Karla E Rentería Hernández

Luego de que el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la nueva enfermedad por el coronavirus 2019 (Covid-19) como una emergencia sanitaria caracterizada como una pandemia, la sociedad global quedó literalemente paralizada, dándole la bienvenida al pánico del aislamiento social.

Este virus logró cambiar nuestros hábitos y rutinas, pero sobre todo nuestra forma de informarnos; el mundo ha comparado el Covid-19 con la peste negra, enfermedad que asoló Europa entre 1348 y 1352, concluyendo que una de las mayores diferencias fue la propagación, mientras que la peste viajó en veleros durante tres años, el Covid-19 lo hizo en menos de tres meses, y no solo en un avión, sino a través de la red, siendo la desinformación la primera fuente de transmisión.

En la actualidad, hablar de la sociedad en su totalidad, sin tomar en cuenta la mediación que las nuevas tecnologías llevan a cabo en nuestra vida cotidiana es imposible, y el coronavirus nos dio una grandísima prueba de ello. No es posible intentar comprender lo que el ser humano significa sin tomar en cuenta su proceso de “informatización”, entendido como una relación entre la información, la tecnología y la comunicación y que es sustentada, hoy en día, por la convergencia digital.

Este fenómeno fue punta de lanza, luego de que millones de personas a las que se les pidió quedarse en casa encontraron en sus dispositivos digitales la única conexión al mundo, entrando en la era más grande de desinformación, con una sobreexposición informativa plagada de noticias falsas, rumores, pseudociencia, descontextualización y hasta recetas caseras para combatir el virus.

Así es, con el Covid-19 también llegó la catástrofe de la “infodemia” que, según la OMS, se refiere al gran aumento de información mal manejada relacionada con el virus. Las diversas platafomas digitales han dado lugar a la producción exponencial de información con respecto a esta pandemia, creando así una grave epidemia que ha dificultado que las personas encuentren fuentes confiables y orientación fidedigna, viralizando el miedo, el desconcierto y la veracidad.

La OMS nos ha declarado víctimas de una sobrecarga de información no fiable y de rápida propagación, ahí en la comodidad del hogar. La restricción de la movilidad y la libertad, la limitación de las relaciones sociales y la disminución de la comunicación, trajo consigo la falta de veracidad que ha contribuido con el más de un millón de muertes, y que nos ha llevado a contagiarnos de pánico o de falta de conciencia ante el manejo de la enfermedad.

¿Qué debemos hacer?, ¿cuál es nuestro papel? La respuesta es la conciencia y se dirige no solo a la restauración de la salud pública, sino también a la restauración de la salud informativa ante la desinformación. No solo los medios de comunicación y los periodistas tienen la responsabilidad de combatirla a través de la crudeza de la racionalidad, sino que es trabajo de cada uno de nosotros esforzarnos para también mantener la sana distancia con la mala información, los rumores, las quejas y la propagación de este virus por la red. El coronavirus es una oportunidad para encontrar nuevas formas de vida, y sin duda, nuevas formas de comunicarnos y manejar la información; confiemos y trabajemos para que la nueva realidad nos alcance con una buena vacuna que nos cure también del virus de la desinformación.

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