Ya en su momento Don DeLillo tuvo la astucia de inaugurar una época literaria con la publicación de Ruido de fondo, doble inspiración para Thom Yorke/Radiohead que tomó el álbum como punto de partida para llegar al Libro de los muertos de Padmasambhava y con ello sembró la semilla para Kid A.

A partir de ese momento, la obra de DeLillo se transformó en una de las referencias que hacían drama de las preocupaciones contemporáneas para el anglosajón promedio y por fin hubo un autor preocupado por elevar otra vez la condición humana a la categoría de conflicto existencial.

Bien mirado, gran parte de aquellas cosas se pagan hoy con una ofensiva indolencia de las generaciones de jóvenes, tiene un componente de adormecimiento hasta la insensibilidad; no se trata de groserías sorrajadas o de insensatez, lo que viene al caso es un escandaloso desconocimiento, porque ni siquiera figura en el espectro sensible. Procedentes de una generación “estimulada”, todo aquello que no produzca el reconocimiento de ese estímulo o no figure en centro de una atención colectiva es tan invisible e imperceptible que no vale la pena molestarse en prestarle atención ni darle existencia; gracias a eso, sencillamente está condenado a extinguirse y desaparecer.

Eso sucede con Cosmópolis. Podría decirse que gracias a la complejidad de la obra, que en su momento cautivó a David Cronenberg y lo sedujo para crear la adaptación de la novela, solo el cineasta tuvo la intuición para encadenar en su filmografía dos obras intrincadas que por un lado toman preocupaciones del JG Ballard, novelista/filosófico, gracias a Crash y trata de atender el rango de inquietudes presentes en Cosmópolis.

Aunque Cronenberg ya había logrado la proeza de adaptar El almuerzo desnudo y casi todos sus filmes posteriores son adaptaciones de novelas, excepto Una historia violenta, el director no sabía que era originalmente un cómic cuando se decidió por el proyecto de Cosmópolis, pues el núcleo de su interés estaba centrado en la propuesta de la novela, que advertía el advenimiento de una crisis cuyos primeros rasgos se verían bajo la forma de esa indolencia, pero abajo de ellas se encontraba una crisis económica entre el yen y el dólar, así como cuatro acontecimientos que se suceden uno tras otro: la llegada del presidente, la muerte de un músico, el rodaje de una película y una protesta multitudinaria, todo visto desde la relativa inmovilidad de un embotellamiento.

Construida desde la perspectiva del magnate Erick Parker, quien no ha llegado a los 30 años pero sus decisiones mueven la vida de miles de personas, el momento es el año 2000, la transición entre lo que fue y se convertirá Estados Unidos (EU) cuando estallen las torres gemelas un año después, además del nacimiento de la cultura antiterrorista.

Por ese entonces, EU ya se encontraba convertido en un crisol de etnias, movimientos culturales, confluencias económicas e intereses políticos, pero California, la mecca de la cultura cinematográfica, además de productora de títulos que mueven industrialmente los intereses fílmicos del mundo, entre otras cosas son la representación de cómo en una ciudad se ha llegado a la capacidad que refiere el título de la novela: ahí, donde se encuentra Erick, la ciudad tiene la inaudita capacidad de crear cosmos fantásticos a voluntad, en serie y además beneficiarse por el inaudito torrente de experiencias humanas a que contribuye con esa característica industrial.

Mientras en Crash ya se había llegado hasta la falta de saciedad por vía de la experiencia sexual ordinaria, para buscar la intensidad última en un encuentro fugaz con la muerte montado en un automóvil, en Cosmópolis es a bordo de otro coche de lujo que un protagonista decisivo de la cultura de los capitales en EU, a punto de tomar una decisión de altos vuelos, se ve obligado a reconocer su entorno mediante el contacto directo con las expresiones que alcanza a ver desde su auto, pero de una forma u otra son producto de su creación, así como su responsabilidad, gracias al libre flujo de dinero que resulta de sus decisiones.

En ese tono y con ese desenfado, pese a que la película fue un fracaso en cartelera, se trata de un esfuerzo muy bien logrado del realizador por representar una realidad muy compleja, que ni el mismo Howard Shore logró cristalizar.

Correo: [email protected]
Twitter: @deepfocusmagaz

Comentarios