Contra lo que muchos piensan, en relación con el vecino del norte, Estados Unidos, de que es un país donde imperan la “felicidad”, la “equidad” y la “justicia”, resulta, de acuerdo con algunos estudios, que es uno de los países más desiguales del mundo, donde la brecha entre los que ganan más y lo percibido por un trabajador medio, es cada día mayor. Además, debemos tener claro que, incluso, buena parte de la riqueza de ese país viene de expoliar, dominar y saquear las riquezas naturales de otros países y de tratados internacionales injustos como el TLCAN para México, Estados Unidos y Canadá. Cierto que, a pesar de ello, sus trabajadores ganan mucho más que un obrero o un jornalero agrícola mexicano; sin embargo, 50 millones de estadunidenses (16 por ciento de su población) no se salvan de ser pobres: según el profesor Gene Nichol, de la Universidad de Carolina del Norte “casi la cuarta parte de nuestros niños vive en la pobreza, una gran vergüenza para la nación más rica del mundo” y hoy sucede la paradoja de que Estados Unidos “se haya convertido, en muchos sentidos, en la nación avanzada más rica, más pobre y más desigual”.
Lo anterior también lo demuestra el periodista estadunidenses Jim Lobe, quien señala la enorme desigualdad económica existente en Estados Unidos y, “sobre todo, la tendencia hacia una acentuación de este flagelo en el último medio siglo”. De acuerdo con una encuesta divulgada en abril del presente año por la mayor federación sindical de Estados Unidos, concluye que los directores ejecutivos de las principales corporaciones del país ganaron 331 veces más dinero que el trabajador promedio en 2013. Según la base de datos 2014 Executive PayWatch de la Federación Estadunidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés), los ejecutivos de 350 empresas del país ganaron un promedio de 11.7 millones de dólares el año pasado, en comparación con el trabajador promedio, que percibió 35 mil 293 dólares. Según el estudio referido, los “mismos jefes obtuvieron, en promedio, un ingreso 774 veces mayor que los trabajadores que percibieron el salario mínimo federal por hora de 7.25 dólares, o poco más de 15 mil dólares al año, según la base de datos”. La misma encuesta señala que “otra investigación de las principales 100 corporaciones estadunidenses, divulgada el domingo 13 (de abril) por The New York Times, concluyó que la compensación media de un directivo de esas empresas el año pasado fue aún superior”.
Y Atilio Borón (politólogo y sociólogo argentino, con doctorado en ciencias políticas por la Universidad de Harvard), comenta al respecto del estudio difundido por el periodista Jim Lobe: “Si a inicios de la década de los 50 la ratio (relación o proporción que se establece entre dos cantidades o medidas) entre la remuneración de los gerentes y la de los trabajadores era de 20 a uno, y en 1980 (antes del tsunami neoconservador y reaccionario de Ronald Regan) era de 42 a uno, ahora, la asimetría creció exponencialmente hasta llegar a 331 a uno. Y si se toma en cuenta exclusivamente a las 100 principales empresas de Estados Unidos la remuneración de sus gerentes generales (CEOs) alcanza un nivel promedio de casi 14 millones de dólares al año, contra el ingreso medio de los trabajadores de poco más de 35 mil dólares / año. Es decir, una proporción de 400 a uno.
Conclusión: cuando los gobernantes, ideólogos y publicistas de Estados Unidos y sus voceros locales erigen a ese país como el modelo a imitar lo que no están diciendo es que nos resignemos a vivir bajo un régimen de radical e incontenible desigualdad, con una pequeña élite viviendo en una obscena opulencia y el resto bregando a diario para sobrevivir. A esto se le llama “¡manejo sensato de la economía!” Y cuando señalan al sistema político estadunidense como un modelo democrático lo que hay que decir es que si alguna vez lo fue ya no lo es más. La democracia es absolutamente incompatible con la desigualdad, como lo demuestra la historia de la filosofía política desde Platón hasta nuestros días. El “régimen” norteamericano no es una democracia sino una “plutocracia”, es decir, un gobierno de los ricos. En realidad, una dictadura de los ricos sin derechos laborales, sin sindicatos, con privilegios extraordinarios para los ricos y con una Corte Suprema que cada año otorga mayores facilidades para que millonarios y grandes empresas controlen, con sus donaciones y el nefasto papel de los lobbies (grupos de poder para cabildear y presionar sobre la administración pública para sus muy particulares intereses) las decisiones que elaboren el Ejecutivo y el Congreso”.
Lo anterior demuestra que Estados Unidos, es, precisamente, el mayor ejemplo de la concentración del capital; expresa a su vez que, manteniendo el mismo modelo económico que se nos ha impuesto en México, los que siempre la llevan de perder son las inmensas mayorías, pues dicho modelo está diseñado, precisamente, para la acumulación y centralización de la riqueza que producen los trabajadores, en una ínfima minoría. Asimismo, como lo señalan varios estudios, dicho modelo está llevando a la población, aun a las más poderosas del planeta, a una injusta distribución de la riqueza y, consecuentemente, a una inconformidad social creciente que pone en peligro la estabilidad y la paz social. Estados Unidos es muestra también de que las leyes de la dialéctica y del materialismo histórico no se equivocan, que son ineluctables.

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