza”; “la corrupción es el aceite que mueve la maquinaria burocrática de este país”, “la amistad se refleja en la nómina”, entre otras.
Actualmente la corrupción se ha hecho tan cotidiana que ha convertido en desvergonzados a quienes cometen actos que atentan contra las normas legales. Incluso, las personas que no participan en actos de corrupción ya sea en el sector público o en el privado son mal vistas, son criticadas y muchas veces llegan a ser despedidas porque están contra los intereses de los corruptos.
Son muchos los ejemplos de casos de corrupción e impunidad en el país. Basta con mencionar los escándalos por desvío de recursos públicos por parte de los exgobernadores priistas Javier Duarte de Ochoa, de Veracruz; César Duarte Jáquez, de Chihuahua; Roberto Borge Angulo, de Quintana Roo, así como el caso de la Casa Blanca de Angélica Rivera, esposa del presidente Enrique Peña Nieto, entre otros.
México se ha destacado en el ámbito internacional por los escándalos de corrupción de personajes en los ámbitos político y empresarial, así como por la impunidad en la que se mueven estos.
La crisis de credibilidad hacia las instituciones por parte de los ciudadanos debido a la corrupción e impunidad, obligan a repensar en un nuevo pacto social, en donde se sienten nuevas reglas y normas a las que todos nos sujetemos sin distinción, pues solo así es como se podrá desterrar la acelerada y creciente descomposición en la que se halla el país.
El problema de la corrupción existe porque de un lado hay alguien que está corrompido y del otro alguien que está dispuesta a actuar en contra del marco legal o principios éticos. Un ejemplo común es cuando el policía de tránsito detiene a un conductor por incurrir en una infracción del reglamento de tránsito vigente. El conductor, consciente de que cometió una falta, ofrece una “mordida” al uniformado para evitar la infracción y la pérdida de tiempo en los trámites burocráticos que implica el pago de la multa.
Por lo anterior, es imprescindible que las nuevas generaciones cuenten, desde sus hogares, con la enseñanza de valores éticos, con una guía que les infunda la cultura de la legalidad, de la honestidad, de la honorabilidad, y los principales responsables de esta enseñanza son los padres de familia, quienes deberían ser los primeros en enseñar con el ejemplo a sus hijos para que no caigan en la tentación de la corrupción.
México no podrá resolver el problema de la corrupción e impunidad si los niños en sus hogares aprenden a mentir, a hacer trampa, en síntesis, a corromper y corromperse, a través del ejemplo de sus padres, quienes les enseñan a moverse en las artes de la mentira y el engaño cuando en casa suena el teléfono y les dicen: “Dile que no estoy”.

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