Con la definición de corrupción sucede algo similar que con los gordos o los chaparros. Todos los que somos un poco obesos pensamos que el gordo es el otro. Y el obeso siempre tiene como referencia a otro que es mucho más gordo. Pero un anoréxico nos verá a todos como unos perfectos marranos. He visto a personas de 1.60 metros hablar con desprecio de “ese enano”, porque el otro mide dos centímetros menos. Pensamos que lo gordo o lo chaparro es relativo, a pesar de que existen convenciones y definiciones médicas muy claras de cuál debe ser la relación entre peso y estatura.
Algo muy similar sucede con la corrupción. Uno de los problemas más complejos cuando queremos combatirla es justamente que nadie se ve a sí mismo como un corrupto. Un gobernador o un presidente municipal ratero piensa que, corrupto corrupto, lo que se llama corrupto, Padrés o Duarte (en cualquiera de sus dos versiones, Chihuahua o Veracruz) y estos seguramente piensan que los verdaderos corruptos son los funcionarios federales o el presidente de la República que hacen negocios con grandes compañías transnacionales, y así sucesivamente hacia arriba y hacia abajo. Nadie, ningún policía, empresario o secretario de Estado se ve en el espejo y dice “mira, un corrupto” porque en el momento que se reconozca como tal sería incapaz de darle los buenos días a sus propios hijos.
La corrupción no es cultural, como dijo Peña Nieto; es un delito. Lo que sí es cultural es la aceptación social de la corrupción. El trato que damos a los corruptos es parte fundamental del ecosistema del cochupo: mientras los partidos no expulsen a los funcionarios corruptos; las cámaras empresariales mantengan como agremiados a los grandes corruptores y sigan siendo sus cómplices a través de las comisiones de adquisiciones que avalan compras amañadas o a sobre precio; mientras veamos como normal el enriquecimiento de funcionarios públicos y festejemos como inteligente a quien logró un contrato que daña el erario, los corruptos se verán al espejo y verán a una persona “exitosa”.
No es casual que los partidos no se hayan puesto de acuerdo, o más bien no hayan querido ponerse de acuerdo, en el nombramiento del fiscal anticorrupción. No les da miedo, les da pavor que el sistema anticorrupción vaya a funcionar porque la mayoría de los actuales diputados, senadores y funcionarios de todos los niveles son producto, en menor o mayor medida, de la corrupción. Ninguno se ve a sí mismo como gordo, pero todos se conocen sus propias lonjas; saben que no es lo mismo verse en el espejo que subirse a la báscula; saben cuánto pesaban antes y cuánto pesan ahora. Siguiendo con nuestra metáfora no quieren a un flaco (que sería el equivalente a un purista), mucho menos a un nutriólogo persiguiendo a los peces gordos; quieren a un gordo que entienda lo que es tener hambre todo el día.

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